Diseño de ilustración Fundación Gabo / Julio Villadiego
Lectura

La batalla de García Márquez contra las transgresiones éticas en el periodismo

Historias y reflexiones de Gabriel García Márquez en torno a la ética periodística.

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Diseño de ilustración Fundación Gabo / Julio Villadiego
Orlando Oliveros Acosta

El 5 de mayo de 1995, durante un Taller de Ética Periodística de la Fundación Gabo en Cartagena, Gabriel García Márquez contó que una noticia mal redactada casi mató a su madre.

Una semana atrás, el escritor había viajado a Río de Janeiro desde Santiago de Chile para asistir a un conversatorio. En la capital chilena había pescado un resfriado, por lo que aterrizó en Brasil con la garganta irritada y un fuerte dolor de oído. En el hotel, antes de salir para el conversatorio, consultó a un médico y éste le recomendó que no hablara demasiado porque podía perder la voz. García Márquez canceló entonces su participación en el evento y les avisó a los organizadores que estaba enfermo.

Extrañado por su ausencia, un periodista de la Agence France-Press quiso conocer a fondo las razones por las que el escritor no había asistido. Comenzó a investigar. Entrevistó al médico que ese día había examinado a García Márquez y obtuvo de él un diagnóstico escueto: “Gabriel sólo tiene gripa”. No obstante, poco después transmitió una noticia en la que afirmaba que el escritor tenía problemas en la garganta. Y añadió: “Es importante recordar que a García Márquez hace tres años le fue extirpado un tumor canceroso del pulmón izquierdo”.

La noticia llegó a varios periódicos del continente y se agravó en muchos casos, dependiendo de la imaginación que tuvieran para las tragedias los redactores de turno. En Colombia, El Espectador le dedicó tres columnas completas. Fue esa la noticia que le leyeron a doña Luisa Santiaga, la mamá de García Márquez.

— Tiene noventa años. Tuvimos que darle atención médica por una noticia que no existía —se quejó el escritor en el Taller de Ética Periodística—. Lo que se está imponiendo es la tendencia de que toda noticia buena hay que tratar de desmejorarla, porque tiene más efecto, y toda noticia mala hay que agravarla. Eso es una violación ética total.

A su alrededor, los asistentes al taller lo observaban absortos. Eran, en su mayoría, jóvenes periodistas que se habían formado leyendo sus cuentos, novelas, crónicas y reportajes. De él esperaban grandes lecciones sobre la palabra escrita.

— En Colombia muchas violaciones éticas son por chambonería y por falta de oficio —les dijo García Márquez—. Ni siquiera son conscientes; son, digamos, de buena fe. Ahí, la mala fe es ser periodista sin estar informado.

Aunque su conocimiento sobre el oficio lo había adquirido a través de un constante ejercicio del mismo (a tal punto que solía decir que no deseaba ser recordado por el Premio Nobel de Literatura sino por su labor como periodista), diversas e importantes reflexiones periodísticas también surgieron cuando fue víctima de alguna transgresión ética.

En 1989, por ejemplo, un periodista barranquillero ofreció a distintos medios sin su autorización el manuscrito de la novela El general en su laberinto. Era una copia sin corregir que había dejado a su hermano Eligio en Cartagena para que la leyeran algunos amigos cercanos. De ese reducido grupo liderado por Roberto Burgos Cantor y Santiago Mutis, sólo el periodista barranquillero se atrevió a fotocopiar el primer capítulo del libro para vendérselo a la prensa junto con una reseña crítica. La revista Semana fue el primer medio en recibir la oferta y sus directivos la rechazaron. El segundo fue El Tiempo. Enrique Santos Calderón, director de las Lecturas Dominicales de aquel periódico, aceptó publicar el material robado, pero antes de hacerlo llamó por teléfono a García Márquez. El novelista le dijo que ya había comprometido ese capítulo con El Espectador, El Mundo y El Heraldo, así que Santos Calderón desistió de la publicación. Convino, eso sí, que publicaría la reseña crítica, pues García Márquez no tenía ningún derecho sobre ella.

O eso creían. El domingo, cuando salió la reseña, García Márquez advirtió que todas las frases del texto, entrecomilladas o no, eran de su autoría, y que el periodista barranquillero se había limitado a escribir unos pocos comentarios de enlace. Fue un plagio que el nobel colombiano describió como un “saqueo masivo” de episodios y conceptos de la novela sin ninguna contribución crítica ni literaria.

