Mis contactos con El Gabo

A raíz de una entrevista con los padres de Gabriel García Márquez, aquel encuentro fue recordado por Gabo cuando lo entrevisté en Cannes en 1983
Por:
Humberto Márquez
Mi primer contacto con la obra de Gabriel García Márquez fue empezando la década del 70. Nos pusieron de tarea investigar “Cien años de soledad”, en la Universidad Javeriana de Bogotá, cuando ya el libro era un best-seller y parte importante del boom latinoamericano. El furor era tal que circulaban mapas genealógicos para no perdernos entre tanta familia, y el otro insumo fue que por ese tiempo Vargas llosa publicó “García Márquez: historia de un deicidio”, un ensayo publicado en 1971 por Barral editores que analizaba desde los primeros cuentos de García Márquez hasta Cien años de soledad. De allí en adelante, Marcel Lemaitre y José Antonio Carbonell, compañeros de aula en la cátedra del poeta Giovanni Quessep, nos volvimos fanáticos de la obra del Gabo.
 
En 1974, ya en Caracas, hice equivalencia en la UCV y siguieron las lecturas del Gabo, hasta que me fasciné con “la cólera”. Por sus ocurrencias en narrar una larguísima historia de amor, que merecería un capítulo especial, sí debo contar que luego de leer El amor en los tiempos del cólera, publicado en 1985, terminé orinando sentado (jajajá).
 
Pero antes, en 1981, yo andaba por Panamá, como consultor del SELA, -qué bomba- y a Manuel Felipe Sierra, director de El Diario de Caracas, en donde escribía por entonces, se le ocurrió la brillante idea de bajarme en Colombia a entrevistar a los padres de Gabo, a propósito del Nobel. Llegué a Cartagena y entrevisté a Luisa Santiaga Márquez de García, junto a Gabriel Eligio, su esposo… De esa mañana quedó una anécdota por la que siempre Gustavo García Márquez, hermano del Gabo, me llamó “Primo” y que todas las muchachas bonitas con nuestro apellido ya se aburren de tanto contarla cada vez que nos presentan…  “¿Cómo fue que me dijo que se llama?”, me dijo la hermosa viejecita. Humberto Márquez, le contesté presto. “Ah, entonces, usted y yo somos primos porque de España llegaron tres Márquez, uno se fue para el interior, el nuestro se quedó aquí en La Costa y el otro se fue para Venezuela”. Encendí el grabador y le dije: “Bueno prima, écheme los cuentos del Gabo...”. Antes de irme me dio una cartica para su hijo Gustavo que por supuesto metí en mi cartera y más nunca volví a recordar. Una noche entrando a La Bajada, aquel legendario bar del Triángulo de las Bermudas de Sabana Grande, un hombrón de pelo negro y bigote chorreado me pegó un susto cuando gritó a voz en cuello: “Mira Humberto Márquez”, le contesté con mi vocezota: “¿Qué le pasa al señor?”... y el tipo burlándose de mí mientras Popeye, Catirito y Ballestas muertos de la risa celebraban me dijo: “Tu no me piensas entregar la carta de mi mamá”. Esa noche amanecimos, como el vallenato, amanecimos parrandeando. De allí en adelante eso fue rumba pareja e hicimos una bonita amistad.
 
Ya en el 83, estaba yo en París maravillado, tanto que me fui por 10 días y me quedé 3 meses. Ya era mayo, o finalizando abril. Yo andaba con Nelson Dávila y guardábamos la maleta y unos 200$ que iban mermando poco a poco, en casa de Delfina Catalá, gran hermana de los tiempos de la Escuela de Letras. Y un día nos dice que se va al Festival de cine en Cannes por 15 días y que retiráramos ropa y dinero suficiente en consecuencia. 
 
-¿Y si nos vamos contigo?... 
 
-Si tuvieras un carnet de periodista sería posible -nos dijo.
 
-Ya vengo -le dije.
 
A la hora regresé con un carnet y cargaba una carta de Manuel Felipe Sierra, recomendándome como colaborador de El Diario de Caracas, que él dirigía. Pues agarré el logo y la firma, le clavé una foto mía y plastifiqué aquella vaina, y a los tres días me llegó senda chapa amarilla para tener todos los accesos en el Festival. Y nos fuimos en un carrito de una amiga de Pilla, como se conoce cariñosamente a Delfina, pero novatos al fin, los 500 francos que me dio Cruz Diez y 100 Esteban Castillo, se fueron casi íntegros en los peajes. Menos mal, que Huáscar Castillo, jefe de delegación, me metía 100 francos diarios en el bolsillo de la camisa, por ayudar en labores periodísticas y hasta domésticas. En estos meses atrás, en el novenario de su esposa Irene Lemaitre, compañera nuestra de Letras también, fue la artífice de tan oportuna ayuda en aquella aventura.
 
