PARÍS
Lectura

París en 7 artículos de Gabriel García Márquez

Siete artículos del escritor colombiano para adentrarse en la idiosincrasia de la capital francesa.

Redacción Centro Gabo

La primera vez que Gabriel García Márquez llegó a París apenas si tuvo tiempo para contemplar la ciudad. Aterrizó en la capital francesa el 16 de julio de 1955 en un Lockheed Super Costellation procedente de Barranquilla que hizo escalas en las islas Bermudas, las Azores, Lisboa y Madrid. Tan solo unas horas después de desembarcar, García Márquez tomó un tren con rumbo hacia Ginebra, sede de la Cumbre de los Cuatro Grandes que el autor colombiano tenía que cubrir como corresponsal en Europa de El Espectador. En su paso fugaz, Gabo sólo pudo advertir el fervor de los parisinos por los resultados del Tour de Francia.

Fue necesario que transcurrieran cinco meses para que García Márquez empezara a conocer París a profundidad. Aquello ocurrió en diciembre de 1955, poco antes del día de Navidad. Esta vez llegó en tren desde Italia y se hospedó en el hostal de la Alliance Française en el bulevar Raspail. En París Gabo viviría dos años de intensa bohemia donde sobraron las ganas de escribir y escaseó el dinero. Cuando la dictadura militar de Gustavo Rojas Pinilla ordenó el cierre de El Espectador, el escritor tuvo que ganarse la vida en oficios tan insólitos como recolector de botellas vacías y cantante de rancheras mexicanas.

Durante esta estadía en París, García Márquez escribió sus novelas La mala hora y El coronel no tiene quien le escriba. También aprendió a hablar francés escuchando las canciones de Georges Brassens, fue aprehendido por la policía que lo creyó un revolucionario de Argel y se encontró con Ernest Hemingway en el bulevar de Saint Michel.

París y Francia lo galardonaron en 1969 con el Premio al Mejor Libro Extranjero por Cien años de soledad y luego en 1981 con la Medalla de la Legión de Honor Francesa. En el 2017, tres años después de su muerte, el gobierno francés lo homenajeó bautizando con su nombre una plaza en el centro de París, entre la calle Montalembert y la calle Du Bac.

Desde el Centro Gabo compartimos contigo siete artículos que García Márquez escribió sobre París y en los cuales es posible que ahondar en la idiosincrasia parisina y su influencia en el escritor colombiano:

 

1. Desde París, con amor

 

Este artículo fue publicado en El País de España y El Espectador el 29 de diciembre de 1982. García Márquez evoca su llegada a París en las frías navidades de 1955 y recuerda el ambiente de la ciudad en esa época: calles llenas de parejas enamoradas que se besaban a todo momento, policías que perseguían a personas con facciones árabes (eran los tiempos de la independencia de Argelia), latinoamericanos exiliados por las dictaduras militares de sus países y radios en donde sonaban constantemente las canciones de Georges Brassens.

 

Las canciones de Brassens se respiraban con el aire. La bella Tachia Quintana, una vasca temeraria a quien los latinoamericanos de todas partes habíamos convertido en una exiliada de las nuestras, realizaba el milagro de hacer una suculenta paella para diez en un reverbero de alcohol. Paul Coulaud, otro de nuestros franceses conversos, había encontrado un nombre para aquella vida: lamisère dorée: la miseria dorada. Yo no había tenido una conciencia muy clara de mi situación hasta una noche en que me encontré de pronto por los lados del jardín de Luxemburgo sin haber comido ni una castaña durante todo el día y sin lugar donde dormir. Estuve merodeando largas horas por los bulevares, con la esperanza de que pasara la patrulla que se llevaba a los árabes para que me llevara a mí también a dormir a una jaula cálida, pero por más que la busqué no pude encontrarla. Al amanecer, cuando los palacios del Sena empezaron a perfilarse entre la niebla espesa, me dirigí hacia la Cité con pasos largos y decididos y con una cara de obrero honrado que acababa de levantarse para ir a su fábrica. Cuando atravesaba el puente de Saint Michel sentí que no estaba solo entre la niebla, porque alcancé a percibir los pasos nítidos de alguien que se acercaba en sentido contrario. Lo vi perfilarse en la niebla, por la misma acera y con el mismo ritmo que yo, y vi muy cerca su chaqueta escocesa de cuadros rojos y negros, y en el instante en que nos cruzamos en medio del puente vi su cabello alborotado, su bigote de turco, su semblante triste de hambres atrasadas y mal dormir, y vi sus ojos anegados de lágrimas. Se me heló el corazón, porque aquel hombre parecía ser yo mismo que ya venía de regreso.

