SEXTANTE

Tres apuntes del natural para un retrato de Melquíades

El origen de Melquíades a través de tres personajes de la vida real que influyeron en Gabriel García Márquez.
JV Fernández de la Gala

Hay en la narrativa de García Márquez tres modos diferentes de levantar la carpintería de un personaje de ficción. Algunos son perfiles enteramente ficticios, inventados ad hoc para servir a las necesidades argumentales y son casi siempre olvidados después en la tramoya literaria, una vez que cumplieron su tarea. Hay otros que, siendo también ficticios, guardan en su almendra un personaje real, generalmente extraído del propio entorno biográfico del escritor. El efecto de credibilidad y de verismo que se logra con estos perfiles es considerablemente mayor, pues existe debajo una estructura real y conocida para el escritor, que será siempre más fácil de describir con trazos definitivos, tanto en sus aspectos físicos como psicológicos. Tal podría ser el caso, por ejemplo, del coronel que aparece en La hojarasca (1955), que es una transposición muy exacta de su abuelo, el coronel Nicolás Márquez.

Pero existe un tercer modo de construcción que es el que, a mi juicio, ha brindado los mejores y más inolvidables frutos. Se trata de levantar un personaje de ficción reuniendo elementos de varios personajes reales. De este modo, cada figura resulta ser una amalgama muy bien trabada de rostros, gestos y palabras de procedencia diversa: son, por así decirlo, «personajes–quimera». Ya conocen a la temible Quimera de la mitología griega, un monstruo híbrido con vientre de cabra, cabeza de león y cola de serpiente, es decir, un animal fabuloso compuesto por una combinación de animales reales. Por eso me pareció que el término “quimerismo”, que tomo por un momento prestado de la Genética, sería igualmente útil en la exégesis literaria para designar este recurso.

Las ventajas de estas construcciones quiméricas son múltiples. En primer lugar, se asegura el verismo de modo aún más eficaz que con la técnica unipersonal, pues se elude más fácilmente la simpleza de los estereotipos. En segundo lugar, la posibilidad de enriquecer la descripción con pintoresquismos múltiples y el argumento con anécdotas de varias procedencias multiplica las oportunidades narrativas. Por último, el rastro y el rostro de los referentes reales que sirvieron para sostener la carpintería del personaje aparecen lo suficientemente velados como para que las costuras del proceso creativo pasen desapercibidas al lector. Solo un conocimiento minucioso ─y casi neurótico─ de la biografía del escritor, permitiría desentrañarlas todas. Personajes como el doctor Juvenal Urbino, Aureliano Buendía, Florentino Ariza, el médico francés de Macondo, Jeremiah de Saint-Amour o el gitano Melquíades forman parte de la cosecha más granada de este quimerismo literario al que me refiero.

Respecto a Melquíades, se ha convertido en uno de los personajes más emblemáticos de Macondo. “Un gitano corpulento de barba montaraz y manos de gorrión” que cada mes de marzo acude a Macondo, vistiendo su eterno chaleco, que es parte de sí mismo, y cargado de prodigios y novedades científicas como el imán, la dentadura postiza o el arte del daguerrotipo. Fue él quien, con la desaprobación manifiesta de Úrsula, introdujo a José Arcadio Buendía en los secretos obsesivos de la alquimia. Mientras tanto, su mujer se ocupaba de hacer funcionar el mundo a su alrededor, de atender a los niños y de asegurar la comida en el plato. El paralelismo con el encierro de propio Gabo, durante los dieciocho meses que duró la escritura obsesiva de Cien años de soledad, frente a la generosidad diligente de Mercedes Barcha, no necesitan ninguna aclaración. Melquíades estaba dotado, además, de habilidades proféticas y se había dedicado a escribir en sánscrito la historia en clave de la familia Buendía, un relato cíclico, al estilo de los antiguos mitos y que resultará ser la propia novela que el lector sostiene ahora en sus manos. Parece, pues, que Melquíades sea Gabo, aunque con barba y chaleco de cíngaro, un Gabo empeñado en escribir en clave macondiana su propia historia personal y familiar, encerrado en “la cueva de la mafia”, como llamaban sus hijos al antro de hermética soledad en el que vivió recluido por entonces.

¿Pero, además del propio Gabo, se conoce qué otros personajes reales sostienen el armazón ficticio del gitano Melquíades? Al menos tres han podido ser rastreados hasta la fecha. El primero de ellos es el empresario calabrés Antonio Daconte Fama, que llevó a Aracataca prodigios como el cine mudo, los gramófonos, el hielo, los primeros aparatos de radio o los salones de billar. Daconte (originalmente Da Conte) había nacido en 1875 en la localidad de Scalea (Cosenza), justo en el empeine de la hermosa bota de Italia. Llegó a Aracataca en 1886 e hizo fortuna en los inicios de la época bananera gracias a El Vesubio, un local comercial de comestibles y productos farmacéuticos que él supo ir diversificando con novedades de importación y refinamientos de ciudad. El éxito fue tal, que Don Antonio Daconte acabó como propietario de extensas fincas de cría de ganado y de cultivo bananero (1). Los beneficios los invertía luego en las más imaginativas empresas, como el salón de cine Olimpia o las bicicletas de alquiler. Son datos suficientemente sólidos como para relacionarlo con Melquíades. Es verdad que hay también mucho de Daconte en el personaje de Pietro Crespi, instalador de pianolas a domicilio y maestro de baile de Rebeca y de Amaranta. La estirpe de los Daconte persiste hoy en Aracataca y en todo el valle del Magdalena desde que don Antonio conviviera simultáneamente con dos mujeres, que eran hermanas entre sí. Con una de ellas engendraba solo hijos y con la otra solo hijas; un pintoresco triángulo familiar que, lejos de escandalizar a nadie, era visto como su excentricidad más ingeniosa.

