En mi vida, siempre Gabo

Cómo aprendí a vivir con la magia y la realidad de Gabo
Por:
Leticia Vallejos

Qué difícil compartir, valiéndome de unas pocas palabras, mi experiencia con Gabo. Podría empezar diciendo que en los peores momentos de mi vida, en los más tristes y desesperados, la única salida segura eran siempre sus palabras.
 
Abrir cualquiera de sus libros era el pasaje seguro a un lugar mejor. Esos mágicos mundos repletos de gente común y especial al mismo tiempo se transformaban en la excusa perfecta para lo que yo necesitara. Reír, llorar, encontrar el coraje necesario para enfrentar la realidad o simplemente esperar sabiendo que en algún momento, el destino se encargaría de poner cada cosa en su lugar.
 
Por alguna razón, yo sentía que muchas de esas cosas que leía podían tener alguna raíz verdadera, auténtica, real. Siempre creí en sus palabras. Fue entonces cuando comencé a recopilar algo de biografía, más allá de su genial Vivir para contarla, intentando así conocer algo más del hombre detrás del escritor.
 
Entonces descubrí que Gabo era un hombre común. Con sueños, frustraciones, alegrías, miedos y tristezas. Gabo era como yo. Si él había podido superarse, yo también podía hacerlo.
 
Me tocó bañarme con agua fría en invierno y pensar en Gabo en Zipaquirá, me tocó golpear la puerta de amigos y familiares para pedir esa ayuda que me diera un poco más de aire para seguir adelante, me tocó "torcerle el cuello al cisne" y ser más directa a hablar, me tocó enfrentar al pasado y descubrir que no era ni tan aterrador ni tan grandioso como lo recordaba, me tocó decirle a mi hija –cuando casi no tenía dinero para darle de comer– que un día íbamos a vivir mejor...
 
Sentí a Gabo tan humano como yo y ya no sólo creí en sus ficciones, sino también en sus realidades. De él aprendí que nunca debemos abandonar un sueño, aprendí que es en las adversidades donde nos hacemos más fuertes. Y un día, con sólo trescientos dólares prestados en el bolsillo, pero mi valija y mi corazón repletos de esperanza, decidí ir en busca de mi sueño.
 
Así llegué a Aracataca. En el camino había perdido el mapa con las instrucciones así que, desde Cartagena en adelante, sólo me guie por mí corazón.
 
Cuando viajaba en el último tramo de mi aventura, sólo sabía que el bus terminaba en Fundación, un pueblo más allá de Aracataca. Estaba tranquila. Tenía la seguridad de conocer cada rincón de esa tierra, sabía que sería capaz de reconocer hasta sus aromas. Gabo había sido durante años el mejor guía turístico de ese lugar del mundo. Yo creí cada una de sus palabras, guardé sus descripciones en mi memoria, así que al mirar por la ventanilla sonreía al reconocer cada lugar que pasaba frente a mis ojos.
 
En un momento determinado decidí que era hora de bajar. Le pregunté al chofer si en verdad estaba tan cerca de Aracataca como yo creía y mirándome con cierta indiferencia me dijo que bajara, que a cien metros de donde estábamos, encontraría la entrada al pueblo.
 
No puedo explicar lo que sentí al bajar del bus y caminar esos cien metros que me separaban de mi sueño. Desde el costado de la ruta, pude ver cómo la magia de Macondo revoloteaba a mi alrededor. Gabo no me había mentido. Cada una de sus palabras era cierta. Yo había llegado a Aracataca guiada por él.
 
Estaba cumpliendo mi sueño, ese que él me dijo que no debía abandonar. Lo que vino después fue sólo el comienzo de un hermoso sueño que parece no tener fin. Mi historia con Gabo parece interminable. Y yo estoy muy feliz viviendo para contarla…

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