 

2. Georges Brassens

 

El 11 de noviembre de 1981, catorce días después de la muerte de Georges Brassens, Gabo publicó este artículo. Consistía en una semblanza del cantautor francés y su relación con la París de 1955. El recuerdo aparece enlazado con el día en que la policía francesa confundió a García Márquez con un argelino y lo encerró en una comisaría de Saint-Germain-des-Prés.

 

En 1955, cuando era imposible vivir sin las canciones de Brassens, París era distinto. Los parques públicos se llenaban por las tardes de ancianos solitarios, los más viejos del mundo; pero las parejas de enamorados eran dueñas de la ciudad. Se besaban en todas partes con besos interminables, en los cafés y en los trenes subterráneos, en el cine y en plena calle, y hasta paraban el tránsito para seguirse besando, como si tuvieran conciencia de que la vida no les iba a alcanzar para tanto amor. El existencialismo había quedado atrás, sepultado en las cuevas para turistas de Saint Germain-des-Pres, y lo único que quedaba de él era lo mejor que tenía: las ansias irreprimibles de vivir. Una noche, a la salida de un cine, una patrulla de policías me atropelló en la calle, me escupieron la cara y me metieron a golpes dentro de una camioneta blindada. Estaba llena de argelinos taciturnos, recogidos a golpes y también escupidos en los cafetines del barrio. También ellos, como los agentes que nos habían arrestado, creyeron que yo era argelino. De modo que pasamos la noche juntos, embutidos como sardinas en una jaula de la comisaría más cercana, mientras los policías, en mangas de camisa, hablaban de sus hijos y comían barras de pan ensopadas en vino. Los argelinos y yo, para amargarles la fiesta, estuvimos toda la noche en vela, cantando las canciones de Brassens contra los desmanes y la imbecilidad de la fuerza pública.

 

3. El nuevo oficio más viejo del mundo

 

La París de los travestis. Se trata de un artículo que analizó el fenómeno de la prostitución en la ciudad y la presencia, cada vez mayor, de travestis latinoamericanos. “De doscientos travestidos que hay en Francia –escribió García Márquez– por lo menos la mitad ha llegado del Brasil”.  El artículo fue publicado en El Espectador y El País de España el 2 de diciembre de 1980.

 

El otoño de París empezó de pronto y tarde este año, con un viento glacial, que desplumó a los árboles de sus últimas hojas doradas. Las terrazas de los cafés se cerraron al mediodía, la viada se volvió turbia y el verano radiante que se había prolongado más de la cuenta pasó a ser una veleidad de la memoria. Parecía que en pocas horas hubieran pasado varios meses. El atardecer fue prematuro y lúgubre, pero nadie lo lamentó de veras, pues este tiempo de brumas es el natural de París, el que más le acompaña y el que mejor le sienta.

