La mala hora
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La mala hora en 8 comentarios de Gabriel García Márquez

Ocho reflexiones del escritor colombiano sobre su novela La mala hora.

Redacción Centro Gabo

Una tarde de septiembre de 1961, el fotógrafo Guillermo Angulo visitó a Gabriel García Márquez en su casa de Ciudad de México y le propuso participar en un concurso de novelas organizado en Colombia por la Esso. El escritor colombiano estaba en una etapa en la que ya no le interesaba tanto la literatura como el cine y aquella propuesta pareció no llamar su atención. Sin embargo, debido a la insistencia de Angulo y del poeta Álvaro Mutis, decidió concursar con el manuscrito inédito de La mala hora, una novela breve en la que había trabajado en los últimos años.

La había escrito en París, Londres y Caracas, siempre con muchas interrupciones y dudas respecto a la trama. Poco antes de enviarla al concurso, el manuscrito mecanografiado y sin título rondaba por la casa de Ciudad de México como un mamotreto polvoriento, enrollado en una corbata azul con rayas amarillas.

Siete meses después de la visita de Angulo, en abril de 1962, La mala hora ganó el primer premio. García Márquez recibió sorprendido los tres mil dólares del galardón. Con ese dinero pagó la clínica donde Mercedes acababa de parir a su hijo Gonzalo y se compró su primer automóvil, un Opel 62 sedán con tapicería roja, el mismo que luego empeñaría para tener con qué vivir mientras se encerraba en su estudio a escribir Cien años de soledad.

Fue así como La mala hora pudo salir de la gaveta en la que estaba archivada. El 24 de diciembre de 1962 fue publicada en España por la Imprenta Luis Pérez. Esta edición fue desautorizada por el autor, ya que el editor introdujo varios cambios que pervirtieron el estilo del escritor. Una edición autorizada sería publicada en México en 1966 a cargo de la editorial Era, y Gabo dejaría constancia de eso con una pequeña nota introductoria que decía:

La primera vez que se publicó La mala hora, en 1962, un corrector de prueba se permitió cambiar ciertos términos y almidonar el estilo, en nombre de la pureza del lenguaje. En esta ocasión, a su vez, el autor se ha permitido restituir las incorrecciones idiomáticas y las barbaridades estilísticas, en nombre de su soberana y arbitraria voluntad. Esta es, pues, la primera edición de La mala hora.

En el Centro Gabo hemos seleccionado ocho reflexiones de García Márquez sobre La mala hora, la novela que el escritor colombiano calificó como “el peor leído de todos mis libros”. Las compartimos contigo:

 

1. La novela que estaba en una corbata

 

Hay una anécdota interesantísima con La mala hora. Ya la tenía escrita. Andaba con ella enrollada y amarrada con una corbata en la maleta mientras vivía del periodismo. Si hasta recuerdo que cuando Mercedes llegó a Caracas, donde yo vivía, mientras ordenaba aquel desorden organizado que tenía en la habitación, me preguntó: «¿Qué es esto, Gabo?». «¿Eso? Una novela, no la vayas a botar, por favor». Y la llevaba conmigo, como te he dicho, de hotel en hotel, y a cada rato le hacía correcciones. Y un día un amigo me trae la noticia de que se había convocado recientemente un concurso literario en Bogotá y que por qué no la enviaba. Y con todo entusiasmo la puse en condiciones de concursar y la envié desde México. Y ganó el primer premio. Era La mala hora. Poco después del resultado, el embajador colombiano en México me llama: «Señor Gabriel García Márquez: Me veo precisado a comunicarle que el presidente de la Academia de la Lengua Colombiana, el padre Félix Restrepo, le solicita encarecidamente que cambie de su novela dos palabras que, en realidad, hieren la sensibilidad popular: preservativo y masturbarse». Y yo, «que ni modo, que de eso nada». Y ahí estuvimos discutiendo largo rato. Por fin le dije: «Mire, señor embajador, en vista de todas esas razones que usted me acaba de explicar, le voy a hacer una concesión: de las dos, quite una: la que usted escoja». Cuando apareció la novela, le habían quitado esas y otras muchas palabras.

 

“García Márquez: «Es un crimen no tener participación política activa»”.

Triunfo, 21 de agosto de 1976.