Por otra parte, a mediados de los años 60, Gabo conoció en México al médico español Augusto Fernández Guardiola, con quien trabó muy cercana amistad. Reputado neurofisiólogo, era hijo del locutor de radio Augusto Fernández Sastre, encargado de leer los partes de guerra en la radio republicana durante la Guerra Civil española, por lo que, al terminar esta en 1939, se tuvo que embarcar con su familia hacia el exilio mexicano. En 1951, Fernández Guardiola se licenció en Medicina en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), doctorándose luego en Francia. Fue profesor en la Facultad de Psicología de la UNAM y era un referente internacional en el estudio de las bases neurofisiológicas de la epilepsia y del sueño. En Cuba creó el Instituto de Investigaciones de la Actividad Nerviosa Superior de La Habana, y en México fue jefe del Departamento de Electrofisiología Experimental y fundador del Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía (2). Tuvo gran amistad con Gabo desde que fueron vecinos de residencia en la localidad de Cuernavaca y hay numerosos testigos de sus tertulias felices, acompañadas del tintineo de unos vasos. Se dice que el doctor Fernández Guardiola prestó al novelista su máquina de escribir para que pudiera seguir trabajando allí en Cien años de soledad. Al publicarse la novela en 1967, muchos de sus familiares y colaboradores científicos creyeron verlo reflejado en el personaje de Melquíades (3). A fin de cuentas, Fernández Guardiola fue, como lo fue Melquíades, un sabio nómada que dedicó su vida a desentrañar y a enseñar a otros la magia cabalística que esconde el cerebro.

Por último, también el propio padre de Gabriel García Márquez, Gabriel Eligio García, sostuvo siempre que él estaba detrás de este personaje (4). Telegrafista en Aracataca, había iniciado estudios médicos en Cartagena, que tuvo que abandonar por circunstancias económicas, lo que vivió siempre como una frustración personal. Logró ser reconocido como homeópata, montó farmacia en varias localidades y ejerció también como una especie de tegua itinerante por las veredas y las rancherías más apartadas. Quizá sea razonable esa suposición suya de ver su reflejo en Melquíades si convenimos en su eterno nomadismo profesional y en sus incursiones de aficionado en la química farmacéutica. Unas incursiones que le llevaron a elaborar panaceas más que cuestionables, como su “regulador menstrual G.G.” en forma de jarabe, o un remedio homeopático contra el brote de disentería que alarmó a la población de Aracataca en 1925 y les hizo revivir los estragos del cólera (5). A fin de cuentas, ¿no había creado Melquíades la pócima que acabó con la epidemia de olvido en Macondo?

La incombustibilidad de Melquíades es providencial. Se dice que falleció de unas fiebres en los médanos de Singapur y que fue arrojado al mar de Java. Pero lo vemos reaparecer como un recién nacido anciano y venerable, para luego volver a morir ahogado, mientras se bañaba dos veces en el mismo río, casi como un desafío al aforismo de Heráclito. Todavía se aparecerá de nuevo, en forma ya de fantasma doméstico, para poder guiar a cualquier Buendía que muestre interés en el lenguaje cifrado de los pergaminos. Y quizá los lectores de Cien años de soledad sean esa estirpe inquieta que permitirá que el fantasma de Melquíades siga guiándonos, su dedo enjuto apoyado suavemente en cada línea, para entender las claves escritas de nuestra propia historia reflejada en las aguas diáfanas de Macondo, en su sol de ceniza, en la hilera de hormigas que transportan, despedazados y perdidos ya para siempre, los restos de nuestra última oportunidad sobre la tierra.

 

Referencias

1. Mi agradecimiento a Vittorio Cappelli, del Centro di Ricerca sulle Migrazioni in Calabria, Cosenza (Italia).

2. VARGAS RANGEL, V. (2006): “Augusto Fernández Guardiola, un incansable científico”. Ciencias, 84, octubre-diciembre. pp. 64-66.

3. Mi agradecimiento por su ayuda a los doctores Rodrigo Fernández Mas y José María Delgado García, hijo y discípulo, respectivamente, del Dr. Fernández Guardiola.

DELGADO GARCÍA, J.M. (2008): “Augusto Fernández Guardiola”. En Diccionario Biográfico Español. Madrid, Real Academia de la Historia.

4. OCHOA, G. (1971): “El microcosmos de García Márquez”. Entrevista en Diario Excelsior, 12 de abril de 1971. [Reproducida en Etcétera, 22 de abril de 2014.]

5. SALDÍVAR, D. (2016): García Márquez. El viaje a la semilla. Barcelona, Ariel. p. 88.

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