Foto archivo Fundación Gabo / cortesía Fundación Palabrería
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Gabo habla

Una selección comentada de citas de Gabriel García Márquez sobre temas poco conocidos en torno a su vida y obra.

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Foto archivo Fundación Gabo / cortesía Fundación Palabrería
Redacción Centro Gabo

Gabriel García Márquez falleció en 2014 y han pasado ya cuatro décadas de su Premio Nobel de Literatura, pero sigue presente en la vida cotidiana de los colombianos, recordado de mil maneras como héroe nacional, ícono popular y cliché cultural. Su rostro risueño está en los billetes de cincuenta mil pesos y también aparece, con frases e imágenes ya estereotipadas —como sus famosas mariposas amarillas— en murales y grafitis de calles de todo el país. El nombre Macondo funciona como una especie de doble de Colombia, como un sinónimo coloquial de la nacionalidad, pero también se utiliza para denominar restaurantes, tiendas de artesanías y otros negocios al servicio de un creciente flujo de turismo cultural de lectores curiosos que llegan del mundo entero, atraídos por el embrujo de sus relatos, a un país que se promueve internacionalmente como cuna del realismo mágico.

Citas y temas típicos de Gabo (el apodo familiar que se ha hecho popular para referirse al gran escritor) resuenan todos los días en redes sociales, títulos y artículos periodísticos, discursos políticos y — probablemente, que es lo que le haría feliz— en las declaraciones de amor que han pasado del secreto de las cartas manuscritas a la dudosa privacidad de los mensajes de chat. En medio del encierro mundial por la COVID-19 circularon en las redes sociales muchas menciones a la peste del insomnio de Cien años de soledad como metáfora anticipatoria de la pandemia.

Esta selección de citas menos conocidas de la voz del máximo autor colombiano, con comentarios sobre cada una, ha sido preparada por la Fundación Gabo como una contribución especial para The London Magazine.

 

El amor es el tema más importante que existe en la historia de la humanidad. Algunos dicen que es la muerte. No creo, porque todo está relacionado con el amor. No hay una historia mía que no tenga un poco de amor, si se lee con cierto cuidado.

 

Antes de El amor en los tiempos del cólera, el amor en las novelas de García Márquez era una de las tantas máscaras de la muerte. En Cien años de soledad, por ejemplo, algunos personajes como el coronel Aureliano Buendía están imposibilitados para amar. No obstante, en la trama de amores contrariados de Florentino Ariza y Fermina Daza triunfa el eros. Los personajes de los libros siguientes experimentan un amor más genuino y apasionado: Sierva María de Todos los Ángeles y Cayetano Delaura en Del amor y otros demonios; el anciano sabio y su Delgadina en Memorias de mis putas tristes.

 

No quiero que se me recuerde por Cien años de soledad, ni por lo del premio Nobel, sino por el periódico. Nací periodista y hoy me siento más reportero que nunca. Lo llevo en la sangre, me tira.

 

A pesar del éxito de sus cuentos y novelas, cuya maestría narrativa le hicieron merecedor del Premio Nobel de Literatura en 1982, Gabriel García Márquez jamás dejó de considerarse un periodista. Fue un oficio que ejerció desde 1948 y por más de cincuenta años para diferentes medios del mundo. En 1983 su fascinación por las noticias y el arte de relatarlas bien lo llevó a soñar con la creación de El Otro, un periódico nacional, independiente y altamente profesional que se financiaría con el dinero del premio. El proyecto no logró concretarse. Sin embargo, de aquella aventura frustrada sobrevivió la idea de hacer talleres para educar periodistas. Fue así como creó en 1994 en Cartagena la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano - FNPI (hoy Fundación Gabo). Después de dictar en Madrid uno de sus primeros talleres itinerantes de periodismo, declaró en 1995 al diario El País: ‘Yo no tengo nada que enseñar, pero tomé conciencia de que no quería llevarme conmigo la experiencia de casi toda una vida. Pensé que la única manera de contarla era al estilo de los antiguos maestros del Renacimiento, de persona a persona. Pero como esto era una exageración, decidí reunirlos de diez en diez’.

 

Considero al periodismo como un género literario al mismo nivel que la novela, la poesía, el cuento y el teatro. Y es importante porque es un género literario con los pies puestos sobre la tierra. La literatura permite evadirse, pero con la formación periodística un cable lo retiene a uno en el suelo. Un escritor con los pies en la tierra y un periodista capaz de volarse es lo que soy; esencialmente un narrador de historias. Y es una lástima que no pueda también contar en las canciones, porque eso me gustaría más todavía. Pero nunca lo he podido hacer y lo lamento mucho.

