Fotograma película Love in Time of Cholera
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Contando amores continuados: las mujeres de Florentino Ariza

Diez amores con los que Florentino Ariza esperó por más de medio siglo a Fermina Daza, la mujer de su vida, en El amor en los tiempos del cólera.

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Fotograma película Love in Time of Cholera
Redacción Centro Gabo

Cincuenta y un años, nueves meses y cuatro días: fue ese el tiempo que tuvo que esperar Florentino Ariza para volver a enamorar a Fermina Daza en El amor en los tiempos del cólera, la novela de Gabriel García Márquez ambientada en el Caribe que reivindica la pasión en la vejez.

En esa espera de más de medio siglo, Florentino Ariza mantuvo intacta su promesa de amor basándose en un principio filosófico que aprendió con una de sus tantas amantes: “amor del alma de la cintura para arriba y amor del cuerpo de la cintura para abajo”. Es así como logra acostarse con seiscientas veintidós mujeres sin claudicar en sus deseos de casarse con Fermina Daza. Estos ‘amores continuados’, como los llama el narrador, son registrados en cinco cuadernos secretos que Florentino Ariza llena con un rigor de notario.

Compartimos contigo las insólitas historias de diez de estas mujeres que se amaron con Florentino mientras él esperaba a Fermina Daza:

 

Rosalba, la mujer del buque

 

Se trata de la mujer que desvirga a Florentino Ariza en un asalto repentino durante un viaje en buque por el río Magdalena. Con ella Florentino aprende que se puede sustituir de forma temporal la obsesión por Fermina Daza con una pasión terrenal. Pese a la brusquedad del primer encuentro sexual, el paso del tiempo hará que él recuerde la ocasión cada vez con más nostalgia e, incluso, con amor.

 

Una noche que interrumpió la lectura más temprano que de costumbre, se dirigía distraído a los retretes cuando una puerta se abrió a su paso en el comedor desierto, y una mano de halcón lo agarró por la manga de la camisa y lo encerró en un camarote. Apenas si alcanzó a sentir el cuerpo sin edad de una mujer desnuda en las tinieblas, empapada en un sudor caliente y con la respiración desaforada, que lo empujó boca arriba en la litera, le abrió la hebilla del cinturón, le soltó los botones y se descuartizó a sí misma acaballada encima de él, y lo despojó sin gloria de la virginidad, Ambos cayeron agonizando en el vacío de un abismo sin fondo oloroso a marisma de camarones. Ella yació después un instante sobre él, resollando sin aire, y dejó de existir en la oscuridad.

–Ahora, váyase y olvídelo –le dijo–. Esto no sucedió nunca.

 

La viuda de Nazaret, la viuda libre

 

La viuda de Nazaret es la segunda mujer con la que se acuesta Florentino Ariza y la primera que aparece en el cuaderno de sus ‘amores continuados’. Su relación empieza con la complicidad de Tránsito Ariza, la madre de Florentino, quien da refugio a la viuda en la habitación de su hijo durante el sitio del general rebelde Ricardo Gaitán Obeso. Desde entonces, ambos mantienen encuentros ocasionales en muchos momentos de sus vidas, experimentando las maromas sexuales que él había observado en el prostíbulo del puerto.

 

Sentada en el borde de la cama donde Florentino Ariza estaba acostado sin saber qué hacer, empezó a hablarle de su dolor inconsolable por el marido muerto tres años antes, y mientras tanto iba quitándose de encima y arrojando por los aires los crespones de la viudez, hasta que no le quedó puesto ni el anillo de bodas. Se quitó la blusa de tafetán con bordados de mostacilla, y la arrojó a través del cuarto en la poltrona del rincón, tiró el corpiño por encima del hombro hasta el otro lado de la cama, se quitó de un solo tirón la falda talar con el pollerín de volantes, la faja de raso del liguero y las fúnebres medias de seda, y lo esparció todo por el piso, hasta que el cuarto quedó tapizado con las últimas piltrafas de su duelo. Lo hizo con tanto alborozo, y con unas pausas tan bien medidas, que cada gesto suyo parecía celebrado por los cañonazos de las tropas de asalto, que estremecían la ciudad hasta los cimientos. Florentino Ariza trató de ayudarla a soltar el broche del ajustador, pero ella se le anticipó con una maniobra diestra, pues en cinco años de devoción matrimonial había aprendido a bastarse de sí misma en todos los trámites del amor, incluso sus preámbulos, sin ayuda de nadie. Por último se quitó los calzones de encaje, haciéndolos resbalar por las piernas con un movimiento rápido de nadadora, y se quedó en carne viva.