     La más bella de las mujeres de alquiler que hacen su carrera de rutina en las callejuelas de Pigalle era una rubia espléndida que en un lugar menos evidente se hubiera confundido con una estrella de cine. Llevaba el conjunto de chaqueta y pantalón negros, que eran la fiebre de la moda, y a la hora en que empezó el viento helado se puso un abrigo legítimo de nucas de visón. Así estaba, ofreciéndose por doscientos francos frente a un hotel de paso de la calle Dupere, cuando un automóvil se detuvo frente a ella. Desde el puesto del volante, otra mujer hermosa y bien vestida le disparó de frente siete tiros de fusil. Esa noche, cuando la policía encontró al asesino, ya aquel drama de Arrabal había retumbado en los periódicos, porque tenía dos elementos nuevos que lo hacían diferente. En efecto, ni la víctima ni el victimario eran rubias y bellas, sino dos hombres hechos y derechos, y ambos eran de Brasil.

 

4. Vidas de perros

 

París, ciudad de perros. Una columna para caminar entre las excreciones de los millones de canes que a diario hacen sus necesidades en la calles de la capital francesa. La problemática es tan común y continua que el escritor colombiano afirmó que en París siempre hay alguien con un “pegote de perro” en la suela de un zapato. Se publicó el 2 de junio de 1981.

 

París es una ciudad de perros privilegiados. En las calles, inclusive en los Campos Elíseos, que tienen la reputación de ser la avenida más bella del mundo, hay que caminar a saltos para no pisar la inconcebible cantidad de caca de perro que se encuentra por todas partes.

(…)

     En París, donde el arte de amar a los perros no ha alcanzado semejante refinamiento, los animales dejan sus residuos en cualquier parte y de cualquier modo. Se calcula que en toda la ciudad incluidos los suburbios, se recoge todos los días casi una tonelada de caca de perros, cuyo aprovechamiento industrial no está todavía resuelto. Las autoridades del municipio tienen años de estar buscando una solución desesperada, pero ninguna ha resultado eficaz. En las aceras han pintado la silueta de un perro, y una flecha que indica dónde deben cumplir con su deber los perros de la realidad. La señal está en un sitio por donde pasa al atardecer un arroyo artificial inventado por los ingenieros municipales, con el propósito único de arrastrar hasta las alcantarillas la caca de los perros. Pero son muy pocos los que obedecen las señales, y se orinan siempre, como se dice, fuera del tiesto. De modo que no hay remedio: en París siempre hay alguien en una visita con un pegote de perro en la suela de un zapato. En mi tierra dicen que eso trae buena suerte. Si esto es así, en ninguna parte del mundo hay gente tan afortunada como en Francia.

 

5. Verano en París: turistas y «pin-ups»

 

París durante el verano. Una crónica que García Márquez escribió en septiembre de 1956 y en la cual hizo un recuento minucioso de todas las actividades comerciales y turísticas de la ciudad cuando llegaban las vacaciones de verano. Entre esas actividades, destacó los espectáculos de mujeres desnudas en los teatros, tan famosos como complejos debido a sus protocolos.

 

Cuando los comerciantes se van, París toma la revancha, abriendo sus terrazas para recibir a los comerciantes de los otros países. Son cinco millones de turistas que vienen a ver museos y muchachas desnudas.

(…)

     En los espectáculos de muchachas desnudas puede hacerse lo que se quiera con una sola condición: que en ningún momento se pueda probar que estuvieron completamente desnudas. En el momento culminante, la más desnuda de las muchachas desnudas debe tener por lo menos una estrella en el sitio más importante del pudor. Hace algún tiempo una bailarina aficionada se entusiasmó más de la cuenta en una local de Saint-Germain-des-Près. La policía logró demostrar que por lo menos en una fracción de segundo la muchacha estuvo completamente desnuda. El local fue clausurado.

     Para decepción de los moralistas mal informados y de los turistas verdes, una reciente encuesta ha demostrado que las muchachas que se desnudan en los teatros no son lo que la gente se imagina. Son francesitas de la clase media que prefieren ganarse unos francos suplementarios durante el verano. Ellas piensan que es mejor negocio desnudarse en un teatro de París que en una playa de moda. Una telefonista, que durante el invierno se ganaba 25.000 francos mensuales, se ganó en el verano medio millón de francos. Se ha calculado que este año un promedio de 12.000 turistas vio cada noche 122 mujeres desnudas. Y una cada día: la Venus de Milo.

