Diseño de ilustración Fundación Gabo / Julio Villadiego
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5 textos de Gabriel García Márquez para leer durante el Carnaval de Barranquilla

Cinco breves artículos que el escritor colombiano escribió sobre el Carnaval de Barranquilla.

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Diseño de ilustración Fundación Gabo / Julio Villadiego
Redacción Centro Gabo

En 1961, cuando trabajaba para la agencia de noticias cubana Prensa Latina en Nueva York, Gabriel García Márquez editó y preparó el montaje de un documental sobre el Carnaval de Barranquilla. Fue un largometraje dirigido por Álvaro Cepeda Samudio en el que Germán Vargas estuvo a cargo de la narración y Enrique Scopell del trabajo fotográfico. La obra, titulada Un carnaval para toda la vida, sólo salió a la luz pública en 1986, cuando la Tita Cepeda la encontró entre los documentos revueltos de su marido (fallecido en 1972) y fue restaurada por la Compañía Cinematográfica del Caribe.

Aquel trabajo fue una de las tantas muestras del interés que demostró García Márquez por Barranquilla y su cultura. El carnaval, por supuesto, fue un tema recurrente en la obra periodística del autor colombiano, especialmente en la época en que trabajó como periodista en El Heraldo y El Espectador (1950-1955). García Márquez consideraba que era un evento en torno al cual giraba la vida de la ciudad. “Barranquilla festeja intensamente cinco días de Carnaval. Los otros trescientos sesenta son de trabajo intenso, que en el caso de la capital del Atlántico no son sino una manera de esperar intensamente el Carnaval”, escribió en una columna para El Heraldo.

Los carnavales de Macondo en la novela Cien años de soledad fueron enriquecidos, sin lugar a dudas, por el ambiente festivo del Carnaval de Barranquilla que Gabo pudo disfrutar en muchas ocasiones.

En el Centro Gabo hemos recopilado cinco artículos breves que García Márquez redactó sobre esta icónica fiesta barranquillera. En ellos desfilan disfraces monstruosos, criaturas fabulosas, danzas centenarias, reinas del disparate y muertos que resucitan. Los compartimos contigo:

 

1. En carnaval todo es posible

 

Se trata de una pequeña nota publicada en el diario El Espectador el 19 de febrero de 1955. En ella García Márquez comenta la naturaleza alucinada que rige al Carnaval de Barranquilla hasta convertirlo en un evento donde no es extraño el disparate. Como ejemplo de esto, el escritor colombiano cita los elefantes sobre los cuales desfilarán cuatro reinas de aquel año. “Todo es posible en el carnaval de Barranquilla”, es la frase insigne de este texto. Su autor la repite varias veces como una especie de mantra:

 

Sabe Dios de dónde han sacado las reinas del carnaval de Barranquilla esos cuatro elefantes sobre los cuales desfilarán por la ciudad. El carnaval de Barranquilla es algo tan asombroso, que para colmo de asombros han aparecido estos cuatro elefantes que crean un confuso problema a la zoología nacional, que es esencialmente una zoología sin elefantes.

     Sin embargo, es un hecho: las reinas del carnaval de Barranquilla andan sobre elefantes y los turistas tendrán que rectificar todas sus informaciones para saber dónde se encuentran en realidad. Porque seguramente con respecto a ellas mismas no lo saben ni siquiera las reinas, que habían visto elefantes en el cine, y ocasionalmente en los circos, y ahora andan sobre ellos, con esa naturalidad con que la gente de Barranquilla se introduce durante los carnavales hasta la misma entraña del disparate.

     Tarde o temprano se sabrá qué piensa la gente de estos insólitos elefantes, que acaso sean quién sabe qué clase de animales enormes disfrazados de elefantes. Acaso sean dinosaurios infantiles, a los cuales la gran mamá-dinosauria ha disfrazado de elefantes grandes, para que se les permita andar por la calle, con cuatro reinas encima, sin que nadie se de cuenta de que son animales prehistóricos. Todo es posible en el carnaval de Barranquilla.

