El primer cumpleaños de Jaime sin Gabo

Mi encuentro “mágico” con Jaime García Márquez en su primer cumpleaños sin su hermano Gabriel.
Por:
Patricia Analía Aguirre

Había pasado un mes y cinco días de la muerte de Gabriel García Márquez. Abrumado por los recuerdos, en cada paso que da hacia el mar, cree verlo, lo siente, lo añora, en aquella calurosa tarde del 22 de mayo, en la amurallada Cartagena de Indias. El sol se despedía. Gira su brazo y señala la esquina donde había funcionado, en el siglo pasado, el diario cartagenero El Universal; allí Gabo se inició en el periodismo. Avanza unos metros, hacia el lugar donde había llegado con vida el náufrago. En cada rincón estaba Gabo, en cada risa que evocaba al mamador de gallo más famoso del mundo, pero más estaba en sus ojos humedecidos por la tristeza.

 

Era el día en que Jaime García Márquez pasaba su primer cumpleaños sin Gabo. “Con sólo recordar cómo se tocaba el bigote, es suficiente, nada más”, aclara al comenzar el viaje a su memoria, acorralado por el dolor de la reciente muerte de quien también fuera su padrino. Cada vez que lo nombra sus pupilas se iluminan, su piel caribeña se enciende, su corazón se acelera y entusiasta repite una y otra vez: “Es que Gabito es un genio, y demostrado científicamente”.

 

¿De dónde surgió su gran talento?

 

Gabito es una hechura de su abuelo, porque él le provocó y estimuló la vocación temprana. El abuelo le permitía que en su oficina hiciera lo que quisiera y así empezó a pintar las paredes, haciendo dibujos e historietas cómicas.

 

Para Jaime su hermano aún no murió, es que ni siquiera por un instante puede dejar de hablar de él en presente.

 

Con un parecido físico notable, cálido, ocurrente en sus bromas y cortés, Jaime es la versión familiar más cercana a lo que cuentan que fue Gabo. Es el octavo de los once hijos que tuvo el matrimonio de Gabriel Eligio García y Luisa Santiaga Márquez. Nació en Sucre, el pueblo donde sucedió la historia de Crónica de una muerte anunciada. “Santiago Nasar (el joven a quien los hermanos de una antigua novia lo asesinaron porque ella no se casó virgen) era un amigo de Gabo, estudiaban juntos en Bogotá”, relata Jaime, mientras pasan los carruajes con los turistas que descubren la vieja Cartagena.

 

Jaime también es el que estuvo más próximo en la vida de Gabo desde que aceptó ser vicepresidente de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano. “Recuerdo que me mandó un documento en un sobre que decía: firma, ahora eres miembro de una junta directiva pero te advierto que seguirás siendo pobre”, cuenta entre risas. Desde ese momento Jaime dejó su profesión de ingeniero civil y hasta la actualidad conduce la fundación que capacita a los “carpinteros del oficio” de toda Latinoamérica.

 

“Gabito es un ser humano común y corriente con una sola ventaja sobre los demás: es genio. Además de su talento y creatividad me llamaba la atención la economía de su lenguaje. En dos o tres palabras lograba decir lo que yo digo en cuatro horas. ¿Cómo lo hacía? No sé, pero es una cosa impresionante, parece que fuera insertando en un collar las cuentecitas y de eso hace una novela”, volvía a recordarlo, ahora con más calma como si la brisa del mar lo ayudara de a ratos a relajar su espíritu.

 

Orgulloso y contento de que Gabo lo definiera alguna vez como “un lector atento”, Jaime siempre mantenía contactos telefónicos con él, que vivía en México junto a su esposa Mercedes. “Hablar con Gabriel García Márquez era una cosa maravillosa, no porque estuviera diciendo cosas grandilocuentes, sino por la simplicidad de sus frases. Siempre estaba hablando de lo cotidiano; lo importante es que a esa cotidianidad le daba una dimensión distinta. Uno se quedaba anonadado, maravillado de cómo de una cosa tan simple podía explicar tantas otras cosas”, dice con admiración.

 

Respiró hondo y siguió caminando, hasta tomar un taxi todo amarillo. Se dirigía a su departamento, frente a la Bahía de Cartagena, a esperar a sus amigos más íntimos para compartir su cumpleaños (74). Al llegar, inquieto, pasea de un ambiente a otro de la casa. Pone música, primero vallenatos (ritmo autóctono del Caribe colombiano), después folclore argentino (oportunidad en la que expresa su deseo de conocer la música de Mercedes Sosa frente a esta periodista tucumana), más tarde se escuchaba al español José Luis Perales y en algún momento de la noche hasta al popular Sandro; y no deja de hablar de Gabo, una anécdota tras otra como si de esa manera lo resucitara a cada rato. En esos momentos su memoria –que muchas veces se pierde– también parece volver a vivir. “Es que el disco rígido me está empezando a fallar”, había confesado en el taxi tocándose la cabeza, víctima del olvido, como si estuviera, al igual que Gabo en sus últimos años, marcado por la peste del insomnio que alguna vez se apoderó de los Buendía y luego de todos los habitantes de Macondo en la novela Cien años de soledad.

 

Azar bendito

 

Vestido de guayabera y pantalón de lino blancos, Jaime García Márquez llega junto a sus hermanos Aída y Gustavo y sobrinos, a Aracataca –el nombre real de Macondo– al mediodía del 17 de mayo, a un mes de la muerte de Gabo. Fue un día especial. Nicolás Ricardo Márquez, el abuelo y la persona más importante en la infancia del Premio Nobel, volvía a nacer. Con su nombre bautizaron a un nieto de los Márquez en la Iglesia San José, la misma capilla donde Gabo también fue bautizado, antes de que el mundo supiera de la llegada de Melquíades y del hielo a la tierra mágica de Macondo. Muchos cataqueros (habitantes de Aracataca) se alborotaron con la llegada de los García Márquez, que durante la tórrida siesta se dieron tiempo para recorrer la Casa Museo del escritor. Pero todo volvió a la calma, los vecinos y hasta las lagartijas se encerraron, cuando se fueron a las cuatro de la tarde, minutos antes de que cayera un fuerte y esperado aguacero.

 

Fue en esta inesperada ocasión en la que Jaime accedió a esta entrevista que se concretó cinco días después, en Cartagena de Indias. “Este es un azar bendito porque también hay azar maldito, cuando se complica todo”, definía refiriéndose al real y mágico encuentro que sucedió en el día de su cumpleaños, sin Gabo.

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