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Así escribía Gabriel García Márquez con 21 años

Un recorrido por los primeros textos de Gabriel García Márquez.

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Redacción Centro Gabo

El 21 de mayo de 1948, casi tres meses después de haber cumplido los veintiún años, Gabriel García Márquez publicó la primera nota periodística de su prolífica carrera en los medios de comunicación. Lo hizo en el periódico El Universal de Cartagena, fundado el 8 de marzo de aquel mismo año. García Márquez era entonces un estudiante de Derecho apasionado por la literatura que ya había publicado tres cuentos en El Espectador: “La tercera resignación”, “Eva está dentro de su gato” y “Tubal-Caín forja una estrella”.

El joven escritor había llegado a Cartagena para continuar su carrera de leyes interrumpida en Bogotá debido a la oleada de violencia desatada por el asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán. Según relata en sus memorias, Vivir para contarla, fue el escritor Manuel Zapata Olivella quien una tarde del 18 o 19 de mayo lo llevó a rastras a la sede de El Universal para conversar con Clemente Manuel Zabala, el editor, y conseguirle un lugar en la sala de redacción: “Manuel le dijo que yo podría serle útil en el periódico con el tiempo libre de la universidad. Zabala dijo que él había pensado lo mismo cuando Manuel le pidió la cita para mí. Al doctor López Escauriaza, el director, me presentó como el colaborador posible del que le había hablado la noche anterior”.

Así empezó la trayectoria como periodista de García Márquez. Por cada artículo que escribía le pagaban 32 centavos, apenas lo suficiente para sobrevivir. El nombre del espacio diario que le habían asignado en la sección editorial fue “Punto y aparte”; allí Gabo publicó varias notas sin título específico en las que se juntaban el periodismo y la poesía, la crónica de lo cotidiano y los desafueros geniales de la imaginación.

En el Centro Gabo hemos seleccionado algunos de estos textos pertenecientes a la primera etapa narrativa del escritor colombiano. Los compartimos contigo:

 

Poesía contra el toque de queda

 

El primer artículo de García Márquez publicado en El Universal. Una parte se imprimió en la página 4 del periódico y otra en la página 7. Tiene como punto de partida el toque de queda impuesto por las autoridades colombianas en todo el país a raíz de la violencia que ocasionó el homicidio de Jorge Eliécer Gaitán. Allí también se menciona por primera vez al pirata Francis Drake, un personaje recurrente en la futura prosa del escritor.

 

     Los habitantes de la ciudad nos habíamos acostumbrado a la garganta metálica que anunciaba el toque de queda. El reloj de la Boca del Puente, empinado otra vez sobre la ciudad, con su limpia, con su blanqueada convalecencia, había perdido su categoría de cosa familiar, su irremplazable sitio de animal doméstico. En las últimas noches ya no iban nuestras miradas a preguntarle por el regreso enamorado de aquella voz que nos quedó sonando en el oído como un pájaro eterno; o por el rincón temporal donde cortamos el hilo tenso de la aventura, sino que tratábamos de impedir, de detener con un gesto último y desesperado aquella marcha lenta, angustiosa, que iba precipitando las horas contra una frontera conocida que era, a su vez, la orilla tremenda donde se doblaba nuestra libertad. Diariamente, a las doce, oíamos allá afuera la clarinada cortante que se adelantaba al nuevo día como otro gallo grande, equivocado y absurdo, que había perdido la noción de su tiempo. Caía entonces sobre la ciudad amurallada un silencio grande, pesado, inexpresivo. Un largo silencio duro, concreto, que se iba metiendo en cada vértebra, en cada hueso del organismo humano, consumiendo sus células vitales, socavando su levantada anatomía. Hubiera sido aquel buen silencio elemental de las cosas menores, descomplicado; ese silencio natural y espontáneo, cargado de secretos que se pasea por los balcones anónimos. Pero éste era diferente. Parecido en algo a ese silencio hondo, imperturbable, que antecede a las grandes catástrofes. Hundidos en él sólo oíamos el ruido rebelde, impotente, de nuestra respiración, como si allí afuera en la bahía, estuviera aún Francis Drake, con sus naves de abordaje.