     Hay que haber visto a Barranquilla en carnavales para saber que en resumidas cuentas lo extraño es que en los años anteriores la junta organizadora no hubiera sacado de un cubilete –como seguramente lo ha hecho este año– media docena de elefantes de carne y hueso. Muchos de los barranquilleros podrán ahora identificar sus visiones del miércoles de ceniza. Porque todo lo que es posible en carnaval, es todavía posible, por hábito de la alucinación, el miércoles de ceniza.  

    

2. El festival de la fealdad

 

Impresa por primera vez en las páginas del diario El Heraldo el 27 de febrero de 1952, “El festival de la fealdad” reflexiona sobre el carácter grotesco del carnaval. Por la senda de la fealdad, la locura y extravagancia –afirma García Márquez– transita el carnaval verdadero. La mejor muestra de ello son los disfraces. Gabo se interesa por un hombre disfrazado de marciano, un fortachón vestido de Trucutú (un cavernícola de una tira cómica), un naviero vestido de mujer, un gorila de algodón, un hombre vestido de reina sobre un asno y una mujer de voz masculina “que decía haber dado a luz un perico-ligero”.   

 

Hubo en esta ocasión una notable preferencia por los disfraces monstruosos, como si quienes participaron en esta fiesta lo hubieran hecho con el convencimiento de que no se trataba de un carnaval más o menos común y corriente, sino de una apoteosis de la fealdad. Las reinas en sus carrozas constituyeron el aspecto literario del carnaval. Fue esa una prolongación en el tiempo de los antiguos, fastuosos festivales del color y la línea, del equilibrio y la belleza. Pero por el otro lado andaba el carnaval verdadero; la extravagancia y la locura que en este despacioso año bisiesto parecen haber logrado extremos imprevistos de superación.

     Estaba el primero de todos: un hombre disfrazado de marciano, una terrible y extraordinaria criatura de pesadilla que durante estos días estuvo rondando por la ciudad y que por fortuna no lo estará en este fatigado miércoles de ceniza, para mayor tranquilidad y segura supervivencia de los enguayabados. Porque después de una fiesta como la que acaba de transcurrir, quienes a ella se entregaron con todas las posibilidades de su presupuesto y su entusiasmo deben de estar espiritual y físicamente preparados para todo –hasta para trabajar; ¡qué horror! –menos para encontrarse a la vuelta de una esquina con ese tenebroso engendro de cabeza descomunal y pequeños miembros adiposos, que si por una parte fue sin lugar a dudas el mejor disfraz individual, fue al mismo tiempo una sangrienta e injusta indirecta a esos inofensivos vecinos nuestros que son los marcianos.

     Había también un hombre disfrazado de algo, que podía estarlo de todo menos de lo que él confesaba haberse disfrazado. El hombre decía estar haciendo de Trucutú. Pero no era aquel simpático y decadente troglodita aburguesado de que hablábamos hace algunos días, sino algo tan extravagante y alucinado que parecía ser, en realidad, el viejo Trucutú, pero no de cualquier manera, sino disfrazado él mismo de sano prehistórico. Como hombre de la caverna que pretendía ser, era imposible identificarlo, mientras algún curioso –o al menos alguien que para el efecto se disfrazara de curioso– no se acercara a él, a solicitarle su ficha de identificación. Entonces el monstruo, levantando el hacha de piedra para dejar sentado al menos en aquel gesto un grave precedente de su ferocidad, lanzaba un horrible alarido selvático y decía: «Estoy disfrazado de Trucutú». Sólo en ese instante empezaba a ser idéntico a su modelo, en los bíceps desmedidos y en los enormes pies de paquidermo sonrosado.

     Y entre los robustos y nudosos navieros vestidos de mujer, estaba el espantoso gorila. Como todos los años, fabricado en el más grueso y bárbaro algodón, con sus miembros gigantescos y sus rugidos bestiales, el gorila fue esta vez otro de los grandes homenajes que el hombre rindió a la monstruosidad en este grotesco festival. Y allí, marcando un contraste, poniendo su punto y coma a la extravagancia estaba un adolescente negro, vestido de blanco impecable, limpio y recién aplanchado, entre una grotesca mujer de voz masculina que decía haber dado a luz a un perico-ligero y un hombre vestido de reina sobre un asno, impartiendo bendiciones y con el rostro cubierto con una máscara de doncella apocalíptica.

