Volver a volver

Cien años de Soledad es volver en el tiempo a Sincé, a mi casa, a su olor a tierra y azahar de la india.
Por:
Adriana Lucía Guerra Nuñez

Me subí a un banquito para alcanzar de la biblioteca de mi papá un libro cualquiera. A los doce años no tenía claro mi horizonte literario y veinticuatro años después parece estar más nublado que nunca. Había empezado con El viejo y el mar de Hemingway, por una analogía extraña con la canción “Pescador, Barquero y Río” que todas las mañanas cantaba mi mamá mientras recorría la casa abriendo las ventanas para que entrara la gracia de Dios. Me imaginaba al Viejo en una pequeña barca en la inmensidad de cielo y el mar, luchando por pescar un lucero.

Desesperada por los intentos fallidos y las decenas de libros de procedimiento –sólo eso se encuentra en la biblioteca de un abogado–, sentí la mano de mi papá sobre mi hombro mientras alcanzaba un gran libro gris, de pasta dura y delgadas líneas doradas en el lomo:

–Toma –me dijo–, su papá también caminó por estas calles.

Así inicié con Cien años de soledad a los doce años, haciendo mapas para entender a la familia Buendía e imaginándolo en la terraza de Ruth Ramos, igual que su padre, contando lo “ires y venires” de un pueblo que ya no era Macondo, sino Sincé. Veía a Estelia, mi abuela, reflejada en el susurro de las polleritas de Úrsula caminando entre paredes de caña y atravesando el zaguán de manera omnipresente, omnipotente. A mi abuelo Arnulfo, renegando de un gobierno que solo sirvió para algo durante el periodo de Olaya Herrera, porque no solo hay que saber gobernar sino luchar.

No he vuelto a leerlo, ha sido un ejercicio consiente para no olvidar mi casa de bahareque y techos de zinc, ni las calles destapadas forjadas a punta de abarcas y cascos de mula de mi pueblo. No he vuelto a leerlo, porque al cerrar los ojos recreo la sensación de estar sentada en el corredor de mi casa envuelta por el olor de una mata de azahar de la india.

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