     La madrugada -en su sentido poético- es una hora casi legendaria para nuestra generación. Habíamos oído hablar a nuestras abuelas que nos decían no sé qué cosas fantásticas de aquel olvidado pedazo del tiempo. Seis horas construidas con una arquitectura distinta, talladas en la misma substancia de los cuentos. Se nos hablaba del caliente vaho de los geranios, encendidos bajo un balcón por donde se trepaba el amor hasta el sueño de los muchachos. Nos dijeron que antes, cuando la madrugada era verdad, se escuchaba en el patio el rumor que dejaba el azúcar cuando subía a las naranjas. Y el grillo, el grillo exacto, invariable, que desafinaba sus violines para que cupiera en su aire la rosa musical de la serenata.

     (…)

     Desde ayer, afortunadamente, no oímos el toque de queda. Ha sido suspendido precisamente cuando se había incorporado a las costumbres de la ciudad. Muchos sentían nostalgia por esa destemplada y obligante serenata. Otros volverán -¿vol­veremos?- a las visitas, recuperaremos nuestra agradable disciplina para esperar la madrugada olorosa a bosque, a tierra humedecida, que vendrá como una nueva Bella-Durmiente deportiva y moderna. 0 tal vez, seguros de que ya nada nos im­pedirá trasnochar, nos iremos a dormir mansamente -extraños animales contradictorios- antes de que los relojes doblen la esquina de la medianoche.

 

El acordeón, un animal triste

 

La historia del acordeón: desde sus orígenes inciertos hasta su implementación popular en el valle del Magdalena, en el Caribe colombiano. La nota fue publicada el 22 de mayo de 1948. En ella Gabo introduce un tema determinante para la concepción estética de su universo literario: el vallenato. Un par de décadas después, el escritor dirá que Cien años de soledad, una de sus novelas insignes, “no es más que un vallenato de 450 páginas”.

 

     No sé qué tiene el acordeón de comunicativo que cuando lo oímos se nos arruga el sentimiento. Perdone usted, señor lector, este principio de greguería. No me era posible comenzar en otra forma una nota que podría llevar el manoseado título de «Vida y pasión de un instrumento musical». Yo, personalmente, le haría levantar una estatua a ese fuelle nostálgico, amargamente humano, que tiene tanto de animal triste. Nada sé en concreto acerca de su origen, de su larga trayectoria bohemia, de su irrevocable vocación de vagabundo. Probablemente haya quien intente remontarse por el árbol inútil de una complicada genealogía musical hasta encontrar en no sé qué ignorado sitio de la historia al primer hombre que se despertó una mañana con la necesidad inminente de inventar el acordeón. A nosotros, señor lector, nada de eso nos interesa. Debemos conformarnos con creer que -como todos los vagabundos decentes- este instrumento se presentó ante nuestros ojos sorprendidos sin partida de nacimiento y sin certificado de conducta. Tuvo -esto sí es indudable- una adolescencia disipada, oscura, rayada de amaneceres turbulentos. Sus mejores años discurrieron en el rincón anónimo, subido de vapores, de una taberna alemana. Allí, mientras la cerveza se trepaba por la sangre de los hombres, buscando la cima de la reyerta, él aprendió a decir su musiquita nostálgica, intrascendente, al oído de las mujeres derrumbadas. Él hizo de lino crudo, de cáñamo indómito, el sueño de la hembra a quien le ardía el hipo en el corazón y tenía, sin embargo, la dolorosa certidumbre de que nunca bajaría hasta su cintura.

     Así, con esa implacable lección de humanidad, siguió meciendo la fiebre de los suburbios, desdoblando su vientre en todos los puertos como cualquier marinero irremediable. El vals francés pasó por sus pulmones diciendo esa carga de tristeza, esa irreparable melancolía que tumbaba luceros en los ojos de las Mignon y las Margot.