 

3. En el velorio de Joselito

 

La narración del velorio completo de “Joselito”, el emblemático personaje del Carnaval de Barranquilla que disfruta la parranda hasta la muerte y a cuyo funeral asisten las estrafalarias viudas y criaturas que habitan las comparsas disparatadas del carnaval. Fue publicada el 23 de febrero de 1950 en El Heraldo. García Márquez cuenta la borrachera desenfrenada de Joselito y la melodramática tristeza del toro y del tigre desde que encienden las velas hasta el amanecer, cuando aparece el gallinazo. Es un relato tan hilarante como literario en el que los enmascarados insomnes de la fiesta lloran a un Joselito que el escritor colombiano definió como un “candidato a la primera magistratura del disparate”.

 

A las cinco lo pusieron en cámara ardiente. Ardiente cámara de grito y aguardiente para ese Joselito estrafalario y disparatado que más que tres de vida desordenada tuvo tres días de agonía sin remedio. El toro y el tigre –a las cinco– conocieron la noticia y debieron pensar, simplemente, que Joselito se había disfrazado de muerto para bailar la danza de los cuatro cirios, puesto de través en cualquier mostrador de mala muerte. Sin embargo, cuando se confirmó la noticia y se dijo sin lugar a dudas que el desabrochado José estaba auténtica, definitiva y físicamente muerto, el tigre y el toro se vinieron trastabillando por los breñales de su propia borrachera, perseguidos por un dolor de cabeza sordo, mordiente, que era montaraz y primitivo por ser dolor en cabeza de tigre y de toro. Y, en efecto, Joselito estaba ahí, frío y sin sentido como lo estuvo durante sus tres días de tambaleo entre el júbilo y el fastidio. Sobre un mostrador, rodeado de copas vacías, estaba sobrellevando su muerte desarreglada, su apetecido y último reposo, como un domingo común y corriente que hubiera agonizado más de lo permitido y hubiera venido a morir en un fatigado amanecer de miércoles de ceniza.

     A las cinco encendieron las velas. Pero no fueron las cuatro velas cristianas, sino un montón de velas baratas, trasnochadas, con las cuales se bailó en torno al muerto la última cumbiamba de fastidio y cansancio, mientras los enterradores cavaban un hueco imitado, estrecho, donde cabría Joselito con su martes y las calaveradas, pero no cabría el guayabo de los sobrevivientes. El toro y el tigre, cuando clavaron el ataúd, echaron las máscaras adentro creyendo que el dolor era sólo de máscara, pero era –para desgracia del tigre y el toro– auténtico e irremediable dolor de cabeza humana. Las plañideras lloraron con voz ronca, masculina, junto al cuerpo tumbado de un Joselito merecidamente muerto, para quien el único disfraz soportable era ese irremediable y cómodo disfraz de madera con que habría de presentarse el miércoles a la gran fiesta del carnaval metafísico. Tal vez lo sabían las plañideras. Tal vez lo sabían los enmascarados que se fueron a cantar al velorio su pasodoble de insomnio, para que el toro saliera a embestir sus últimas verónicas de aburrimiento. Porque allí, junto al mostrador, estaban todos los incautos que tuvieron fe en la desenfrenada demagogia pirotécnica de Joselito. Los que creyeron en su oratoria populachera, los que admitieron su redentora política de candidato a la primera magistratura del disparate. Todos estaban allí, decepcionados, rogando en secreto que no estuviera completamente muerto para matarlo verdaderamente por segunda vez.

     Joselito murió como lo que era: como un farsante de lona y aserrín, que despilfarró todo un capital de desprestigio en tres días de desprestigios consecutivos. Su rosario póstumo fueron siete avemarías de maldiciones por cada padrenuestro de vituperio, mientras el cadáver, caminando ya hacia el paraíso de los desperdicios domésticos, iba dándose golpes de pecho en una última danza de contrición.

