Foto archivo Gabriel García Márquez, Harry Ransom Center
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Xavi Ayén: biógrafo del Boom, detective de García Márquez

Entrevista con el periodista e investigador catalán Xavi Ayén.

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Foto archivo Gabriel García Márquez, Harry Ransom Center
Orlando Oliveros Acosta

En marzo de 1977, hacia el final de una entrevista emitida por la televisión pública española, el periodista Joaquín Soler Serrano le preguntó a Julio Cortázar cuál era su opinión sobre el boom latinoamericano. El escritor argentino respondió, entre otras cosas, que el boom había sido un estallido orquestado por el azar que permitió un encuentro más grato entre España y América Latina. “Después de un largo período de distancia nos volvemos a enlazar. Ya no necesitamos a Hernán Cortés ni a Pizarro, esos que crearon las diferencias, ya somos un solo conjunto unido por un idioma y ojalá que por un mismo destino histórico”.

Casi cuatro décadas más tarde, una idea muy parecida resurge en el anecdotario y los argumentos históricos que rigen la trama de Aquellos años del boom. García Márquez, Vargas Llosa y el grupo de amigos que lo cambiaron todo. Publicada en mayo de 2014 y con una extensión que supera las ochocientas páginas, esta biografía sitúa a Barcelona como un escenario imprescindible para el desarrollo de la literatura latinoamericana y desde el cual es posible entender las razones del auge y el declive del Boom. Su autor, el periodista catalán Xavi Ayén, fue galardonado en el 2013 con el Premio Gaziel de Biografías y Memorias por esta investigación que le llevó diez años culminar.

Ayén realiza una minuciosa investigación sobre los protagonistas de la movida literaria iberoamericana de la segunda mitad del siglo XX y toma como punto de partida a los escritores Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Con García Márquez lleva a cabo una labor detectivesca que busca separar el mito de la historia. “Gabo era aficionado a jugar al gato y al ratón con la prensa y los biógrafos”, afirma. En su libro, Ayén habla de las continuas invenciones o contradicciones que el autor colombiano planteó sobre los acontecimientos de su vida como, por ejemplo, la fecha de su nacimiento (Gabo decía que había nacido en 1928 cuando en realidad fue en 1927) o el célebre año de su viaje a Aracataca con su madre a vender la casa de sus abuelos (Gerald Martin sostiene que se dio en 1950, antes de que escribiera La hojarasca; Dasso Saldívar lo ubica en 1952, cuando ya La hojarasca estaba adelantada).

Las sucesivas reediciones de la biografía escrita por Xavi Ayén en los últimos años quizás prueben que, a pesar de las décadas transcurridas, el Boom latinoamericano sigue despertando mucho interés entre los lectores. En la academia, sin embargo, no se ponen de acuerdo. Mientras algunos piensan que ya todo sobre el Boom ha sido contado, otros persisten en la ilusión del detective que espera hallar nuevos misterios entre tantas pistas viejas. De estos últimos hace parte Xavi Ayén.

 

¿Por qué estudiar el llamado ‘Boom latinoamericano’ ahora que han pasado tantos años?

 

Por una razón: el ‘boom’ creó el mundo en el que ahora vivimos todos. Se llama ‘boom’, pero también podría llamarse Big Bang. Todos los que nos dedicamos a los libros y nos gusta leer vivimos en un universo creado por el ‘boom’. Con este fenómeno sucedieron varias cosas, la primera, la más importante, es que se destruyeron todas las fronteras nacionales. Antes del ‘boom’ los escritores colombianos publicaban en Colombia y los leían los colombianos, lo mismo con los de otros países de Latinoamérica. A partir de la generación del ‘boom’, en los años sesenta, eso cambia: cuando se publica alguna novedad, sale simultáneamente en todos los países que hablan español. Mucho antes de la globalización y del internet, ahí se crea un mercado común de literatura en lengua castellana. Otro suceso relevante es que nace la primera generación de escritores profesionales. Antes de García Márquez o Vargas Llosa si querías escribir tenías que ser de familia rica o tener otro trabajo y aprovechar el tiempo libre para hacer tus novelas. Gracias al empuje de Carmen Balcells, a la fuerza de estos nuevos escritores y a su número de lectores se consiguen cambiar las condiciones de los contratos, pues anteriormente tú escribías una novela, se la vendías por nada a un editor para toda la vida y encima le tenías que dar las gracias, incluso si te conseguían traducciones tampoco te pagaban mucho por ellas.

