Gabo inolvidable

A Gabriel García Márquez se le puede asumir desde tantas y tan variadas miradas; lo común en todos los que le conocen es la fascinación que provoca. Es un matrimonio que nunca se puede disolver.
Por:
Janet Cienfuegos

No soy colombiana pero me bastó vivir unos años en Colombia, en la década de los 80, para conocer y enamorarme de la obra del maestro de Aracataca.

Estudiaba periodismo en la universidad de La Sabana y para ser honesta, poco era lo que escuchaba hablar de Gabo en los pasillos o aulas, pero hubo alguien, un compañero de libros, que me introdujo a su mundo, del que no saldría nunca más.

García Márquez tiene un poco –o mucho- que dar a todos, por muy distintos que seamos. Los vallenateros esculcan sus escritos buscando letras de sus canciones entre sus páginas.

Los escribidores quieren aprender ese nuevo vocabulario y plasmarlo en cada carta que les es encomendada por un amante frustrado o elevado al cielo de las mieles del amor.

Los periodistas ensayan, una y otra y otra vez, sus famosas pero quizás poco conocidas fórmulas para comenzar sus reportes, reportajes, crónicas o lo que quiera se desee atrape desde la primera línea.

Leer a Gabo me llevó a anotar, en el libro de las memorias imborrables, que pocos comienzos en un libro podrán superar la maravilla que consiguió Kafka en “La Metamorfosis”, porque él manifestó era su preferida.

Con tanto talento deambulando por ahí, cómo no reconocer que el Gabo dejó una guía de la genialidad, que sirve tanto a principiantes como a quienes están más avanzados.

Los puristas del idioma no pueden ignorar que adentrarse en el mar de palabras, oraciones, frases y lo que sea que haya dejado Gabo, es un placer comparable a la primera visita al circo.

Conocer a Gabo, para quien escribe, es todo un reto. Un reto que no termina nunca, porque siempre se buscará igualar su estilo, encontrar como él, las palabras que siendo más opuestas, se complementen mejor. Quien conoce a Gabo sencillamente se queda con él para toda la vida.

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