     Empezaba a amanecer cuando llegó el gallinazo. Ridículo y astroso, llegó olfateando el mostrados donde Joselito no acababa todavía de abrocharse su disfraz de fantasma venido a menos. En ese instante se apagaron las velas y los bailarines terminaron su prolongada cumbiamba funeraria. El toro y el tigre, abrazados en la santa confraternidad zoológica de una borrachera hermana, iniciaron del otro lado del mostrador los compases del himno en tiempo de bambuco melancólico. Mientras que Joselito, a salvo ya en la otra orilla de la semana, reía como el papagayo bisojo y medio cínico del verso, contando los incautos a quienes les «saldría» en ese castillo sin límites ni claridad que debió ser para ellos el miércoles de ceniza.      

 

4. «El Torito», danza madre del carnaval

 

En este artículo publicado en El Espectador el 28 de febrero de 1954, el escritor colombiano hace un recuento histórico sobre la danza de “El Torito” en el Carnaval de Barranquilla y su autoridad cívica en la ciudad a lo largo de las décadas. En el texto también se menciona la evolución del carnaval, su impacto en los barranquilleros y la naturaleza de otras danzas como “El Congo” y “El Gallinazo”.

 

Barranquilla festeja intensamente cinco días de Carnaval. Los otros trescientos sesenta son de trabajo intenso, que en el caso de la capital del Atlántico no son sino una manera de esperar intensamente el Carnaval. Mientras va a la fábrica, descarga un barco o cierra una transacción, el barranquillero por nacimiento, por aclimatación o por contagio está deseando secretamente en cualquier época del año que las cosas le salgan bien para tener un buen carnaval.

     Es una pasión que nació con la ciudad. Si hemos de aceptar que cada pueblo tiene la historia que merece, debemos convenir en que los pastores anónimos que encontraron en las Barrancas de San Nicolás un lugar propicio para sus reses y fundaron una ciudad sin proponérselo, se sintieron por primera vez arraigados a la nueva tierra e identificados con ella un domingo de Quincuagésima.

     Seguramente es más que una casualidad el hecho de que, en una ciudad fundada por ganaderos, la más antigua danza del carnaval sea la de «El Torito». En 1883, mientras el resto del país salía de una guerra civil para meterse en otra, un grupo de alegres barranquilleros que como los de ahora y los de siempre no tenían mucho que ver con la política, organizó la danza de «El Torito» con la misma seriedad y el mismo sentido institucional con que en cualquier otra parte se hubiera organizado un nuevo partido político.

     Épocas tuvo el carnaval en que la ineludible y casi patriótica obligación de disfrazarse era una peligrosa determinación, un desafío de quienes se caracterizaban de «Congos» a quienes preferían hacerlo de «Gallinazos». La verdadera historia de las guerras civiles de Barranquilla es la historia de sus carnavales, cuando dos comparsas rivales se encontraban a la vuelta de una esquina y se empeñaban en demostrar dramáticamente cuál de las dos era la dueña de la calle. El buen juicio de los barranquilleros, su sentido de la concordia y también seguramente el de fair-play, permitieron que con el tiempo los legítimos machetes de la danza de «El Congo» -que era la única danza oficialmente armada- fueran reemplazados por machetes de madera: listones disfrazados de machetes.

     Acaso sea en memoria de esa época beligerante que la ceremonia inaugural de los carnavales se llame «La batalla de flores».

     De aquella turbulenta edad de piedra, quedó reconocida la supremacía de la gran danza, la danza madre, la de «El Torito». Sólo puede formarse parte de ella por derecho heredado, de manera que sus componentes actuales son descendientes en línea directa de los fundadores.

     «El Torito» es una entidad cívica, con personería jurídica, papel timbrado y secretario perpetuo. Sus funciones no son ya exclusivamente las de prolongar con autoridad la tradición de las carnestolendas, sino todas las funciones privativas de las entidades cívicas, como lamentar en nota de estilo la muerte de un ciudadano prominente, o protestar -variando un poco el estilo de la nota- por la mala organización del tránsito urbano, si es ése el caso.

