Cuento de Ramiro José Castilla con mención de honor en ¡Todos a escribir!

El cuerdo y el estorillao': paradojas de un lector

Esta historia alcanzó mención de honor por parte del jurado de ¡Todos a escribir! Historias en los tiempos de la cuarentena por su excelente uso de los recursos literarios y capacidad narrativa. 
 
Redacción Centro Gabo
04 de Agosto de 2020
Relato escrito por Ramiro José Castilla Niño, de 16 años, quien participó en ¡Todos a escribir! Historias en los tiempos de la cuarentena, actividad virtual de Centro Gabo y el Ministerio de Tecnologías de la Información y Comunicaciones (MinTIC). Con esta historia, el adolescente consiguió mención de honor del jurado en la categoría de 13 a 16 años
 
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“El beso empachado de ternura corta suavemente el aire pesado que su mirada deja, nuestros labios rozan el amor y la perdición mientras la conciencia se despega del cuerpo...”. 
 
Así comenzaría la narración del sueño inconcluso que tuve cuando el sopor de la mañana me despertaba. Como cosa rara se había ido la luz en el barrio. Me levanto de la cama empachada de sudor y palpo la realidad con un aire somnoliento, voy a lavarme los dientes y lejos escucho el radio de pilas viejas que esparce las últimas canciones que quedaron de los carnavales que no hace mucho habían pasado.
 
Me desnudo lento sin mirarme al espejo, entro a la bañera y para despertarme canto algún tema de Rubén Blades. Salgo de la ducha aún ensopado por el calor, me afeito la barba de tres días y en mi reflejo veo una cara que parecía enguayabada, así que terminé echándome agua fría y rumbo a mi cuarto a cambiarme.
 
La misma mochila vieja, pantalones desgastados, zapatos achacados y camisa lisa. Me coloco mis lentes, voy a la cocina por el café frío que la señora de la pensión deja para el que quiera y me aproximo a la puerta... 
 
- ¡Óyeme! ¿Tú para dónde vas, muchacho? 
 
Me dijo la señora Aleida 
 
- Para dónde la brisa me lleve, primero me mata la locura que ese tal virus. 
 
Cuando salí de mi casa todo se sentía diferente, no había señores en sus terrazas hablando de sus hazañas en Corea o niños que se escapaban de la escuela a tirar chequita y jugar yoyo. El barrio se había quedado sin alma y se estaba robando la mía. Así que apresuré el paso para llegar a la librería de la vieja Montes, la única cuerda en esta ciudad de locos.
 
Lo curioso es que la cuerda era la que más loca parecía, llena de tatuajes, con una tabla periódica al lado resolviendo los miles de problemas que según ella un tal Melquiades le había regalado un día. Cuando entré, paró su oficio por un momento, se levantó y me miró a la cara con decepción. 
 
Preocupada me dijo en su tono de sermón: 
 
- No esperaba verte por aquí en estos días, coge tu encargo y lárgate, no quiero saber que estabas por las calles. La locura se te puede pegar. 
 
No creía que eso fuera posible, la locura no se pega, esa vaina le pasa a los viejos que se van a las marchas rojas y vuelven chapetos de tanto ron cubano y cuento guerrillero de por allá. 
 
Salí de la tienda con mis libros en la mano, caminé rápido a la casa y me metí en el cuarto, me tomé un remedio casero para el guayabo que Doña Ale me había preparado antes de salir y me eché a dormir toda la tarde. 
 
Cuando desperté vi los libros y la ventana abiertos, la brisa chiflaba con rabia y a lo lejos se sentían golpes de manduco en la puerta. La oscuridad comenzaba a rodear mis ojos y solo podía ver sombras riendo a mi alrededor. “Encierro, encierro” decía una niña que me halaba por la manga de mi suéter. 
 
... 
 
Siento que el cuarto se llena de agua, un remolino me succiona por el vacío para intentar ahogarme. Acto seguido me siento cayendo por un agujero sin final, mis gritos desenfrenados se perdían en el espacio. Caigo en algún lugar.
 
...
 
A veces suena el teléfono mientras duermo, pero cuando me levanto veo que en realidad no hay nadie en mi habitación. A veces alguien me saluda por la ventana o se sienta a mi lado para abrazarme. Siempre parece que hay una compañía, pero nunca la veo. 
 
La primera vez que pude ver una figura fue a Melquiades, con la barba hasta el pecho y hablándome al oído. Parecía el demonio que antes había pasado por mi pieza susurrándome cosas que no podía comprender. Cuando se fue por la ventana dejó una mochila llena de libros de toda clase, tomé algunos de medicina y alquimia. En ellos explicaba la historia de las pestes en el tiempo, primero la peste de la ignorancia. Años más tarde la de la revolución, seguida por la que me pareció más cruel, la de la violencia. Para así seguir y seguir hasta llegar al momento en el que creía encontrarme: “la peste de la locura”. Mis manos no paraban de temblar y mi cuerpo se convertía lentamente en un esqueleto con piel, mis ojos salían de sus cuencas y mis dientes se pudrían para generar un sabor a panela. No sabía que me estaba pasando, no podía llorar, porque los demonios que me arrojaban cosas cada vez se reían más fuerte, era escalofriante estar en ese lugar, si es que eso lo era. 
 
Cuando leí esa frase no pude contenerme, tiré el libro a una esquina en la que me pareció ver que alguien lo recogió con una carcajada, solo veía su rostro de mal humor, sus tatuajes en la cara y sus ojos despepitados de ira. De un momento a otro desapareció y en segundos estaba tras mi nuca reprochándome con un susurro lleno de odio: “Te lo dije muchacho, te ibas a contagiar de locura”. 
 
Era Montes. Más sabia que nunca me entregó un libro, ya sin permitirme verla. La historia de un pueblo de la Ciénaga que siempre me contaba mi abuela, de pronto la locura no era tan difícil, hasta que me sentí como cuando me golpeé la cabeza en mi cuarto, las bisagras sonaban y la niña me halaba aún más fuerte. Todo giraba, mi cuerpo se componía, gritaba de miedo al no saber a qué fase de la locura iba a pasar, cuando me encontré en mi cuarto, sudado y con la almohada inundada de lágrimas, mis libros en las piernas y completamente desnudo. Esa noche descubrí que la lectura no es más que la causa y remedio de la locura, alimentada por el encierro.

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