 

Carmen Balcells fue decisiva para impulsar a estos escritores latinoamericanos…

 

Carmen Balcells logra poner límites y caducidad temporal a los contratos. Podía ofrecer un libro, por ejemplo, pero sólo por cinco años, con la condición de volver a pagar al sexto año. No daba contratos de publicación para toda América Latina, sino que hacía un contrato específico para cada país. También consiguió muchas traducciones, de modo que los escritores podían ganarse la vida escribiendo, y algunos bastante bien, como ya sabemos.

 

Esas medidas contribuyeron a ampliar el número de lectores…

 

El ‘boom’ fue una gran explosión porque el mercado de lectores en España se expandió de una manera que nunca antes se había conocido. La cantidad de gente que estaba leyendo novelas en español se multiplicó por diez en aquella época, en gran parte gracias a Cien años de soledad. Cien años de soledad, en tan solo unos años, alcanzó el millón de ejemplares vendidos. Eso es sólo comparable al Quijote en cuanto al número de lectores.

 

Hablando de libros vendidos, los académicos no se deciden a la hora de definir al ‘boom’. Mencionan la mercadotecnia editorial, los estallidos literarios, los golpes de azar… ¿Qué fue en el fondo el ‘boom’?

 

Ésa es una muy buena pregunta. Cuando empecé a escribir mi libro sobre el ‘boom’ me la hice muchas veces. El primer editor que tuve me dijo que todo era un invento del márketing. Pero resulta que no es tan así. Una vez que te pones a investigar te das cuenta de que hay algo más, que una operación de márketing no va a poner a leer a millones de personas los mismos libros, porque si eso se pudiera hacer con una campaña publicitaria todas las editoriales lo harían. El ‘boom’ fue más bien un fenómeno popular de lectores entusiasmados por cierto tipo de novelas y, a raíz de eso, las editoriales, cuyo oficio principal es vender libros, añadieron sus estrategias comerciales, pero el fenómeno ya preexistía, porque ya habían sido sentadas las bases. Cien años de soledad explota en Argentina mucho antes del famoso artículo de Primera Plana, que salió cuando el libro ya llevaba varias semanas vendiéndose. Quiero decir con esto que el ‘boom’ fue un acontecimiento bastante espontáneo que situó por primera vez a los autores latinoamericanos en el canon de los mejores escritores del mundo. Fue una inyección de autoestima muy grande. En las universidades de todo el planeta se comenzó a estudiar a estos escritores, les dedicaron departamentos y cátedras.

 

En Aquellos años del boom utilizas a Barcelona como un personaje más que interactúa con los escritores que viven en ella. En ese sentido, ¿cómo era la relación entre García Márquez y la Ciudad Condal?

 

En Barcelona a García Márquez lo queremos mucho y él supo corresponder a ese cariño. Hay una historia muy curiosa sobre eso. Cuando Cien años de soledad llegó al millón de ejemplares vendidos, Carmen Balcells le preguntó a García Márquez qué era lo que más anhelaba como regalo por llegar a esa cifra. ¿Sabes qué le respondió Gabo? “¡Quiero que haya una traducción al catalán de Cien años de soledad!”. Esa petición, desde el punto de vista comercial, era un tanto absurda porque todos los catalanes entendemos el español perfectamente, pero demuestra cuánto quería el escritor que su novela estuviera en una lengua de una ciudad donde vivió una parte importante de su vida. Hoy en día, esa edición es una joya de coleccionistas.

 

En tus investigaciones también has hecho una revisión histórica sobre la vida de García Márquez. ¿Qué mitos desbrozaste con esas pesquisas?

 

El que cuenta que a Gabo no le alcanzaba la plata para enviar completo Cien años de soledad a la editorial y terminó enviándolo en dos partes cuando fue consiguiendo el dinero. Así lo narraba el mismo escritor y lo constatan biógrafos como Dasso Saldívar y Gerald Martin. Sin embargo, el editor argentino que recibió esa novela, Paco Porrúa, me aseguró otra cosa. “Yo recuerdo perfectamente cuando me llegó Cien años de soledad”, me dijo, “abrí el paquete y ahí estaba la novela entera”. Realmente no puedo afirmar cuál es la versión verdadera, pero vale la pena contrastar todas las historias. Sin embargo, si la de Gabo es una mentira, conviene entender que a través de esa mentira él está contando una verdad: la de que en ese instante estaba teniendo problemas económicos. Su versión bien podría ser una forma literaria de explicar aquel período difícil. Es como si estuviera escribiendo una novela para contar su vida y ésa hubiera sido la manera de llegar a sus lectores.

 

¿Hay mentiras en la historia sobre el rechazo de Cien años de soledad por parte de Carlos Barral?

