Foto archivo Gabriel García Márquez, Harry Ransom Center
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César Guerra Valdés, el poeta que inventó García Márquez con sus amigos en Cartagena

La historia de un poeta ficticio creado por García Márquez, Héctor Rojas Herazo y Gustavo Ibarra Merlano.

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Foto archivo Gabriel García Márquez, Harry Ransom Center
Redacción Centro Gabo

A mediados de 1948 Gabriel García Márquez, Héctor Rojas Herazo y Gustavo Ibarra Merlano se inventaron en Cartagena a un poeta imaginario: César Guerra Valdés. Los tres escritores colombianos colaboraban entonces con el recién fundado periódico El Universal. García Márquez y Rojas Herazo incluso compartían la misma sección editorial en donde publicaban pequeñas notas que solían alejarse de la política para inclinarse hacia la poesía y la provocación cultural.

La invención de César Guerra Valdés fue una de estas provocaciones. Según cuenta Gabo en sus memorias, Vivir para contarla, la idea se le ocurrió a Rojas Herazo para enriquecer las polémicas del aletargado ambiente artístico local. Los demás le siguieron la corriente bajo la complacencia de Clemente Manuel Zabala, el jefe de redacción. Guerra Valdés fue, en el pensamiento de sus progenitores, un nicaragüense muy orgulloso de ser latinoamericano que había de revolucionar la poesía del continente. Jorge García Usta, en su libro García Márquez en Cartagena: sus inicios literarios, lo define como una mezcla entre Pablo Neruda y Porfirio Barba Jacob.

La primera muestra de esta seria tomadura de pelo se dio el 29 de junio de 1948, cuando El Universal publicó una nota titulada  “Guerra Valdés, crítico y polemista”. En ella se anunciaba la presencia del poeta en la ciudad y se prometía una entrevista con él. Además, se subrayaron sus intereses poéticos:

 

Con una agudeza crítica, pocas veces contemplada en nuestros medios tropicales, Guerra Valdés se adentra en ese espeso territorio de los valores continentales. Tiene, para darles a sus palabras, la magia de su interés, una dialéctica cruda… Es una crítica mordiente, buida, destructiva. Pero, en el fondo, arrebatadoramente veraz.

     (…)

     La presencia del famoso intelectual nicaragüense –que ha sufrido varias veces el destierro por la dignidad y la nobleza de sus ideas– es un verdadero acontecimiento en nuestro medio. Mucho más provechoso para nuestras juventudes si tenemos en cuenta el valor con que expone, en la mesa de operaciones de la crítica, las vísceras fosfas.

 

Ese mismo día, en su espacio “Punto y Aparte”, García Márquez publicó una nota describiendo la llegada de César Guerra Valdés a la redacción de El Universal. Allí sentó las bases estéticas de este poeta inventado:

 

Alto, estilizado y lejano, César Guerra Valdés llegó a nuestra redacción. Parece increíble que este hombre suave, de tranquilas maneras mundanas, sea uno de los más grandes revolucionarios estéticos de que hoy pueda ufanarse la inmensa familia americana. Ya habíamos sufrido, en época no lejana, la ardiente temperatura de sus libros. Ya habíamos sido conducidos, por su mano iluminada, a través del laberinto sibilino de sus poemas en que el hombre de América respira con un pulso nuevo, y mira, con pupila estremecida, el auténtico panorama de su destino.

     Pero teníamos, tal vez por una engañosa coquetería imaginativa, otra idea de este hombre. Nos lo imaginábamos potente y arbóreo. Lo creíamos dueño de una voz recia y administrando ademanes opulentos y definitivos. Pero, por un admirable contrasentido, éste, con su presencia física, es una viva lección de la fuerza y perennidad de las ideas. Y de lo innecesario, por temporales, de las cosas formales. Toda América, con la herencia de sus grandes líricos, con la profética desesperación de sus sociólogos, con el pródigo gesto de su mano, cargada de ríos, de razas y costumbres, se enciende —con la fuerza de una tea hecha con todas las claridades detenidas— apenas se deja hipotecar, en la conversación avasallante, por el tema de nuestro hemisferio.

     Guerra Valdés es un gran poeta y un gran sociólogo, que es la más noble manera de ser el legislador de un continente. Trae, en su maleta de viajero, cinco libros fundamentales. Y en su voz el metal con que fundir armas dialécticas para la nueva lucha. Cree en nuestro hombre autóctono pero le niega toda la bisutería con que falsos apóstoles han querido rematarlo en el baratillo folklórico. Cree en los grandes muertos de nuestra democracia. Pero no entendidos como un monótono cambalache de héroes. Y cree, por último, que hemos llegado a un límite sagrado en que es preciso crear nuevas formas de lucha para ser acreedores a nuevas formas de victoria.

     En un ambiente como el nuestro, donde su figura ha pasado inadvertida, nosotros nos empinamos para saludar, en él, a esa nueva arcilla del barro hemisferial que tan profundos y definitivos cauces empieza a trazarle, en los hitos definitivos, a la especie humana.