     La autoridad cívica de «El Torito» es la mejor demostración de que el carnaval de Barranquilla es una cosa perfectamente seria.

 

5. Palabras a una reina

 

Este fue el discurso que García Márquez pronunció en el acto de coronación de la reina del carnaval de Baranoa (un municipio del departamento del Atlántico que se encuentra a menos de 30 kilómetros de Barranquilla). Se publicó en El Heraldo un día después de ser pronunciado, el 18 de febrero de 1950. Para recibir a la reina en su nuevo reino, Gabo invoca la presencia de Erasmo de Rotterdam, Tales de Mileto, Esquilo, Sófocles, Noé y Dionisio. Quizá la más llamativa de estas invocaciones es la del dios Momo, que en el Carnaval de Barranquilla tiene a su rey, a quien el escritor colombiano considera “un dios ilimitado que devolvió al disparate y a la extravagancia sus derechos de primogenitura”.   

 

Nos hemos congregado –señora de la perfecta alegría– para hacerte entrega de nuestro más regocijado territorio espiritual. Aquí está, aguardando tu ademán imperativo, el vigilante soldado de surco, el que esta misma tarde amarró sus bueyes y viene a entregar las armas del arado en señal de sumisión a tu esbelta monarquía. Y está también el silencioso obrero del algodón, el que con sus manos expertas ha convertido la áspera fibra vegetal en esa nube de intimidad y ternura donde se hilan tus sueños. Y está el jinete arisco y romántico, el herró su montura con tus doradas iniciales y ha venido a esta fiesta con su animal de fiebre, con su bestia adiestrada en el musical ejercicio de repetir tu nombre con sus herraduras. Y está el hombre total, el hombre anónimo, esa terrible criatura de barro y de sueño que hoy obedece a tus designios. Todos estamos aquí –señora de la perfecta hermosura– esperando el instante en que tu gracia reconstruya, piedra sobre piedra, la apetecida torre del paraíso.

     Tu reino –señora de la perfecta simpatía– es el infatigable reino del cascabel y el delirio, el alucinado territorio del tambor y la gaita; la encendida comarca donde la guitarra templa sus bordones hasta convertir la canción en un menudo polvo de música; la embriagante zona de la caña exprimida en leche ardiente, en nocturno licor de fiebre y regocijo. Te estamos entregando –señora de la perfecta armonía– todos los sectores de tu dominio, después de un minucioso inventario donde no hubo cabida para el silencio, ni sitio para la amargura, ni lugar reservado a la desolación. Todo el contorno de tu reino está en paz con el ritmo, con el sabor a excesiva miel de la fiesta rotunda, con la alegría del hombre y el júbilo de la bestia. Así te coronamos, emperadora de las voluntades sin límite, monarca en el país ideal donde el hombre empieza a ser exactamente igual a sus deseos.

     Y a estos nombres llamamos por testigos de tu coronación –señora de la perfecta soberanía–. Llamamos al primero de todos, a Erasmo de Rotterdam, custodiado por el arcángel de la locura. A Tales de Mileto, inventor de la línea recta. A Esquilo y a Sófocles, que enseñaron a hablar a las máscaras. Al dios Pan y a su corte de sátiros, que enseñaron a cantar a los juncos. A Jubal y a David, bisabuelo y abuelo de las arpas. Al patriarca Noé, que exprimió a los racimos de su embriagante raíz de la locura. A Dionisos, que daba lecciones de danza a los moribundos. Al primitivo sin nombre que fabricó el primer tambor bajo la noche milenaria. A los monarcas babilónicos y a Ramsés, que dieron dignidad real a los disfraces, y a Esopo, que dio dignidad humana a los animales. Y finalmente, llamamos por testigos de tu coronación –señora del perfecto regocijo– a Momo, el dios ilimitado que devolvió al disparate y a la extravagancia sus derechos de primogenitura.

     Desciendan todos sobre el instante y den testimonio universal, para todos los siglos, de estas palabras últimas: “Esther primera, soberana del carnaval, señora del perfecto dominio”.

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