     El acordeón ha sido siempre, como la gaita nuestra, un instrumento proletario. Los argentinos quisieron darle categoría de salón, y él, trasnochador empedernido, se cambió el nombre y dejó a los hijos bastardos. El frac no le quedaba bien a su dignidad de vagabundo convencido. Y es así. El acordeón legítimo, verdadero, es este que ha tomado carta de nacionalidad entre nosotros, en el valle del Magdalena. Se ha incorporado a los elementos del folklore nacional al lado de las gaitas, de los «millos», y de las tamboras costeñas. Al lado de los tiples de Boyacá, Tolima, Antioquía. Aquí lo vemos en manos de los juglares que van de ribera en ribera llevando su caliente mensaje de poesía. Aquí está con su vieja vestimenta de mari­nero sin norte. Como sé que no le faltan enemigos, he querido escribir esta nota que tiene principio y tendrá final de greguería.

     Oiga usted el acordeón, lector amigo, y verá con qué dolorida nostalgia se le arruga el sentimiento.

 

El helicóptero: un colibrí entre las máquinas

 

Una reflexión lírica sobre el helicóptero y la poesía del vuelo. Fue publicada el 26 de mayo de 1948. Además de sus acostumbradas greguerías, el autor incluye una referencia a Las mil y una noches, especialmente a las alfombras mágicas que años más tarde tendrán una aparición estelar en Cien años de soledad junto a los gitanos que llegan a Macondo.

 

     Yo podría decir: ya vienen los helicópteros. Decir que a nuestro paisaje le está haciendo falta su presencia de pájaro fantástico, legendario. Que los niños campesinos sentirán el rumor de su vecindad por el hilo de las cometas. Que lo verán venir, absortos, abanicando el cielo de los árboles, a posarse sobre la tierra recién arada, a la orilla del agua, como un barco descendido.

     Recordaría Las mil y una noches. Diría el hechizo de las alfombras mágicas que con sólo oír una voz se llevaban al hombre por encima de los camellos y las montañas. Anotaría que el viajero iba glorioso, bello y transfigurado, por entre las espadas del aire, respirando un olor de lejanía, mientras soltaba su canción luminosa y ancha como un alfanje.

     Podría hablar de la aventura del vuelo. Decir que su embriaguez es la revelación de nuestra escondida bondad. Que cuando sentimos el avión suspendido sobre los hombros del aire, descubrimos inesperadamente que aún nos queda la capacidad de angelizarnos. Recordaría entonces las cosas que hemos visto otras veces desde nuestra elevada estatura arcangélica. Hablar de aquella aldea anónima pastoril, que pasó una vez a la orilla de nuestro viaje. Diría que el vientre de la aldea estaba curvado. Lleno de una gravidez frutal, de un silencio que se parecía en algo al de una madre dormida. Que más allá, desenvuelto, estaba el río indispensable. Y que venía mansamente, habitado de racimos y de niños, como si no corriera el paisaje sino por la memoria de la aldea.

     Podría recordar ahora, como aquella vez, lo mucho de falsa, de artificial, que había en esa beatitud. Decir que hay un doloroso desequilibrio entre la velocidad de la máquina y la tranquilidad del espíritu. Que el trepidar de los motores, el ansia de la ruta que se va prolongando hacia el atrás como una sed insaciable, no puede proporcionarnos aquella blancura, aquella limpieza del alma.

     Podría, ahora sí, volver al helicóptero. Decir que él tiene sobre el avión no sólo las ventajas de que puede anclar a la ribera de un árbol, descender hasta la espalda de la yerba, quedarse suspendido del aire, pensativamente; sino que tiene -y ésta es la principal- la ventaja de lograr la serenidad. Me acordaría de los pájaros y diría que lo poético, lo musical del helicóptero, es lo poco que tiene de máquina y lo mucho que tiene de colibrí.

     Yo podría decir todas estas cosas y mucho más, y quedar al final con la desolada certidumbre de no haber dicho nada.

 

Un paseo contra la muerte

 

Una invitación a recorrer el mundo antes de que la muerte entre en escena. En esta nota publicada el 3 de junio de 1948, García Márquez hace un recorrido por el globo a través de su prosa. Egipto, América, Australia, las islas del Pacífico y Siberia son algunos de los lugares de este tour donde el medio de transporte es la poesía.