 

Ausencia Santander, la doble amante

 

Era una mujer separada que había tenido tres hijos y casi llegaba a los cincuenta años. Convivía con su amante, el capitán Rosendo de la Rosa, desde los tiempos conyugales e introdujo a Florentino Ariza en sus pasiones cuando lo conoció por primera vez. Los días en que el capitán navegaba, Florentino aprovechaba para acostarse con Ausencia. En una ocasión, mientras se amaban encerrados en la habitación, unos ladrones entraron a la casa de Ausencia y robaron todos los objetos de valor, no sin antes dejar un mensaje escrito en la pared: “Eso les pasa por andar tirando”.   

 

No bien acababa de hacerlo cuando ella lo asaltaba sin darle tiempo de nada ya fuera en el mismo sofá donde acababa de desnudarlo, y sólo de vez en cuando en la cama. Se le metía debajo y se apoderaba de todo él para toda ella, encerrada dentro de sí misma, tanteando con los ojos cerrados en su absoluta oscuridad interior, avanzando por aquí, retrocediendo, corrigiendo su rumbo invisible, intentando otra vía más intensa, otra forma de andar sin naufragar en la marisma de mucílago que fluía de su vientre, preguntándose y contestándose a sí misma con un zumbido de moscardón en su jerga nativa dónde estaba ese algo en las tinieblas que sólo ella conocía y ansiaba sólo para ella, hasta que sucumbía sin esperar a nadie, se desbarrancaba sola en su abismo con una explosión jubilosa de victoria total que hacía temblar el mundo.

 

Leona Cassiani, la amiga fiel

 

A Leona Cassiani, una “negra brava”, la describen en la novela como la verdadera mujer de Florentino Ariza y la única con la que él nunca pudo hacer el amor. Se conocieron en el tranvía de mulas de la ciudad, cuando ella lo abordó para pedirle un trabajo en la Compañía Fluvial del Caribe. Fue una de las personas más inteligentes que laboraron en la CFC, una de las que más comprendió el corazón de Florentino y la única a la que él podría haberle confesado su pasión secreta por Fermina Daza.  

 

En vez de llevar a Leona Cassiani en el coche, la acompañó a pie a través de la ciudad vieja, donde sus pasos resonaban como herraduras de caballería sobre los adoquines. A veces se escapaban retazos de voces fugitivas por los balcones abiertos, confidencias de alcobas, sollozos de amor magnificados por la acústica fantasmal y la fragancia caliente de los jazmines en las callejuelas dormidas. Una vez más, Florentino Ariza tuvo que apelar a todas sus fuerzas para no revelarle a Leona Cassiani su amor reprimido por Fermina Daza. Caminaban juntos, con sus pasos contados, amándose sin prisa como novios viejos, ella pensando en las gracias de Cabiria, y él pensando en su propia desgracia. Un hombre estaba cantando en un balcón de la Plaza de la Aduana, y su canto fue repitiéndose por todo el recinto en ecos encadenados: “Cuando yo cruzaba por las olas inmensas del mar”. En la calle de los Santos de Piedra, justo cuando debía despedirla frente a su casa, Florentino Ariza le pidió a Leona Cassiani que lo invitara a un brandy. Era la segunda vez que lo solicitaba en circunstancias similares. La primera, diez años antes, ella le había dicho: “Si subes a esta hora tendrás que quedarte para siempre”. Él no subió.

