García Márquez, un cartero que llama mil veces

Orlando Oliveros Acosta

Sáb, 04/17/2021 - 12:58

El día en que un amigo suyo vendió su correspondencia a una universidad de los Estados Unidos, Gabriel García Márquez prometió que jamás volvería escribir una carta. “No quiero que mis cartas se conviertan en mercancía”, dijo a Vanity Fair en marzo de 1988, “pertenecen a mi vida privada”. A partir de ese momento, el escritor colombiano se limitó al fax y al teléfono, sin inmutarse mucho por la fortuna que debía gastar en el milagro de las llamadas a larga distancia.

Fue una decisión difícil para alguien que se había obsesionado con la comunicación epistolar. Y aunque en octubre de 1967 le escribió una carta a Mario Vargas Llosa en la que afirmaba que era “muy mal corresponsal”, la realidad era que enviaba extensos pliegos a sus amigos casi todo el tiempo.

“Mis únicos amigos son anteriores a Cien años de soledad. A ellos les contesto unas cipotes de cartas y me leo de cabo a rabo las que me mandan, pero las otras ni las abro. Las rompo sin abrirlas”, comentó en una entrevista concedida a El Tiempo en diciembre de 1968.

El hábito de cartearse con otras personas inició con su madre, cuando cursaba el bachillerato en el Liceo de Varones de Zipaquirá. Con todo su arsenal de horrores gramaticales, Gabo le contaba su vida diaria en el internado y Luisa Santiaga Márquez respondía al día siguiente, devolviéndole sus cartas con la ortografía corregida. En la época en que tomó la determinación de no escribir cartas, él la llamaba por teléfono cada domingo al mediodía (hora de Cartagena), un ritual inflexible que llevó a cabo desde cualquier parte del mundo y que solo incumplió cuando estuvo en Vietnam.

Mercedes Barcha, su esposa, fue la otra mujer a la que destinó un gran porcentaje de sus cartas íntimas. A ella le gustaba coleccionarlas y en 1958, en Caracas, poco después de su luna de miel, cargaba consigo una carpeta de seiscientos cincuenta folios con puras cartas de amor. García Márquez, temiendo que alguien las robara, le ofreció cien bolívares por el lote completo y, acto seguido, las destruyó. Varias décadas más tarde confesó que su motivación no había sido el miedo sino la estabilidad marital.

—No quería que las tuviera más —le dijo a la revista Viva, de Clarín, en junio de 1994—. Ante cualquier cosa que yo hacía, ella agarraba las cartas y decía: “Ah no, tú en esta carta me decías que nunca ibas a hacer tal cosa o tal otra”. Y yo ya no podía vivir así. Este matrimonio se iba a acabar por las malditas cartas. Entonces un día le dije que ya no lo soportaba y que se las compraba para quemarlas.

Las cartas que sí guardaron y recopilaron juntos fueron las que empezaron a llegar a su casa de Ciudad de México luego de la publicación de El amor en los tiempos del cólera. Sus remitentes eran parejas de ancianos que habían percibido en el drama de la novela una recreación poética de sus amores tardíos. “Usted contó la historia de mi vida”, le escribían. El libro que inspiraba a estos amantes es, en sí mismo, un homenaje a las vicisitudes del intercambio epistolar. Hay en él mensajes clandestinos, misivas exaltadas por la cursilería, folios repletos de pasión. Florentino Ariza, uno de los protagonistas, obtiene su primer trabajo en la Agencia Postal y copia mamotretos líricos a Fermina Daza, su Diosa Coronada. Cuando comienza a trabajar en la Compañía Fluvial del Caribe, ayuda a los enamorados analfabetos a escribir sus esquelas románticas “para descargar el corazón de tantas palabras de amor que se le quedaban sin usar en los informes de aduana”.