— Tres prominentes abogados de Bogotá me han llamado para decirme que el caso puede denunciarse como un grave delito de abuso de confianza. Les he contestado que para mí la gravedad del incidente no es de carácter legal, sino ético —comentó García Márquez en una entrevista concedida a El Espectador en marzo de ese año—. En el mundo entero, los autores prestan sus originales para conocer opiniones útiles antes de publicarlos, y los editores reparten pruebas de imprenta entre los críticos con la debida anticipación, protegidos por los arcángeles de la ética. Pero es que en Colombia cobra fuerza cada vez más la costumbre de considerar como proezas profesionales estos robos puros y simples. Pues no lo son, por fortuna, y el día en que lo sean habremos dado un golpe de muerte al periodismo, que siempre he considerado el mejor oficio del mundo.

Otro día, pero del remoto 1983, Enrique Santos Calderón también lo había llamado por teléfono para hablarle de una entrevista que le habían hecho a propósito de su regreso a Colombia después de su exilio temporal en México. El director de las Lecturas Dominicales le dijo que era una mala entrevista, aunque divertía, y que pensaba publicarla el domingo 24 de abril. García Márquez estaba desconcertado porque no recordaba haber hablado con ningún periodista aquella semana. Sin embargo, le pidió a Santos Calderón que le leyera el texto.

— No parece mía —dijo después de escuchar cada una de sus supuestas declaraciones.

Sin colgar, con el teléfono levantado en el frío aire bogotano, le preguntó a su esposa si ella recordaba que le hubiesen hecho una entrevista. Mercedes le contestó que no. Entonces decidió que lo mejor era conversar con los entrevistadores. Así que le dijo a Santos Calderón que lo pusiera en contacto con ellos. Cuando los tuvo en la línea, uno de los periodistas admitió:

— Mira, lo que pasa es que como es tan difícil hacerte una entrevista, nosotros pensamos que era mejor inventarla.

— Pues lo reprochable no es solo eso —dijo García Márquez indignado—: lo reprochable es que está mal inventada, es mala entrevista.

En una columna suya titulada “¿Una entrevista? No, gracias”, explicó que esas invenciones periodísticas casi no le extrañaban, pues el género de la entrevista había abandonado hace mucho tiempo “los predios rigurosos del periodismo para internarse con patente de corso en los manglares de la ficción”. También allí se quejó de la tergiversación que un periodista de la revista Cromos había hecho de unas declaraciones de Mario Vargas Llosa. “Gabo publica las sobras de Cien años de soledad” era el título de la entrevista, presuntamente basado en lo que había dicho el escritor peruano. “La frase, entre comillas, quiere decir, además, que es una cita literal”, escribió Gabo. “Sin embargo, lo que Vargas Llosa dice es lo siguiente: ‘A mí me impresiona todavía un libro como Cien años de soledad, que es una suma literaria y vital. García Márquez no ha repetido semejante hazaña porque no es fácil repetirla. Todo lo que ha escrito después es una reminiscencia, son las sobras de ese inmenso mundo que él ideó. Pero creo que es injusto criticárselo. Es injusto decir que la Crónica de una muerte anunciada no está bien porque no es como Cien años de soledad. Es imposible escribir un libro como ése todos los días’. (…) El titulador ha dado una buena lección de cómo se puede hacer el mal periodismo”.

Varios de estos atropellos éticos despertaron en García Márquez la necesidad de crear una fundación en donde se dictaran talleres a las nuevas generaciones de periodistas. El Taller de Ética Periodística dirigido por Javier Darío Restrepo en mayo de 1995 fue uno de los primeros. Ese fue el día en que el escritor contó que una noticia mal redactada casi mató a su madre. “Para ser periodista hace falta una base cultural importante, mucha práctica, y también mucha ética. Hay tantos malos periodistas que cuando no tienen noticias se las inventan”, le había dicho a una reportera de El País de España en una entrevista concedida en abril de 1994. Esta vez, ante los talleristas atónitos por el peso de su autoridad, García Márquez insistió:

— La ética es un conocimiento que tiene que estar en todo el oficio del periodista. Yo creo que en todos los oficios, pero particularmente en el de periodista. La enorme responsabilidad que tienen los periodistas es que la clarificación con el lector y la opinión pública tiene que ser inmediata.

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