 

Barral también mentía mucho en eso. Es verdad que Barral rechazó todas las novelas anteriores de García Márquez –un error muy tonto a mi parecer–, pero no es cierto que hiciera lo mismo con Cien años de soledad, porque Cien años de soledad ni siquiera llegó a la editorial. Cuando Carmen Balcells quiso enviársela, Barral le dijo que mejor la pusiera a concursar en el Premio Biblioteca Breve. Eso a García Márquez le ofendió bastante porque él no quería concursar como un caballo de feria, él lo que quería era ser publicado. Fue cuando Paco Porrúa, de un modo muy hábil, le envió a García Márquez un talón de quinientos dólares como anticipo contractual por los derechos de la novela. Eso fue todo. Lo que pasó después fue que Barral, para darse aires, comenzó a decir que él había rechazado Cien años de soledad. He hablado con las personas vivas que trabajaron durante ese período en la editorial y todas coinciden en la versión de que la novela nunca llegó. En los archivos de la editorial tampoco aparece registrada la novela. No obstante, Barral tenía un paquete viejo y lleno de polvo en su oficina que mostraba a sus invitados como si se tratara de Cien años de soledad. Tal vez vivía en esa mentira por vanidad o esnobismo. Quién sabe.

 

¿Qué hizo Gabo cuando se enteró de esto?

 

Le siguió la corriente, a petición del mismo Barral, claro. Fue como una broma entre ambos.

 

Tuviste la oportunidad de entrevistar a García Márquez en una época en la que ya no daba entrevistas. ¿Cómo lo lograste?

 

A lo largo de mi vida he entrevistado a veinticuatro premios nobeles de literatura y el que más me costó fue Gabo. Él no recibía a nadie que fuera con ese plan. Yo estaba desesperado porque estaba escribiendo Aquellos años del boom y no tenía su testimonio, que era uno de los más importantes. Carmen Balcells me vio tan angustiado que un día, el jueves antes de Navidad del 2005, me preguntó en Barcelona si quería ver a Gabo. “Para que te reciba sólo hay un método”, me dijo, “le vas a llevar esta maleta con mis regalos de navidad y cuando entres a su casa empiezas a hacerle preguntas a ver qué pasa”. Era una locura, sobre todo porque había que viajar de España a México, pero acepté el riesgo. Carmen me escribió una nota –que todavía conservo– en la que le decía al director de La Vanguardia que yo iba a ver a García Márquez y que para ello tendrían que costearme un viaje a México en clase ejecutiva y hospedarme durante una semana en el hotel Camino Real. Yo creía que esos lujos eran imposibles y se lo comenté. Ella me respondió: “Te voy a enseñar la primera lección que tienes que aprender, cuando uno tiene a García Márquez puede hacer cualquier cosa que quiera en el mundo”. Llevé sin mucha fe esa nota a La Vanguardia, donde el director la leyó en silencio, me preguntó si en verdad era Carmen Balcells la que la había escrito y, después de confirmarlo, aceptó todas las condiciones sin protestar. Yo estaba nervioso porque incluso viajando a México no era seguro que pudiera hacer la entrevista. Carmen sólo me pidió que me alojara en el hotel y esperara una llamada de Gabo como en una película de espías.

 

¿Qué pasó cuando llegaste a México?

 

Fui con un fotógrafo de La Vanguardia para inmortalizar el momento. El primer día no nos llamó nadie. Yo no me atrevía a salir de la habitación por miedo a que Gabo llamara. Al segundo día nos llamó la secretaria del escritor y nos dio la dirección de la casa de García Márquez en el Pedregal de San Ángel. Allá fuimos con la maleta de regalos de Carmen Balcells que pesaba como 45 kilos. Nos recibió Mercedes Barcha y esperamos en una salita aproximadamente una hora antes de ver a Gabo. Durante ese tiempo pensé que si el escritor no aparecía me echarían a patadas de esa casa y del periódico [risas]. Por fortuna, pasada la hora nos hicieron entrar en el estudio de García Márquez. “¿Cuánto le han pagado a mi mujer para que los reciba?”, fue lo primero que dijo al vernos, “Bueno, ya que están aquí, disparen”. A partir de ahí, se comportó como un amigo.

 

Si tuvieras otra ocasión para formularle una última pregunta a García Márquez, ¿cuál sería?

 

Le preguntaría por qué no acabó su libro En agosto nos vemos. A qué conclusión habrá llegado como para no querer publicarlo. Sé que él había ideado diversos finales para esa historia y no terminó escogiendo ninguna. Pero, vamos, es un libro de García Márquez casi acabado. ¿Qué editor no querría publicarlo? ¿Qué lector no querría leerlo?

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