La lengua vernácula de Gabriel García Márquez

Cómo ayudé a la traducción de Cien años de soledad al tailandés
Por:
Julio Cesar Tous Oviedo

Leer a Gabriel García Márquez es sumergirse en un torbellino impetuoso de tantos prodigios, invenciones y peripecias. “Ipso facto”, quedas atrapado en aquel universo pletórico de soledad y olvido, incesto, desamor y tragedia llamado Macondo.

Macondo –la gran fantápolis–, es ese espacio metonímico donde todo es posible y lo extraordinario hace parte de la cotidianidad de su gente, donde se decide hasta la forma y la hora de morir… Ahí nos hemos inventado santos para nuestra conveniencia como “San Cocho” para deleite de nuestro paladar, y letales como “San Cudo” aunque nos chupen la sangre.

En Cien años de soledad, la obra maestra de García Márquez, ese monumento literario –la novela polisémica– se identifican tres tipos de personajes: El héroe, los femeninos y el lector. Todos ellos se recrean en cuatro ciclos: dos míticos (la fundación de Macondo y las guerras civiles) y dos históricos (la masacre de las bananeras y la decadencia y destrucción de Macondo).

Por otro lado, el aislamiento se refleja en cuatro ámbitos: uno económico (la precariedad), uno interpersonal (la soledad), uno geográfico (espacio de la periferia) y uno histórico (generaciones incomunicadas entre sí).

El tiempo también es pieza fundamental en la novela. “Muchos años después...” y el recuerdo. “Había de recordar...”, “Era necesario recordar...”, “Era inevitable no recordar...”. Tanto el tiempo como la historia y el lenguaje tienen una estructura circular.

La lengua de Gabriel García Márquez no manifiesta un estilo personal; el estilo de García Márquez está en lo que dice, no en la manera de decirlo, y lo que él dice no puede ser descrito y no puede ser explicado. Así que Cien años de soledad tiene que ser una tarea personal e intransferible de cada lector, para que éste descubra donde está el secreto de su originalidad.

En García Márquez el don de convertir en reales hechos irreales es tan natural que ni el más sagaz de los lectores o el más exigente de los críticos podría distinguir donde está la frontera entre unos y otros. García Márquez culmina toda una tradición literaria latinoamericana que expresa la mentalidad mágica del hombre de América Latina. Todo un mundo de seres imaginarios que se corporizan o desparecen como por arte de magia, no solo en el folklore latinoamericano, sino también en la literatura de la región.

Pese a que Gabriel García Márquez no hace uso exagerado de regionalismos, es inevitable que en su obra aparezcan giros y voces que solo se encuentran en Colombia (colombianismos). Si los hispanohablantes encuentran dificultades con las expresiones empleadas por el autor, será más difícil todavía para aquellas personas que hablan otras lenguas. Debido a la interacción con otras culturas que van influenciando en el idioma, se han incorporado palabras del argot obsceno y la jerga para comunicarnos en forma coloquial. Haciendo referencia a lo expuesto anteriormente traigo a colación los siguientes vocablos: BOQUIO (QUIUBO) y CARRETA (MENTIRA).

La apuesta de llevar Cien años de soledad al idioma tailandés por parte de la traductora e intérprete Chonrudee Pluempavarn, se convirtió en todo un reto no sólo lingüístico, sino, también cultural. Mi “rol” consistió entonces en tratar de encajar en aquel contexto tailandés esos vocablos y que fueran a su vez entendidos con el mismo “color” con el que los plasmó Gabo en esas páginas inmortales.

Nos tomó mucho tiempo tratar de convencer a los tailandeses que “GAVILÁN POLLERO” no era un ave de rapiña, sino un hombre enamorador que persigue a las mujeres, y que “BLANCO” no tenía nada que ver con el color de la piel, sino con la posición social, y que era sinónimo de patrón. De igual manera les advertimos que si viajaban tuvieran mucho cuidado con la “BURUNDANGA”, ya que tenía el mismo efecto de la escopolamina. Pero que podrían comer con confianza la “MALANGA” porque era un tubérculo parecido al ñame y que “EL NOMBRE DE DIOS” no tenía precisamente ninguna connotación religiosa, tan solo hacía referencia a la primera ganancia o ingreso del día; que se mantuvieran con los ojos bien abiertos y un tanto “RETRECHEROS” a la hora de hacer cualquier negocio con “MERCACHIFLES”, pues podrían terminar metidos en la “GUANDOCA”. Que “MAFARIFACAFÁ” era MARICA en jerigonza, pero, de un uso tan cotidiano que no resultaba ofensivo, a menos que se dijera en un tono enérgico o a una persona desconocida.

También les repetimos aquello que dijo García Márquez en su discurso “Botella al mar para el dios de las palabras”, pronunciado en 1997 durante el I Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en Zacatecas:

“…que un niño desvelado por el valido intermitente y triste de un cordero dijo: ‘Parece un faro’. Que una vivandera de la Guajira colombiana rechazó un cocimiento de toronjil por que le supo a Viernes Santo. Que don Sebastián de Covarrubias en su diccionario memorable nos dejó escrito de su puño y letra que el amarillo es ‘la color’ de los enamorados. ¿Cuántas veces no hemos probado nosotros mismos un café que sabe a ventana, un pan que sabe a rincón, una cereza que sabe a beso? Las cosas tienen ahora tantos nombres en tantas lenguas que ya no es fácil saber cómo se llaman en ninguna.”

Mientras almorzábamos en un restaurante del centro histórico, Chonrrude o “Cuqui”, como cariñosamente la llaman sus amigos, quedó impactada al escuchar las palabras “banano”, “platanito” y “guineo” para nombrar la fruta que estábamos degustando. De igual forma se sorprendió cuando tomábamos café, mientras alguien ordenaba “un tinto” y le entregaron exactamente lo que ella tomaba. Fueron precisamente estas variantes del idioma, las que la obligaron a explorar más sobre la lengua española y diferentes giros antes de embarcarse en este proyecto.

Cien años de Soledad–la novela de América– contiene el inigualable tejido literario construido por quien es considerado hoy en día como el más célebre escritor colombiano. Es el arte polifónico que combina la ficción, el goce y la pasión literaria; es, en suma, una reafirmación de la riqueza, vigencia y universalidad de la obra de Gabriel García Márquez y del constante placer que despierta leer y releer su novela y sus cuentos.

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