 

La vocación de García Márquez era contar historias mediante relatos de no ficción —crónicas, reportajes y artículos de opinión— y relatos de ficción: cuentos, novelas y guiones. De haber podido, también lo hubiese hecho a través de la composición de canciones. A principios de la década de los ochenta del siglo anterior intentó hacer un álbum de boleros junto al mexicano Armando Manzanero: él pondría las letras y el mexicano la música. Gabo desistió porque no pudo resumir sus argumentos a siete u ocho versos. ‘Es la vaina más difícil que hay’, le dijo a la Revista Coralibe en abril de 1981.

 

La cantidad de investigación que hay de medicina de la época en Del amor y otros demonios es enorme. Lo que tuve que aprender sobre la lepra, lo que tuve que aprender sobre el asma, lo que tuve que aprender sobre todo y después lo que tuve que aprender sobre la esclavitud, lo que tuve que aprender en el lenguaje. Cada libro es un mundo que uno tiene. Pero además hay otra cosa, esa investigación la hago yo mismo, pero siempre tengo mucha gente que me ayuda. Mis amigos médicos, mis amigos abogados, mis amigos brujos. Siempre los consulto.

 

La curiosidad sin límites, la relación con las fuentes y la investigación del dato preciso conectan su experiencia periodística con su creatividad literaria. Los médicos de Macondo, un libro del investigador Juan Fernández de la Gala que publicará la Fundación Gabo en 2022, da cuenta de cómo muchas descripciones en novelas de García Márquez sobre procesos fisiológicos y enfermedades tienen una exactitud admirable con el mejor estilo literario, gracias a las exhaustivas indagaciones en textos científicos y a las consultas a médicos y expertos que le acompañaban en el proceso de escritura. Tal vez es debido a la verosimilitud de sus realidades imaginarias que en medio de la pandemia global a muchas personas les resultaron proféticas la cuarentena impuesta a los habitantes de Macondo para evitar la propagación de la peste, la certidumbre de que la enfermedad sólo se transmitía por la boca y la esperanza de que con el tiempo el pueblo volvería a la normalidad. El carácter premonitorio de esos pasajes de Cien años de soledad inspira el cortometraje La peste del insomnio que la Fundación Gabo lanzó en 2020, producido y dirigido por el venezolano Leonardo Aranguibel con la contribución de treinta actores y actrices de América Latina.

 

No hay nada de lo que haya escrito que no esté en la realidad. Lo que hago es transmutar poéticamente la realidad. Mucha gente dice que tengo una gran imaginación, pero para los que viven en estos pueblos del Caribe saben que esa imaginación es la verdad de esa realidad.

 

En una columna de 1981 titulada ‘Fantasía y creación artística’, García Márquez escribió que el gran desafío de los artistas en América Latina y el Caribe no era la invención de tramas y personajes originales sino hacer creíble su realidad. Sobre este desafío, transformado en principio narrativo, el autor colombiano sustentó su obra. Cada momento ‘mágico’ dentro de sus historias tuvo su origen en un episodio real. Sus memorias, Vivir para contarla, son un intento por describir las situaciones verdaderas y asombrosas que inspiraron sus cuentos y novelas.     

 

El Caribe es una región en la que se da una perfecta simbiosis entre el hombre, el medio natural y la vida cotidiana. Viví en un pueblo olvidado de la selva calurosa en la ciénaga caribeña de Colombia. Allí, el olor de la vegetación descompone los intestinos. Es una realidad en la que el mar tiene todos los azules imaginables, los ciclones arrastran las casas por los aires, los pueblos subsisten bajo el polvo y el calor invade todo el aire respirable. Para el habitante del Caribe las catástrofes naturales y las tragedias humanas son el pan de cada día. Y en medio de ese mundo existe además la fuerte influencia de las mitologías traídas por los esclavos, mezcladas a la mitología de los indios del continente y a la imaginación andaluza. Eso ha producido un espíritu muy peculiar, una visión de la vida que da a todo un aspecto maravilloso, y que aparece en mis novelas. Es el lado sobrenatural que tienen las cosas, una realidad que, como en los sueños, no está regida por leyes racionales.

 

Un universo que se escapa a la racionalidad. En Macondo, como en el Caribe, la realidad cede a lo sobrenatural y la fantasía. Gracias a un permanente encuentro entre distintas culturas, con sus supersticiones y mitologías, lo maravilloso ocurre cotidianamente.

