Foto archivo Gabriel García Márquez, Harry Ransom Center
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La traducción y los traductores en 10 reflexiones de Gabriel García Márquez

Diez reflexiones del escritor colombiano sobre los traductores y su oficio.

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Foto archivo Gabriel García Márquez, Harry Ransom Center
Redacción Centro Gabo

En el Index Traslationum, la base de datos de la Unesco que registra las traducciones de textos escritos, Gabriel García Márquez figura en el puesto 49, siendo el único escritor hispanoamericano que se encuentra en la selecta lista de los cincuenta autores más traducidos de la historia. A Gabo es posible leerlo en casi todas las lenguas del mundo que tienen un número considerable de hablantes. La seducción universal que poseen sus historias es, sin duda, la gran responsable de ello. Sin embargo, dentro de esta exitosa difusión también habría que reconocer la titánica labor de sus traductores.

El fenómeno de las traducciones siempre interesó al narrador colombiano. Él pensaba que la mejor manera de leer un texto era traduciéndolo y que entre un buen traductor y el escritor se forjaba un vínculo de complicidad. El traductor no es un traidor, decía, sino un “cómplice genial”. Tan convencido estaba de este precepto que durante mucho tiempo supervisó los procesos de traducción de sus libros hasta donde las barreras idiomáticas se lo permitieron.

García Márquez admiraba a los traductores porque consideraba que verter una historia a otra lengua era una tarea bastante difícil y avasalladora, en el sentido en que el traductor “debe hacer los mismos gestos y asumir las mismas posturas del escritor, le gusten o no”.

En el Centro Gabo hemos seleccionado diez reflexiones del narrador colombiano sobre la traducción y los traductores. Las compartimos contigo:

 

1. Una forma mal pagada de leer bien

 

Alguien ha dicho que traducir es la mejor manera de leer. Pienso también que es la más difícil, la más ingrata y la peor pagada.

 

"Los pobres traductores buenos”.

Artículo escrito por Gabriel García Márquez

publicado por El Espectador y El País de España, julio de 1982.

 

2. Las terribles notas al pie

 

Siento gran admiración por los traductores, salvo por los que usan notas al pie. Siempre tratan de explicarle al lector algo que probablemente el autor no quiso decir, y como está allí, el lector debe leerlo. Traducir es un trabajo muy difícil, nada gratificante y muy mal pago. Una buena traducción es siempre una recreación en otra lengua. Por eso admiro tanto a Gregory Rabassa. Mis libros han sido traducidos a veintiún idiomas y Rabassa es el único traductor que nunca pidió aclaraciones sobre algo para poder poner una nota al pie.

 

“Gabriel García Márquez”. The Paris Review, invierno de 1981.

 

3. El lado amistoso de la traducción

 

Cuando se lee a un autor en una lengua que no es la de uno se siente un deseo casi natural de traducirlo. Es comprensible, porque uno de los placeres de la lectura -como de la música- es la posibilidad de compartirla con los amigos.

 

"Los pobres traductores buenos”.

Artículo escrito por Gabriel García Márquez

publicado por El Espectador y El País de España, julio de 1982.

 

4. Traductores: cómplices geniales

 

Tradittore, traditore, dice el tan conocido refrán italiano, dando por supuesto que quien nos traduce nos traiciona. Maurice-Edgar Coindreau, uno de los traductores más inteligentes y serviciales de Francia, hizo en sus memorias habladas algunas revelaciones de cocina que permiten pensar lo contrario. "El traductor es el mono del novelista", dijo, parafraseando a Mauriac, y queriendo decir que el traductor debe hacer los mismos gestos y asumir las mismas posturas del escritor, le gusten o no. Sus traducciones al francés de los novelistas norteamericanos, que eran jóvenes y desconocidos en su tiempo -William Faulkner, John Dos Passos, Ernest Hemingway, John Steinbeck-, no sólo son recreaciones magistrales, sino que introdujeron en Francia a una generación histórica, cuya influencia entre sus contemporáneos europeos -incluidos Sartre y Camus- es más que evidente. De modo que Coindreau no fue un traidor, sino todo lo contrario: un cómplice genial.

 

"Los pobres traductores buenos”.

Artículo escrito por Gabriel García Márquez

publicado por El Espectador y El País de España, julio de 1982.

 

5. Traducción intuitiva

 

Admiro tanto a los traductores. Son más intuitivos que intelectuales. Y no solo reciben una paga miserable de los editores, sino que además su trabajo no se considera creación literaria. Me hubiera gustado traducir algunos libros al castellano, pero me hubiera insumido tanto trabajo como escribir mis propios libros, y no hubiera ganado suficiente dinero para vivir.

 

“Gabriel García Márquez”. The Paris Review, invierno de 1981.