 

     Vámonos a pasear, amiga mía, por esa dormida tierra de los mapas. Vámonos hacia Egipto por la amorosa ruta de tus dedos, a contemplar el sol cuando decline por detrás de los dromedarios. Pongamos el oído sobre el curvado pecho de los polos para escuchar el pulso de la tierra empujando los ríos hacia la muerte. Pongamos las espaldas desnudas sobre la piel del nuevo continente, donde el hombre de América golpea con sus puños de cansado metal su dolor de no saber quién es, ni hacia dónde lo llevará su nocturno cataclismo.

     Mirar este mapa, amiga, es una manera de viajar. Es una forma de irnos olvidando paulatinamente de nuestra conciencia. De librarnos de esta sustancia mortal, y empezar a ser un poco menos nosotros mismos y un poco más universales. Nuestras innumerables pequeñeces van cayendo, como hojas de un árbol inmemorial, en el fondo de nuestras almas traspasadas por un río donde navegan todas las claridades del universo.

     Desde este ángulo nos confundimos con las grandes criaturas, pero aprendemos a conocer la belleza a través de las cosas humildes. Sabemos entonces que en el canto de un pájaro puede caber la voz de todas las aguas musicales. Que el mar es más hondo y más inalcanzable su dominio cuando habita los caracoles. Y que la muerte de una luciérnaga puede hacer regresar la luz al principio del mundo.

     Viajando así, inmóviles, saldrá Australia a mostrarnos su álbum de detenidas zoologías. A tu izquierda veremos las islas del Pacífico que oyen llegar la civilización montada en el anca de sus tortugas.

     Vamos, amiga mía, por los parados ríos del Asia a calmar esta sed de cuatro siglos con el sudor de todos los caballos. Pondremos las manos sobre el color de la península ibérica para sentir dentro de la sangre el nacimiento de tus palabras. Y despertaremos a Siberia de su insondable sueño perturbado apenas por milenarias tempestades geológicas.

     Vámonos a pasear, callada amiga, antes de que la muerte venga a torcer el rumbo de nuestros huesos.

 

El sueño a la sombra de las bayonetas

 

Se trata de una de las primeras reflexiones de Gabo sobre la paz en un país marcado por la violencia. Fue publicada el 22 de junio de 1948, a tan solo setenta y cuatro días de distancia del baño de sangre ocurrido durante el “Bogotazo”.

 

     Estamos de acuerdo, amigo y compañero. Nosotros, los hombres de esta generación, que hoy asoma a la ribera de la mayor edad, no conocíamos la hechura de la violencia. Nacimos en una época en que la gente desmontaba la sombra para clasificar los bueyes del arado. A nuestra espalda, como una lejana flora extinguida, desaparecían las fogatas de la guerra civil. Sabíamos que la paz era verdad porque ocupaba todos los volúmenes que llenaban de color nuestros sentidos. Sabíamos que ello estaba allí, en el crujir de las carretas que se traían el campo fruta por fruta. En la estatura del molino que se movía empujado por un poderoso viento sin cadenas. En la fuerza del minero que taladraba el vientre de la montaña para encontrar el sitio inmemorial donde se durmieron los luceros. Estaba en la nuca de la novia, en la saciedad del obrero, en la carta del soldado, en la música de las turbinas, en la proa de los barcos, en la esclavitud del pan y en la libertad de los caballos.

     Dice usted, amigo mío, que nuestro sueño tejía una madeja de mansedumbre que romperá el grito de nuestros hijos cuando se asomen al abismo de las pesadillas. Tal vez tenga usted razón. Este mundo que nos entregan nuestros mayores tiene un olor de barricada. La ventana donde nuestra infancia esperó el regreso de la lluvia tiene la dimensión de una trinchera. Nadie podrá obligarnos a que seamos hombres de buena voluntad, ahora que en nuestros huesos han dejado prosperar el trigo de la muerte. En nuestro ámbito no cabe sino el fantasma del espanto, porque hemos aprendido de la experiencia que no es más serena la vida ni más tranquilo el sueño a la sombra de las bayonetas.

     «Una mala paz es todavía peor que la guerra.» No está de más que recordemos en esta hora las palabras de Tácito, aunque sí sobraría decir por qué debemos recordarlas.

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