 

2. Un libro sobre el poder

 

La mala hora es el peor leído de todos mis libros. (…) Tiene adentro muchas más cosas de las que la gente cree. No es la historia de un pueblo ni de un alcalde, sino la historia patética de un alcalde que se lo llevó la fregada. Esta idea viene desde muy atrás y creo que tiene mucho valor literario, ¡qué carajo le hace el poder a un hombre! ¡Qué carajo es esto del poder para un ser humano!

 

“«Primero soy hombre político»: Gabriel García Márquez”.

Excelsior, abril de 1971.

 

3. Obra de un escritor reportero

 

El lenguaje de La mala hora es mucho más conciso, seco, directo y pendido directamente del periodismo; porque yo estaba tratando de hacer reportajes con  un nivel literario, ya que estaba tomando un tiempo literario para escribirlos. Era un escritor reportero que, además, era reportero de la vida real.

 

“García Márquez: ahora doscientos años de soledad”.

Triunfo, noviembre de 1970.

 

4. Una violencia en reposo

 

En La mala hora no hay matanzas. Prácticamente ha pasado el periodo crítico de la violencia, pero lo que se ve en el libro es que esa pausa está remendada con telaraña y que la violencia volverá, que es una especie de constante, que no se ha acabado con ella porque no se ha acabado con sus causas.

 

“García Márquez: ahora doscientos años de soledad”.

Triunfo, noviembre de 1970.

 

5. Tres libros en uno para romper la pared

 

Tres de mis libros, El coronel no tiene quien le escriba, Los funerales de la Mamá Grande y La mala hora, son en verdad un solo libro. Un mismo tema, unos mismos personajes, un mismo ambiente, que se repiten y se mezclan, como pedazos que tomo de aquí y coloco allá. Durante ese tiempo estaba experimentando, trataba de salir de la retórica latinoamericana. Disecar el lenguaje cada vez más, hacerlo más económico. Hasta que me encontré contra la pared. Los tres libros pertenecen al realismo tradicional. La mala hora es el que refleja más directamente la realidad. Sin embargo, ha sido calificada como mi peor novela. Jorge Eliécer Ruiz me dijo: «Es un bache». Algún otro crítico dijo que era demasiado literaria y demasiado correcta para ser buena. La mala hora me colocó contra la pared. Pero sin La mala hora yo no hubiera podido escribir Cien años de soledad. Porque al quedar contra la pared tuve que romper la pared.

 

“«El deber revolucionario de un escritor es escribir bien»”.

Enfoque Internacional, diciembre de 1967.

 

6. El misterio del poder

 

El teniente de La mala hora fue mi primera tentativa concreta de explorar el misterio del poder (a un nivel tan modesto como el de un alcalde de pueblo) y el más complejo fue el del patriarca. La coherencia es demostrable: el coronel Aureliano Buendía pudo haber sido muy bien, en un nivel, el teniente de La mala hora, y en otro nivel, el patriarca. Quiero decir que en ambos casos su comportamiento hubiera sido el mismo.

 

El olor de la guayaba, 1982.

 

7. Novela de interés técnico

 

La mala hora tiene un cuadro demasiado pequeño, casi se puede fechar. En la historia de la literatura colombiana, este libro interesará más como trabajo técnico que como cualquiera otra cosa. Pretende ser una novela de la violencia y no alcanza a serlo por completo, pretende ser una denuncia y no lo es completamente. Y todo eso que trataba de hacer conscientemente en La mala hora está muchísimo mejor hecho en Cien años de soledad y en El otoño del patriarca, sin estar tratándolo de hacer, sino contando con todos los huevos la vida que uno está viviendo.

 

“El viaje a la semilla”.

El Manifiesto, septiembre y octubre de 1977.

 

8. Historias estrechas y racionalistas

 

El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora y muchos cuentos de Los funerales de la Mamá Grande son libros inspirados en la realidad de Colombia, y su estructura racionalista está determinada por la naturaleza del tema. No me arrepiento de haberlos escrito, pero constituyen un tipo de literatura premeditada, que ofrece una visión un tanto estática y excluyente de la realidad. Por buenos o malos que parezcan, son libros que acaban en la última página; son más estrechos de lo que yo me creo capaz de hacer.

 

El olor de la guayaba, 1982.

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