 

6. Autor y traductor, compañeros inseparables

 

Es poco probable que un escritor quede satisfecho con la traducción de una obra suya. En cada palabra, en cada frase, en cada énfasis de una novela hay casi siempre una segunda intención secreta que sólo el autor conoce. Por eso es sin duda deseable que el propio escritor participe en la traducción hasta donde le sea posible. Una experiencia notable en ese sentido es la excepcional traducción de Ulysses, de James Joyce, al francés. El primer borrador básico lo hizo completo y solo August Morell, quien trabajó luego hasta la versión final con Valery Larbaud y el propio James Joyce. El resultado es una obra maestra, apenas superada -según testimonios sabios- por la que hizo Antonio Houaiss al portugués de Brasil.

 

"Los pobres traductores buenos”.

Artículo escrito por Gabriel García Márquez publicado

por El Espectador y El País de España, julio de 1982.

 

7. El problema de la traducción al francés

 

Me gusta mucho la traducción inglesa de Cien años de soledad: el lenguaje se comprime más, gana más fuerza. La italiana quedó muy bien: trabajamos mucho con el traductor, aclarando cosas. La francesa también es buena, pero yo no siento el libro en francés. Y la edición francesa, pese a que fue premio al mejor libro extranjero en 1969 y tuvo buena crítica, no se ha vendido mucho. Creo que va por los cinco mil ejemplares. Yo siempre tuve la impresión de que el libro en Francia no marcharía, porque no es un libro cartesiano. Tú sabes que, entre el racionalismo de Descartes y la imaginación desbordada de Rabelais, en Francia ganó Descartes.

 

“García Márquez: ahora doscientos años de soledad”.

Triunfo, noviembre de 1970.

 

8. Entre la traducción secreta y la profesional

 

Desde hace mucho traduzco gota a gota los Cantos de Giaccomo Leopardi, pero lo hago a escondidas y en mis pocas horas sueltas, y con la plena conciencia de que no será ese el camino que nos lleve a la gloria ni a Leopardi ni a mí. Lo hago sólo como uno de esos pasatiempos de baños que los padres jesuitas llamaban placeres solitarios. Pero la sola tentativa me ha bastado para darme cuenta de qué difícil es, y qué abnegado, tratar de disputarles la sopa a los traductores profesionales.

 

"Los pobres traductores buenos”.

Artículo escrito por Gabriel García Márquez

publicado por El Espectador y El País de España, julio de 1982.

 

9. Un mismo libro en todos los idiomas

 

Me presentaron a un escritor japonés, muy bueno, del cual después seguí siendo amigo. Me lo presentaron en París y hablábamos en francés. Él empezó a hablarme de Cien años de soledad y a mí me entusiasmó mucho porque la había leído en japonés… Algunos de los libros míos traducidos al japonés no son traducidos del castellano, sino que tienen la edición en inglés y la edición francesa y traducen de dos traducciones. Me imaginaba qué podía quedar de aquello, pero hablé como dos horas con mucho entusiasmo y con mucha alegría con este japonés en francés de Cien años de soledad y el libro que él había leído era el mismo que yo había escrito. Entonces ya me despreocupé de eso y me alegró mucho y estoy absolutamente seguro de que lo que mis lectores leen en los otros idiomas, es el libro que yo escribí de todas maneras.

 

“Entrevista radial a Gabriel García Márquez”.

Caracol Radio, mayo de 1991.

 

10. La aventura de traducir a Lezama Lima

 

Hace unos años, en el ardiente verano de Pantelaria, tuve una enigmática, experiencia de traductor. El conde Enrico Cicogna, que fue mi traductor al italiano hasta su muerte, estaba traduciendo en aquellas vacaciones la novela Paradiso, del cubano José Lezama Lima. Soy un admirador devoto de su poesía, lo fui también de su rara personalidad, aunque tuve pocas ocasiones de verlo, y en aquel tiempo quería conocer mejor su novela hermética. De modo que ayudé un poco a Cicogna, más que en la traducción, en la dura empresa de descifrar la prosa. Entonces comprendí que, en efecto, traducir es la manera más profunda de leer. Entre otras cosas, encontramos una frase cuyo sujeto cambiaba de género y de número varias veces en menos de diez líneas, hasta el punto de que al final no era posible saber quién era, ni cuándo era, ni dónde estaba. Conociendo a Lezama Lima, era posible que aquel desorden fuera deliberado, pero sólo él hubiera podido decirlo, y nunca pudimos preguntárselo. La pregunta que se hacía Cicogna era si el traductor tenía que respetar en italiano aquellos disparates de concordancia o si debía verterlos con rigor académico. Mi opinión era que debía conservarlos, de modo que la obra pasara al otro idioma tal como era, no sólo con sus virtudes, sino también con sus defectos. Era un deber de lealtad con el lector en el otro idioma.

 

"Los pobres traductores buenos”.

Artículo escrito por Gabriel García Márquez

publicado por El Espectador y El País de España, julio de 1982.

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