El cuento es que ese año estrenaron “La Eréndira” en Cannes, y yo acariciando la idea de entrevistar al Gabo. A mis 29 años, eso era la gloria. El día de la rueda de prensa, escribí un papelito: “Ajá Gabo, ahora el feliz e indocumentado soy yo, quiero entrevistarte para El Diario de Caracas”, y me fui para mi vaina. Nada me dije, lo esperé afuera y al llegar lo entrompé. Verga, y veo que empieza la rueda, el decorado era divino con imágenes de la película “La Cándida Eréndira y su abuela desalmada” dirigida por Ruy Guerra, director brasilero, y con Cláudia Ohana e Irene Pappas en los papeles protagónicos, y anuncian que El Gabo no asistiría para que el director defendiera su film. La propia torta, aquellos coños hablando en francés, portugués y griego, nojoda me ladillé y me fui. Y salí caminando súper triste, como la muchachita de aquella cuña navideña de jamón Plumrose. No sé por qué razón, o seguro que sí, solo la magia podría salvarme y me eché un junte que me regaló mi bruja de la época, Anita Salinas, ella era amiga de mi madre Ana Lucía, y me echaba las cartas, me preparaba unos baños de clavito, canela y guayabita dulce que eran muy exitosos con las mujeres, ay, yo no es que creyera mucho, pero le daba su platica para ayudarla. Esa tarde me eché un abrecaminos que me dio en un frasquito antes de viajar. Y de pronto voy pasando por el stand de Colombia, y veo al jefe de misión que se había hecho amigo mío, con El Gabo, ellos solitos, mire al cielo y dije gracias Anita Salinas, por el favor recibido, y me lancé. Me presenté, “Humberto Márquez, El Diario de Caracas”, y él me dijo riéndose: “Ah, tu eres el que se la pasa molestando a mis padres en Cartagena”. “Sí, yo mismo soy”, dije riéndome también, “pero fue una sola vez y ahora vengo por usted”. Nojoda, saqué mi grabador y arranqué a preguntar. Fue la entrevista más emocionante de mi vida. Y así pasaron 20 minutos, hasta que la televisión europea se enteró y cuando nos vinimos a percatar estábamos rodeados de toda la prensa extranjera, pero yo pegadito ahí con mi grabador apuntando a su boca y con una chaqueta fucsia, casi fosforescente, que decía Corazón Guerrero en la espalda, que me regaló Willie Colón en un concierto. Hay foto, en realidad eso lo publiqué en República Dominicana, en el suplemento literario de La Noticia, creo que ya ni existe, pero sí salió, yo la vi, y hasta me gané unos cuantos dólares por la exclusiva. La foto que queda es con Huáscar y esa es la que está publicada aquí… de todos modos, voy a intentar recuperar la otra, si Tito Núñez, mantiene el contacto con Mateo Morrison, que era el director del suplemento literario en Dominicana. ¿Qué por qué no salió en El Diario de Caracas?, ya a estas alturas, no vale la pena ni contarlo.
 
Hubo otro encuentro en Cartagena, ni me acuerdo si fue antes o después, era un festival de cine recuerdo y sé que hubo una breve entrevista, pero lo que sucedió no valía la pena contarlo tampoco, pero vaya un pedacito, de eso también hay foto, que salvó Marcel Lemaitre, a quién vi en ese viaje, y cuando me preguntó por la entrevista, tuve que contarle la verdad. La última noche se me ocurrió jugar a la ruleta en el casino del hotel, y estaba inspirado y me gané mil dólares esa noche, pero de la emoción imagino, cobré mi vaina y me fui a dormir o a celebrar, tampoco es que recuerde mucho… y dejé botado el grabador que nunca apareció… con la del Gabo, se fueron entrevistas a Umberto Valverde y al director de la película Estrategia del Caracol, Sergio Cabrera que ganó el premio en ese festival de 1994, gracias internet por el recuerdo recibido.
 
Ese fue el último contacto.
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