Era evidente que García Márquez no había dejado de escribir cartas. La diferencia es que ahora las metía exclusivamente en el buzón de la ficción literaria, donde sus personajes seguirían amándose y amenazándose de muerte con ellas. En el mundo real, ese donde la fama perturbaba la privacidad de los artistas y la gente buscaba sus manuscritos para venderlos, el correo estaba prohibido. El rol del destinatario también era difícil en este contexto. Gabo recibía cientos de cartas de desconocidos con todo tipo de propuestas obscenas. Un editor español, por ejemplo, le ofreció por tiempo ilimitado una quinta en Palma de Mallorca a cambio de los derechos de su próximo relato. El escritor tuvo que violar su silencio postal para responderle que se había equivocado de barrio porque él no era una prostituta. En otra carta escrita desde Nueva York, una mujer elogiaba Cien años de soledad y prometía, si así él lo deseaba, una foto desnuda de cuerpo entero. Mercedes la rompió furiosa.

— ¿Qué haces con las cartas urgentes? —le preguntó un periodista de El Mundo durante una entrevista en octubre de 1982.

— Si no son de personas conocidas las pongo en un rincón del escritorio y las dejo cerradas un mes. Cuando este se cumple ya no son urgentes.

Por sus amigos, en cambio, podía cruzar un continente con tal de verlos. “Doy la vuelta al mundo para estar con ellos, y a un costo demente, lo cual es una demostración más del inmenso aprecio que les tengo”, le dijo a Plinio Apuleyo Mendoza en El olor de la guayaba. Entre estos viajes y la factura por las llamadas a larga distancia, García Márquez invertía su plata. Era el precio de la intimidad, uno que por suerte podía permitirse. Sin embargo en 1988, dieciocho años después de haber decidido que jamás redactaría una carta, se quejaba de estos gastos desmedidos. “La situación ha empeorado tanto”, comentaba muerto de risa, “que he pensado en escribir cartas y venderlas para poder pagar la cuenta del teléfono”.

 

La correspondencia de los rechazos

 

Un escritor lucha en dos universos. En el primero, que es el de sus narraciones, pelea contra los límites de su imaginación. En el segundo, que es donde come y envejece, contra los editores. En este último sitio se encuentran las cartas de rechazo de Gabriel García Márquez.

La primera de ellas la escribió Guillermo De la Torre, presidente del consejo editorial de Losada y cuñado de Jorge Luis Borges. Fue en 1952. García Márquez la leyó en la sala de redacción de El Heraldo, el periódico donde trabajaba entonces. Informaba que su novela La hojarasca no se consideraba publicable y le sugería al joven narrador que buscara otro oficio. “Si mi vocación de escritor no hubiera sido tan intensa habría abandonado para siempre la literatura. No hay derecho, ¿verdad?, a hablar así a un muchacho que empieza”, afirmó Gabo a la revista Índice en noviembre de 1968.

A mediados de los años sesenta, otro reconocido crítico, Roger Caillois, que en ese momento asesoraba a la prestigiosa editorial Gallimard, rechazó la edición francesa de El coronel no tiene quien le escriba con una nota corrosiva: “Definitivamente, la literatura latinoamericana no tiene nada qué decir”. La novela fue publicada por Julliard, una editorial más discreta. No obstante, cuando Cien años de soledad se convirtió en un superventas en 1967 —y en 1969 su traducción al francés ganó el Premio al Mejor Libro Extranjero en Francia—, Gallimard quiso hacerse con los derechos de la novela.

— Bueno, publíquenla —le dijo Gabo a Caillois—  pero con la condición de que tu carta vaya como prólogo.

— Usted sabe que eso no es posible —respondió el crítico.

— Entonces tampoco es posible que se publique en Gallimard.

El 15 de julio de 1981, siendo ya uno de los autores representativos de la literatura latinoamericana, The New Yorker rechazó publicar su cuento “El rastro de tu sangre en la nieve” (la traducción era de Gregory Rabassa) porque el consejo editorial le atribuyó un desenlace ineficaz.“La historia se caracteriza por la acostumbrada genialidad de su escritura, pero a nuestro modo de ver la resolución no lleva al lector a aceptar su osado y bello concepto. Esta fue una decisión difícil para nosotros, y le mando nuestras disculpas”, decía la carta firmada por Roger Angell. Al año siguiente, el 21 de octubre, la Academia Sueca galardonó al escritor colombiano con el Premio Nobel de Literatura.

