El origen de la soledad: Entre la violencia pública y la íntima 2

Una mirada a la masculinidad y los efectos de la violencia sexual en el auge y la destrucción de Macondo
Nadia Celis Salgado

Una de las lecciones más relevantes para nuestros tiempos de esa advertencia constante que sigue siendo la metáfora de Macondo es su caracterización de la violencia. Decía en mi artículo anterior que pese a la interpretación generalizada de esa violencia como resultado de fuerzas invasoras, para entender la tendencia a la destrucción que subsume a la aldea urge revisar además sus fuentes intrínsecas. Con este objeto introduje los mecanismos por medio de los cuales el poder se impone sobre cuerpos y conciencias, destacando el rol de las distinciones sociales en anular la capacidad de ser un@ mism@ y de experimentar solidaridad, y el papel de las jerarquías de género en subordinar nuestra necesidad de conexión afectiva al afán de dominar. En este artículo me concentro en la más ubicua de las expresiones del poder en siglo y medio de la historia de los macondianos, la violencia sexual.

 

El detonador interno de la violencia que azota a Macondo puede ubicarse antes de su fundación, en el episodio que precipita el éxodo de la pareja original –la infame pelea de gallos que acaba con el asesinato de Prudencio Aguilar. Dolido por la derrota, Prudencio expone el rumor de que José Arcadio Buendía no ha consumado su matrimonio con Úrsula: “-Te felicito -gritó-. A ver si por fin ese gallo le hace el favor a tu mujer” (26). Para entonces, José Arcadio lleva meses forcejeando noche a noche con su esposa “con una ansiosa violencia que ya parecía un sustituto del acto de amor” (25), pero el cuestionamiento de su hombría amplifica esa violencia. La lanza asesina con la que afirma su potencia social es también usada para ejercer coerción en la agresión que complementa el asesinato del rival, la toma por la fuerza de Úrsula.

 

La reacción de José Arcadio se explica en la dependencia de la masculinidad de la afirmación privada y pública de dominio sexual. La “naturalidad” que asociamos con las formas tradicionales de ser hombres y mujeres resulta de la actuación repetitiva de esos papeles, reforzados por sanciones y castigos para quienes se salen del guión, y por privilegios para aquell@s que los refuerzan. La actuación que instituye la masculinidad ocurre en una relación triangular, es una conversación entre hombres, mediada por comportamientos y discursos que garantizan la aprobación mutua, en la que el “control” sobre las mujeres –su atención y complacencia hacia las necesidades y deseos masculinos, cumple un papel fundamental.

 

La violencia sexual que asola a Macondo desde sus orígenes constituye la máxima expresión del deseo de dominar como mecanismo de afirmación tanto de los resortes psíquicos de la identidad masculina como de los privilegios sociales asociados con la hombría. La violencia cíclica que precipita el ascenso y la destrucción de Macondo tiene como piedra angular ese afán de dominio, encarnado en el doble crimen de José Arcadio Buendía y reiterado generación tras generación en el control ejercido a través de las relaciones sexuales y amorosas por sus descendientes sobre las mujeres de Macondo. Así lo comprueba el “encarnizado y ceremonioso forcejeo” (164) que permite al penúltimo de los Buendía consumar el incesto con su tía, Amaranta Úrsula, y aseverar, además de su dominación sexual, su dominio intelectual, al completar la tarea fundamental de los hombres de su estirpe: el desciframiento de los manuscritos. Aunque el encuentro forzado entre Amaranta Úrsula y Aureliano Babilonia es validado como “acto de amor”, el carácter destructivo de la sexualidad violenta se delata en el dramático final de la última de las Buendía, desangrada tras el parto del temido niño con cola que motivara el rechazo original de Úrsula, a su vez abandonado por su padre y devorado por las hormigas.

 

La ubicuidad de la violencia de género y sexual en la historia de Macondo se constata además en el aislamiento, las desapariciones y muertes que sufren la mayoría de las mujeres Buendía, entre otras macondinas. La primacía del punto de vista de los hombres de la familia en el relato y en las lecturas críticas de la novela, vela el hecho de que los sucesores del patriarca son todos agentes de violencia. Junto a la soledad, el afán de imponerse fomentado por la masculinidad patriarcal (la “soberbia”, dirá Úrsula), es el signo, además del móvil interno de los conflictos bélicos, la corrupción, las ejecuciones, el despotismo y las depravaciones en las que incurren los hombres de la estirpe. En virtud del afán de poder, los protagonistas de Cien años se convierten, a nivel íntimo, en agresores de sus parejas y, a nivel público, en agentes activos en la degeneración de su entorno social –autores y actores en el drama de su soledad.

 

Volviendo a las reflexiones de Gabo y de Úrsula en torno al antagonismo entre el deseo de poder y la capacidad para el amor (ver artículo anterior), la incapacidad de los Buendía para conectarse afectivamente puede interpretarse más que como una tara genética como una tara cultural. Los Buendía están condenados a la soledad no porque un designio inescrutable les impida “sentir” con el otro, sino porque no saben amar sin subyugar. De allí que para los y las descendientes del patriarca el sexo y los apegos afectivos solo sean posibles cuando, ya sea tienen la certeza de haber conquistado, posición asociada mayoritariamente a los hombres, o cuando se “rinden” al amor, posición reservada para las mujeres.

 

En el núcleo de la definición del amor como relación de dominación está una clasificación jerárquica de las identidades de género que encumbra a los hombres como sujetos activos en lo íntimo y en lo social. De acuerdo con esta clasificación, las mujeres carecen de humanidad propia y son, al mismo tiempo, indispensables como espejo para la autovalidación y la legitimación pública de los hombres a quienes se vinculan sexual y afectivamente. Las agresiones sexuales, desde el acoso cotidiano en los ambientes laborales hasta las violaciones y femicidios, constituyen la afirmación constante de esa economía sexual.

 

En contextos donde las relaciones íntimas son extensiones de los privilegios masculinos, toda expresión de agencia o deseo propio por parte de las mujeres es percibida como un desafío, ataque o retaliación contra el dominio del hombre, y como tal debe ser contenida. De allí que aunque las Buendía resisten la rendición de sus deseos e identidades, todo intento de rebelión femenina en Macondo es silenciado o castigado con violencia (a la soledad de las Buendía volveré en el próximo artículo). Pese a los avances legales en torno al tratamiento de la violencia de género y sexual en el Macondo de hoy, la impunidad y los discursos sexistas que circulan en los medios, la cultura popular y las redes sociales continúan alimentando la percepción de la agresión física y sexual como expresiones justificables del deseo masculino o, peor aún, como actos de “amor”.  

Paradójicamente es también la celebración del privilegio masculino de dominar la que hace a los Buendía cómplices de las relaciones que los subordinan a nivel social y político, vulnerables y adeptos a aquellos que se “hacen respetar” aún con abusos y violencia. El caso de Aureliano, el Coronel, subraya cómo las nociones de género patriarcales condenan también a los hombres, quienes, bajo la seducción del poder, sacrifican su potencial emocional, sensual y mental a favor del tirano íntimo, o del provocador de turno que refuerce la urgencia de imponerse por la fuerza. Quizás fue también del imperativo de imperar de lo que huyó José Arcadio Buendía en su escape hacia un nuevo territorio, pero como con las otras taras de Macondo, su repetición ha sido garantizada por el olvido.

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