 

Tres días después, el 1 de julio, Rojas Herazo publicó en su espacio “Telón de fondo” un elogio a la poesía de Guerra Valdés. Reconoció especialmente un supuesto poemario del nicaragüense titulado Un jinete y el infinito. En el texto se anticipó un verso que él mismo escribiría para su poemario Tránsito de Caín en 1953 (“¡Ay quién tuviera puños como dos universos / para golpear el pecho de Dios / y hacerle brotar respuestas como ángeles!”):

 

En el año de 1940 publicó, en México, César Guerra Valdés su primer libro de poemas titulado Un jinete y el infinito. Se trataba de un libro prieto de poesía, espeso de conceptos, traspasado de clara sabiduría como un apólogo.

     La crítica continental –hastiada por el desconcierto de los “ismos”– saludó, en este libro, una auténtica alborada de la poesía, afanosa de retornar a sus cauces de serenidad inmutable. Y no era para menos. En Un jinete y el infinito, como en un ángulo luminoso, se habían dado cita la vieja herencia clásica y el espanto del hombre contemporáneo frente a las más ardientes incógnitas de su destino. Las grandes voces de América –Loughston Huges, Neruda, Huidobro, Pablo de Rodka (sic)– dejaron escuchar sus metales asombrados para cantar la epifanía de Un jinete y el infinito.

     Nosotros, instados por los mayores de la tribu lírica de nuestro continente, nos hemos asomado, también, al brocal de esta voz. Y hemos visto, en su fondo, la arcilla, traspasada de relámpagos, de César Guerra Valdés. Le hemos visto las vísceras, como las de un nuevo Prometeo, destrozadas por el buitre de las preguntas esenciales. Le hemos visto los puños poderosos golpeando, como ciego gigante iluminado, el pecho de Dios para hacerle brotar respuestas como ángeles.

     César Guerra Valdés es, hoy día, a su retorno del gran viaje por la pasión, el pulso y la desesperación del hombre de América, una de las grandes voces de la raza.

     Es un hombre que ha sabido aplicar, con brava serenidad, sus oídos al vientre cósmico del hemisferio. Y ha escuchado su potente respiración, el ritmo de sus muertos, el hirviente diapasón de su geografía. Sabe que América, esta cosa inmensa sobre la cual empieza el hombre nuevo a perfilar el futuro de la especie humana, es, todavía, un monstruo hermosamente dormido sobre el lecho universal del océano.

     Hasta ahora empieza a despertar el mundo nuevo. Como todo coloso lo está haciendo por partes. Ayudarlo a ponerse totalmente de pie, sereno, magistral e imponente, es la labor de los grandes líricos que, como César Guerra Valdés, están preparando la huella de sus pasos y el evangelio de su destino.

 

También el 1 de julio se publicó una entrevista ficticia con el poeta. Esta vez, el encargado fue Gustavo Ibarra Merlano, un amante de la literatura clásica que Gabo recordó en sus memorias como la persona que lo introdujo a las obras completas de Sófocles, especialmente a Edipo rey. La entrevista se tituló “Un diálogo con Guerra Valdés: ‘Dante nos coloca su doncella en el cielo y Carranza la deja en la ventana’ dice el maestro”. Ibarra Merlano hizo que el poeta conversara en torno a la muerte, las metáforas y la mitología. Sobre la vida en el continente americano, por ejemplo, Guerra Valdés dijo: “Amarga es la vida del hombre americano, me han dicho muchas veces. Si mira atrás, estatua de sal. Si mira hacia dentro, Narciso. Y si mira hacia delante, saeta y hacia arriba, paloma”.

La farsa se completó al día siguiente, el 2 de julio, cuando el periódico publicó dos poemas de Guerra Valdés escritos por la mano traviesa de Rojas Herazo: “Invocación vital para mi hermano el hombre” e “Invitación al hombre universal”. Citamos algunos fragmentos:

 

Invocación vital para mi hermano el hombre

 

¿Por qué tomaron tu mano, hermano mío,

y la llenaron de monedas falsas?

¿Por qué rasgaron tu cuerpo

y vendieron tus huesos en la feria

como inútil juguete?

 

Hermano:

he aquí que tienes el día

y la siembra

y el vuelo de todos los pájaros del bosque.

He aquí que eres el dueño

de los ojos de todas las mujeres

que cruzan lentamente

dejando un perfume para que le purifiquen la memoria.

 

***

Invitación al hombre universal

 

Mira qué gesto de dar

que tiene América.

 

Mira sus claras maderas,

sus ríos al mar,

sus largos senderos,

cargados de bestias y de frutos.

Todo esto es América

y todo esto soy yo mismo.

Cualquier montaña me sirve de ventana

para llamar a los hombres

y señalar a las estrellas

por la luz de sus nombres.

 

Al final, César Guerra Valdés fue el resultado de las inquietudes culturales y la camaradería entre estos tres amigos cuyas obras –sobre todo las de García Márquez y Rojas Herazo– tendrían un impacto significativo en el rumbo literario de Colombia.

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