En la correspondencia del rechazo, García Márquez también escribió sus cartas. Generalmente funcionaban como declaraciones políticas. La más memorable quizás sea la que envió a El Espectador para hacer público su rechazo a un consulado en Barcelona que le ofreció el gobierno de Carlos Lleras Restrepo. “He dicho varias veces que no acepto puestos públicos ni subvenciones de ninguna clase, que nunca he recibido un centavo que no me haya ganado trabajando con la máquina de escribir”, sentenció. “Cualquier auxilio extraño al oficio compromete la independencia del escritor, y esta es para él, según mi modo de pensar, algo tan esencial como saber escribir”.

 

El epistolario de la creación

 

Muchos de los libros de García Márquez no habrían sido posibles sin las cartas. La personalidad de Simón Bolívar en El general en su laberinto se basó en su correspondencia. Tres mil cartas en total. A través de estos documentos, Gabo descubrió que Bolívar no pensaba en la inminencia de la muerte y procuraba eludirla a cada instante, pues en una carta había escrito “Me moriré cuando más tarde dentro de un par de meses”. Supo igualmente que su único rasgo “anticaribe” era que no tenía supersticiones, porque no halló en ninguna parte la visita a una pitonisa o el presentimiento de un suceso sobrenatural. También que Bolívar usaba las expresiones “manaures”, “mastuerzos” y “maricones” para designar a las personas que despreciaba y que la pregunta que da el título a la novela (“¿Cómo voy a salir de este laberinto?”) la hizo al doctor Révérend cuando éste le sugirió arreglar su testamento y sus asuntos espirituales.

Para entender a Pablo Escobar en Noticia de un secuestro, Gabo leyó las cartas que el narcotraficante les había enviado a las autoridades, a las familias de los rehenes y a sus abogados.

— De su autenticidad no hay duda, en especial, por su estilo epistolar, que es de una expresividad y de una precisión asombrosa en un hombre de su nivel cultural —comentó el escritor a la revista Cambio 16 en mayo de 1996—.  Había dos clases de cartas. Cuando se trataba de acusar a alguien, y en especial a las autoridades, usaba su caligrafía real, firmaba con su rúbrica y ponía su huella digital.

García Márquez fue incluso más allá de la correspondencia escrita y averiguó la carta astral de Escobar. Se la pidió al astrólogo Mauricio Puerta y él le advirtió que el narcotraficante tenía de nacimiento la peor conjunción. “En la época en que se entregó parecía no tener sino tres caminos: la cárcel, el hospital y la muerte. Había un cuarto camino, que en su caso era inimaginable: el convento. Pero cuando se escapó ya no tenía caminos de regreso de acuerdo con su carta astral, porque entonces su tendencia predominante era la muerte súbita”.

El coronel no tiene quien le escriba es, por excelencia, una obra que se nutre con las cartas. Sobre todo con las que no llegan. Gabo la escribió en París, pensando en la pensión de veterano de guerra que su abuelo esperó hasta la muerte. Pero pronto se dio cuenta de que la historia del coronel también era la suya, la de un latinoamericano desempleado en Europa, que no puede laborar porque no tenía carta de trabajo y que todas las mañanas salía de su buhardilla para revisar si en el correo le había llegado alguna carta con plata enviada por sus amigos de Barranquilla. Nada raro. Cuando se trata de García Márquez, la vida y la ficción se juntan y se muerden la cola.  

 

En el Centro Gabo conmemoramos los siete años de la muerte de Gabriel García Márquez recordando el papel indispensable de la comunicación epistolar en su vida y obra. Para ello, hemos elaborado cinco cartas dirigidas a Gabo por parte de personas destacadas en el campo literario occidental. No son cartas reales, pero habrían podido serlo, pues cada una de sus líneas está basada en entrevistas, ensayos y artículos firmados por sus remitentes.

Las compartimos contigo:

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