La casa de los García Márquez, personajes de la vida real

La vida cotidiana de la familia del Premio Nobel de literatura colombiano contada por Gabriel Torres García, sobrino de Gabo.
Por:
Gabriel Torres García

En estos días, mientras navegaba en el internet, me tropecé con una frase en las redes sociales que decía: “Los abuelos que crían a sus nietos les dejan huellas tatuadas en el alma”. Yo que fui víctima afortunada de esos azares del destino, puedo entender los alcances sin límites que tiene la realidad de esas palabras.

Cada año, para la temporada de diciembre, la casa de mis abuelos se convertía en el epicentro de los hermanos García Márquez. Venían desde varias regiones, dentro y fuera del país, a cumplir la  tradición de esperar juntos el fin de año y recibir llenos de esperanzas aquel que estaba por comenzar. Sumados a los que vivían en la ciudad, se reunían todos para festejar y evocar las nostalgias de los tiempos pasados.

En ocasiones con ellos también llegaban otros parientes, pero en su gran mayoría eran los hijos  de Gabriel Eligio García con sus respectivas familias, los que inundaban de vida la casa de los abuelos. Quince hijos para ser exacto, once nacidos de la unión con Luisa Márquez, cuatro más  antes y durante su matrimonio, todo esto sin contar los que por aquellos azares inexplicables del destino nunca llegamos a conocer.

La familia crecía todos los años a un ritmo acelerado, de tal manera que cada vez que nos reuníamos siempre había el que estaba para ser amamantado, aquel que comenzaba  a descubrir el mundo con el fascinante arte de gatear, el que se encontraba en una edad adolescente como varios de mis hermanos mayores y aquel que se ajustaba a mi edad  de infante.

Tal era el caso de uno de los infaltables, Otto Camilo, mi primo más cercano no solo a mi edad sino a mis afectos, crecimos juntos en medio de esta familia numerosa llena de personajes y de anécdotas, donde fuimos cómplices y alcahuetes durante toda una vida, compartimos secretos invaluables que, de haberse descubierto en su momento, nos habría costado más de un castigo. Venía desde Santa Marta en el instante preciso en que daban inicio las vacaciones, siempre aparecía luciendo su sonrisa de castor heredada del abuelo y llegaba acompañado del primero que, camino a Cartagena, pasara a saludar a sus padres a Santa Marta. Más de una vez fue víctima del mamagallismo congénito de los primos, debido a un detalle curioso que lo caracterizó durante muchos años, siempre se presentaba a la casa de Cartagena solo con la ropa que llevaba puesta y casi siempre después de la media noche, lo que lo hizo merecedor del alias  al que menos se parecía: “El vampiro”. La primera vez todos nos sorprendimos y pensamos que había perdido su equipaje, pero la razón era muy sencilla, quien llegaba a su casa de Santa Marta, estaba con el tiempo medido, apenas para un café de pie y de prisa, por lo tanto él tenía que montarse en el carro sin tiempo para recoger algo de ropa, era eso o quedarse  y sacrificar el principio de las vacaciones. No había de qué preocuparse ya que luego con más calma le enviarían  la maleta. Pero eso nunca fue un inconveniente, éramos niños y carecíamos del prejuicio de la moda, de tal forma que mi ropa la compartíamos hasta que llegara su equipaje, puesto que teníamos la misma talla.

Esta situación se volvió ventajosa para ambos ya que nos sirvió de cuartada para poder librarnos del castigo de unas cuantas travesuras, ya que cuando llegaban a poner la queja que alguno de los dos estaba por allá montado en quién sabe dónde, buscando una mala hora, nos intercambiábamos la ropa y el testigo que venía a poner la queja terminaba por no saber  a ciencia cierta si era él o yo, y por temor a ser injusto y reprender al que no fue, nos salvábamos del regaño o nos repartíamos el castigo. Como en la ocasión en que Luisa Márquez me vio bajando por una cuerda desde la azotea de un edificio vecino y fue tanta la impresión que tuvieron que llevarla al hospital con la presión arterial por las nubes. Luego de reponerse y contar la versión de lo sucedido no supieron a quién castigar, porque ya nos habíamos cambiado de ropa. Siendo esta una de las tantas situaciones jocosas que se veían en la familia, de la cual fui partícipe y que en cuanto fue descubierta, en medio de risas pasó a ser tema de conversación en el rincón guapo.

Con una familia numerosa del Caribe como la nuestra, es casi imposible pensar que no existieran situaciones o personajes que aunque para nosotros pasaran desapercibidos debido a que hacían parte de nuestro diario vivir, el resto del mundo podía creer que solo se trataba del producto de la imaginación desbordada de un escritor insomne. Fueron tantas las ocurrencias que desde niño escuché en esas reuniones familiares en la casona de los abuelos, que cualquier cosa podía suceder: un buen día Gustavo salió  renegando de la cocina porque el jugo que se había acabado de tomar sabía a ventana; Luis Enrique, quien saboreaba un plato de comida que se había tomado por asalto de la cocina de la abuela, comentaba que lo que más le gustaba era ese tradicional saborcito a rincón que tenía el pescado; Alfredo Ricardo decía que el olor a dulce le sabía a Viernes Santo; Gustavo, quien se había desvelado por el aullido intermitente de un animal durante la noche, decía que el sonido parecía un faro; Rita le enseñaba con melodía a una sobrina que dos por dos era cuatro y dos por tres era seis, método legendario con que ella  había llegado a ser una de las mejores alumnas de su tiempo, la misma técnica con que Amaranta enseñaba a el pequeño Aureliano José las tablas de multiplicar.

Ligia Esther, hasta casi la adolescencia tenía la costumbre congénita de cambiarle el género a las cosas. Decía: “tengo una perro que parió unas perritos”. Mi hermana Patricia se levantó una noche llorando porque mientras dormía se vio a sí misma acostada en la cama. La tía Abuela, Elvira Carrillo (Tía Pa), se presentó con los huesos de su padre en un costal, al igual que Rebeca en Cien años de soledad. Un día llegó forrada de negro, con una gran sonrisa y con la novedad de que venía a despedirse porque se iba morir. Murió unos meses después en olor de santidad a una edad calculada en ciento y un años. Eligio Gabriel, cuando niño, incendió un mueble solo por la simple curiosidad de poder conocer a los bomberos.

Alfredo Ricardo, en los viajes alucinantes de su mundo artificial, demostraba una agilidad mental extraordinaria: cantaba volteando las palabras sin perder el tiempo ni la melodía de la canción y hablaba un tipo de jeringonza de una manera solo entendible para los miembros de la familia. Consistía en una serie de palabras al revés y sin terminar, las cuales íbamos  descifrando al tiempo en que las escuchábamos, como si fuera un idioma perfectamente aprendido.

Margot, cuando niña, saboreaba como un manjar de los dioses un puñado de tierra negra. Así también, el olor de la guayaba que hervía a fuego lento en la cocina inundaba con ráfagas de nostalgia hasta el último rincón de la vieja casona de los abuelos en Cartagena. 

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