 

6. El alquimista en su cubil

 

Un relato sobre la miseria y el posterior triunfo del pintor y escultor colombiano Darío Morales en su pequeño estudio de París, ubicado en un edificio de seis pisos en el barrio de Saint Michel. La anécdota sirve para que Gabo mencione, además, algunos detalles sobre la numerosa población de pintores latinoamericanos que sobreviven en la ciudad. El artículo se publicó el 4 de noviembre de 1980.

 

Alguien había tratado de convencer a Darío Morales de la inutilidad de aquellas miserias, y le había aconsejado volver a Cartagena de Indias, la fragorosa ciudad del Caribe donde nació y donde le sería más fácil subsistir. Darío Morales rechazó el consejo con un argumento hermético: «Donde quiera que yo vaya seguiré siendo el mismo». En París tenía, al menos, eso que los escritores lánguidos suelen llamar alimento espiritual; la posibilidad perpetua de ver en carne y hueso la mejor pintura del mundo. Además, según había leído por esos días en un periódico de la tarde, sólo en el barrio Latino había más de 11.000 pintores anónimos del mundo entero, viviendo en las mismas condiciones que él. Ninguno, hasta donde recordaban las estadísticas, se había muerto de hambre. La noticia le había hecho sentirse menos solo, que es algo muy alentador cuando se es joven y no se tiene nada que comer en París.

 

7. Mi Hemingway personal

 

Publicado por primera vez el 29 de julio de 1981, este artículo sobre la vida y obra de Ernest Hemingway ha sido reproducido como prólogo a varias antologías de cuentos del escritor norteamericano. París juega un papel importante porque fue el único lugar donde García Márquez pudo ver en persona al autor de El viejo y el mar. Aquel encuentro sucedió en el bulevar de Saint Michel cuando Gabo se dirigía al jardín de Luxemburgo.

 

Lo reconocí de pronto, paseando con su esposa, Mary WeIsh, por el bulevar de Saint Michel, en París, un día de la lluviosa primavera de 1957. Caminaba por la acera opuesta en dirección del jardín de Luxemburgo, y llevaba unos pantalones de vaquero muy usados, una camisa de cuadros escoceses y una gorra de pelotero. Lo único que no parecía suyo eran los lentes de armadura metálica, redondos y minúsculos, que le daban un aire de abuelo prematuro. Había cumplido 59 años, y era enorme y demasiado visible, pero no daba la impresión de fortaleza brutal que sin duda él hubiera deseado, porque tenía las caderas estrechas y las piernas un poco escuálidas sobre sus bastos. Parecía tan vivo entre los puestos de libros usados y el torrente juvenil de la Sorbona que era imposible imaginarse que le faltaban apenas cuatro años para morir.

     Por una fracción de segundo –como me ha ocurrido siempre– me encontré dividido entre mis dos oficios rivales. No sabía si hacerle una entrevista de prensa o sólo atravesar la avenida para expresarle mi admiración sin reservas. Para ambos propósitos, sin embargo, había el mismo inconveniente grande: yo hablaba desde entonces el mismo inglés rudimentario que seguí hablando siempre, y no estaba muy seguro de su español de torero. De modo que no hice ninguna de las dos cosas que hubieran podido estropear aquel instante. sino que me puse las manos en bocina, como Tarzán en la selva, y grité de una acera a la otra: «Maeeeestro». Ernest Hemingway comprendió que no podía haber otro maestro entre la muchedumbre de estudiantes, y se volvió con la mano en alto, y me gritó en castellano con una voz un tanto pueril: «Adióóóós, amigo». Fue la única vez que lo vi.

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