 

Sara Noriega, la poeta enloquecida

 

Fue una maestra de Urbanidad e Instrucción Cívica que Florentino Ariza conoció en el teatro después de la premiación de los Juegos Florales que ambos perdieron. Vivía en una casa alquilada en el Pasaje de los Novios, en el barrio Getsemaní, y tenía la costumbre de succionar chupones de bebé durante el sexo porque sólo así alcanzaba la “gloria plena”. Florentino Ariza se los compraba en el mercado y ella los colgaba en la cabecera de la cama para hallarlos a ciegas en los momentos de mayor urgencia. Los últimos días de Sara Noriega terminaron en el manicomio de la Divina Pastora, recitando a voz en cuello versos obscenos que alteraban a las demás pacientes.

 

Florentino Ariza, que no perdió nunca el susto de la primera vez, aun en las ocasiones más fáciles, se arriesgó a una caricia epidérmica en el cuello con la yema de los dedos, y ella se retorció con un gemido de niña consentida sin dejar de llorar. Entonces él la besó en el mismo sitio, muy suave, como lo había hecho con los dedos, y no pudo hacerlo por segunda vez porque ella se volvió hacia él con todo su cuerpo monumental, ávido y caliente, y ambos rodaron abrazados por el suelo. El gato despertó en el sofá con un chillido, y les saltó encima. Ellos se buscaron a tientas como primerizos apurados y se encontraron de cualquier modo, revolcándose sobre los álbumes descuadernados, vestidos, ensopados de sudor, y más pendientes de esquivar los zarpazos furiosos del gato que del desastre de amor que estaban cometiendo. Pero desde la noche siguiente, con las heridas todavía sangrantes, continuaron haciéndolo por varios años.

 

Olimpia Zuleta, la palomera asesinada

 

La relación entre Olimpia Zuleta y Florentino Ariza se afianzó a través de una correspondencia epistolar guiada por palomas. Ella era una mujer de ancas alzadas, busto exiguo y cabello cobrizo que tenía una voz fina que usaba para decir comentarios inteligentes. Desde la primera vez que se vieron, le regaló a Florentino una paloma que siempre regresaba a su casa con un mensaje de amor amarrado en las patas. Olimpia fue asesinada cuando su esposo descubrió su aventura.

 

Seis meses después del primer encuentro, se vieron por fin en el camarote de un buque fluvial que estaba en reparación de pintura en los muelles fluviales. Fue una tarde maravillosa. Olimpia Zuleta tenía un amor alegre, de palomera alborotada, y le gustaba permanecer desnuda por varias horas, en un reposo lento que tenía para ella tanto amor como el amor. El camarote estaba desmantelado, pintado a medias, y el olor de la trementina era bueno para llevárselo en el recuerdo de una tarde feliz. De pronto, a instancias de una inspiración insólita, Florentino Ariza destapó un tarro de pintura roja que estaba al alcance de la litera, se mojó el índice, y pintó en el pubis de la bella palomera una flecha de sangre dirigida hacia el sur' y le escribió un letrero en el vientre: Esta cuca es mía. Esa misma noche, Olimpia Zuleta se desnudó delante del marido sin acordarse del letrero, y él no dijo una palabra, ni siquiera le cambió el aliento, nada, sino que fue al baño por la navaja barbera mientras ella se ponía la camisa de dormir, y la degolló de un tajo.

 

Prudencia Pitre, la Viuda de Dos

 

Le decían Viuda de Dos porque lo era dos veces. Había conocido a Florentino Ariza después de enviudar, en una época en la que podría haber recibido al primer hombre que quisiera acompañarla. Solían pasar las noches bebiendo oporto y comiendo encurtidos sobre rebanadas de pan de monte que ella cortaba de una hogaza en la cocina.

 

Tan pronto como se acordó de ella, Florentino Ariza volvió a la Calle de las Ventanas, metió en una bolsa de mercado dos botellas de oporto y un frasco de encurtidos, y se fue a verla sin saber siquiera si estaba en su casa de siempre, si estaba sola, o si estaba viva.

