El caso García Márquez o de la bienaventuranza no querida

Escrito sobre la actitud del nobel frente a las Letras
Por:
Gabriel Rodríguez-Páez

Para un escritor que ha alcanzado la gloria y asegure que dejar de escribir no le ha cambiado la vida, lo que se diga o se deje de decir sobre él ni le quita ni le pone al enorme monumento que constituye su obra. Su mayor enseñanza: aprender a renunciar. O aprender a morir a sí mismo. A no esperar nada, a desatender a los reclamos del ego, a descender a las tinieblas de la soledad y transitar por las riberas desoladas de la incertidumbre, a asomarse a los abismos del anonimato sin sentir el vértigo de la depresión pisándonos el calcañar; a caminar por las sendas de los muertos y experimentar en la carne el escalofrío de una existencia desperdiciada en aras de un ideal artístico, de una ambición personal. Solamente quien lo ha vivido puede confesarlo. Y es, en esta perspectiva, en que sitúo a uno de nuestros más caros arquetipos porque -como él mismo lo declaró en alguna entrevista- todos quieren ser el Gabriel García Márquez de hoy, el homenajeado, celebrado y galardonado, pero nadie quiere ser aquel hijo del telegrafista de Aracataca que tuvo que venir a congelarse en la nevera bogotana para estudiar Derecho y descubrir que lo único que quería hacer era escribir no para consagrarse en la literatura universal, sino simplemente para que sus amigos lo quisieran más.

Esa era su mayor aspiración y su radical lucha. Y me consta su sinceridad: La tercera resignación, su primer cuento, está apuñalado por el deseo de seducir a un círculo cercano. Lo que no previó en su momento es que ese círculo se iría ensanchando hasta trascender las generaciones. Suerte de genios e iluminados. Pero no es necesario el genio: basta simplemente con ser sincero y manejar hábilmente las herramientas de las que se dispone. Nada más se necesita. Por eso me sorprende que me pregunten para quién escribo. Nunca he pensado a qué tipo de público deseo llegar: mi fe me dicta que el lector encuentra a su autor. Y escribo lo que quisiera encontrar escrito. Nada más me afana. De nuevo: llegar a ninguna parte zarpando de lo desconocido. Velas desplegadas por el hálito ensoñador de la satisfacción propia, que es el verdadero sustento de la vocación literaria. Como Cristóbal Colón, que estuvo dispuesto a ser tragado por el mar asido de una convicción teórica. No le importó caerse en el desbarrancadero del fin del mundo a cambio de probar que tenía razón. Y de tales quimeras también consiste la Literatura. Cuando se comienza a escribir no se piensa ni en aplausos, ovaciones o galardones; mucho menos se piensa en dinero. Se piensa en eso, simplemente: en escribir. Lo demás es accesorio, sofisticaciones ajenas al oficio. La vocación por las letras no se compra: se escribe con la esperanza de urdir un mundo desde sus cimientos y que este, por el prodigio exclusivo del arte, aspire a la realidad. Que lo que no es, pueda ser o sea posible. Verosímil. Engañar con elegancia o, como Sergio Ramírez escribe, "mentir con aplomo". Gabo empuñó la pluma con la misma inocencia con que un niño juega a los dados o los cavernícolas arañaban las rocas. Y los trazos agrafados paulatinamente lo sedujeron hasta hacerse uno con él, hasta enamorarlo, hasta que no pudo hacer otra cosa que continuar entintando folios y folios. Partió a ninguna parte y se topó, como Colón, con su América: Macondo.

BIBLIOGRAFIA
https://alhambra82.blogspot.com/2011/09/el-caso-garcia-marquez-o-de-la.html

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