Prudencia Pitre no había olvidado la clave de los rasguños en la puerta, con la que él se identificaba cuando todavía se creían jóvenes aunque ya no lo fueran, y le abrió sin preguntas. La calle estaba a oscuras y él era apenas visible con el vestido de paño negro, el sombrero duro y el paraguas de murciélago colgado del brazo, y ella no tenía ojos para verlo como no fuera a plena luz, pero lo reconoció por el destello del farol en la montura metálica de los espejuelos. Parecía un asesino con las manos todavía ensangrentadas.

–Asilo para un pobre huérfano –dijo.

 

Ángeles Alfaro, la fugaz violonchelista

 

La amante más efímera de todas. Llegó por seis meses a la ciudad para enseñar instrumentos de arco en la Escuela de Música. Le gustaba tocar desnuda el violonchelo en la azotea de su casa junto a Florentino Ariza, interpretando las suites más bellas del mundo.

 

Desde la primera noche de luna, ambos se hicieron trizas los corazones con un amor de principiantes feroces. Pero Ángeles Alfaro se fue como vino, con su sexo tierno y su violonchelo de pecadora, en un transatlántico abanderado por el olvido, y lo único que quedó de ella en las azoteas de luna fueron sus señas de adiós con un pañuelo blanco que parecía una paloma en el horizonte, solitaria y triste, como en los versos de los Juegos Florales. Con ella aprendió Florentino Ariza lo que ya había padecido muchas veces sin saberlo: que se puede estar enamorado de varias personas a la vez, y de todas con el mismo dolor, sin traicionar a ninguna. Solitario entre la muchedumbre del muelle, se había dicho con un golpe de rabia: “El corazón tiene más cuartos que un hotel de putas”.

 

Andrea Varón, Nuestra Señora la de Todos

 

La apodaban Nuestra Señora la de Todos porque en su juventud había sido una cortesana legendaria que se acostaba con personajes ilustres de las armas y las letras. Tenía una pensión vitalicia del Ministerio del Tesoro (donde no había trabajado nunca) sólo por haber atendido durante media hora de placer al presidente Rafael Reyes. Florentino Ariza la conoció ya mayor, y solía entrar a su casa cuando las luces de la ventana del baño estaban apagadas, que era la señal de que nadie se le había adelantado.

 

Florentino Ariza había violado por ella su principio sagrado de no pagar, y ella había violado el suyo de no hacerlo gratis ni con el esposo. Se habían puesto de acuerdo en el precio simbólico de un peso por cada vez, pero ella no lo recibía ni él se lo daba en la mano, sino que lo metían en el cochinito de alcancía hasta que fueran suficientes para comprar cualquier ingenio ultramarino en el Portal de los Escribanos. Fue ella la que atribuyó una sensualidad distinta a las lavativas que él usaba para las crisis de estreñimiento, y lo convenció de compartirlas, de aplicárselas juntos en el transcurso de sus tardes locas, tratando de inventar todavía más amor dentro del amor.

 

América Vicuña, la amante suicida

 

Fue la última mujer que quiso Florentino Ariza antes de aparecer en la casa de viuda de Fermina Daza y reiterarle su promesa de amor incondicional. Tenía 14 años y llegó desde Puerto Padre encomendada a Florentino, que era su tutor y acudiente en cuestiones educativas. Cuando murió el esposo de Fermina Daza, Florentino le dijo a América Vicuña que se iba a casar, razón por la cual ya no seguirían en ese tipo de relación. Tiempo después, afligida por su dolor y sus malas calificaciones, ella se quitaría la vida bebiéndose un frasco de láudano robado de la enfermería de su colegio.

 

América Vicuña, con el pálido cuerpo atigrado por las rayas de luz de las persianas mal cerradas, no tenía edad para pensar en la muerte. Habían hecho el amor después del almuerzo y estaban acostados en la resaca de la siesta, ambos desnudos bajo el ventilador de aspas, cuyo zumbido no alcanzaba a ocultar la crepitación de granizo de los gallinazos caminando sobre el techo de cinc recalentado. Florentino Ariza la amaba como había amado a tantas otras mujeres casuales en su larga vida, pero a ésta la amaba con más angustia que a ninguna porque tenía la certidumbre de estar muerto de viejo cuando ella terminara la escuela superior. 

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