 

Mis influencias, sobre todo en Colombia, son extraliterarias. Creo que más que cualquier otro libro, lo que me abrió los ojos fue la música, los cantos vallenatos. Te estoy hablando de hace muchos años, cuando el vallenato apenas era conocido en un rincón del Magdalena. Me llamaba la atención la forma cómo ellos contaban, cómo se relataba un hecho, una historia, con mucha naturalidad. Esos vallenatos narraban como mi abuela.

 

Su obra literaria se nutre de la cultura popular. Su abuela materna, Tranquilina Iguarán, no sólo le transmitió al nieto sus miedos inspirados en fantasmas y basiliscos y un profundo respeto a los presagios, sino también un castellano repleto de arcaísmos. Los juglares vallenatos se valían de los mismos recursos verbales para referir sus anécdotas. Esta especie de cantares de gesta fueron determinantes para la estructura narrativa de Cien años de soledad. En la novela aparecen con nombre propio dos juglares importantes de Colombia: Francisco el Hombre y Rafael Escalona.

 

Yo sería un autor distinto del que soy si a los veinte años no hubiese leído La señora Dalloway. Recuerdo haberla leído mientras espantaba mosquitos y deliraba de calor en un cuartucho de hotel, por la época en que vendía enciclopedias y libros de medicina en La Guajira colombiana. Transformó por completo mi sentido del tiempo. Quizá me permitió vislumbrar en un instante todo el proceso de descomposición de Macondo y su destino final. Me pregunto si no sería el origen remoto de El otoño del patriarca, que es un libro sobre el enigma humano del poder, sobre su soledad y su miseria.

 

La formación del estilo de García Márquez debe tanto al modernismo anglosajón como a la poesía y la novela del Siglo de Oro español. Las lecturas tempranas de James Joyce, Ernest Hemingway y William Faulkner fueron indispensables para consolidar su prosa. Sin embargo, su encuentro con las obras de Virginia Woolf merece un capítulo aparte. La escritora londinense lo impactó tanto que García Márquez empezó a firmar sus columnas en periódico El Heraldo de Barranquilla con el seudónimo ‘Septimus’, en honor al personaje Septimus Warren Smith de La señora Dalloway.

 

Siempre me ha gustado el cine, hasta el punto de que lo único que he estudiado sistemáticamente en una escuela es el cine. Nunca estudié literatura en ninguna escuela, ignoro por completo las leyes de la gramática castellana, escribo de oído, pero hice mi curso de Dirección de Cine lo mejor que pude en el Centro Experimental de Cinematografía de Roma.

 

En 1954, año en que se vinculó a El Espectador, García Márquez comenzó a escribir una columna titulada ‘El cine en Bogotá. Estrenos de la semana’, convirtiéndose en un pionero de la crítica cinematográfica en Colombia junto con Ernesto Volkening y Luis Vicens. Lo hizo durante diecisiete meses. Por aquella época ya anhelaba hacer cine, un deseo que se cumplió a partir de 1963 en México, cuando fue contratado para hacer guiones. Su interés en el montaje cinematográfico como concepto y como técnica influyó en su estrategia literaria. Escribió y colaboró con la producción de muchas películas a lo largo de su vida. Fue cofundador y profesor de la Escuela Internacional de Cine y Televisión en San Antonio de los Baños, Cuba, donde impartió talleres de historias para guionistas. Es tal vez el escritor de lengua española con más adaptaciones cinematográficas de sus libros, pero siempre se ha discutido mucho la suerte artística de esas adaptaciones, por lo que hay una enorme expectativa ante la serie que Netflix está produciendo de Cien años de soledad.

 

El dictador es el único personaje nuevo que hemos inventado en Latinoamérica.

 

Los dictadores latinoamericanos fueron sus personajes predilectos porque encarnaban dos temas recurrentes de su obra: el poder y la soledad. El otoño del patriarca es una novela consagrada a esta predilección. Para construir al dictador que la protagoniza se inspiró en retazos de dictadores del continente, sobre todo en el venezolano Juan Vicente Gómez. En ‘La soledad de América Latina’, su discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura, puede constatarse su conocimiento sobre los desafueros y excentricidades de estos déspotas latinoamericanos: desde el general Antonio López de Santa Anna y los funerales que le hizo a su pierna derecha, hasta el general Maximiliano Hernández Martínez y su péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados.

 

Me siento más tranquilo creyendo que se puede hacer la paz, que creyendo que no se puede hacer. Porque no me explico cómo estaría mi alma si pensara que no se va a hacer.

 

Como lo explica Gerald Martin, su biógrafo inglés, en Gabriel García Márquez: A Life (2008), el escritor utilizó el poder que le dio la fama para apostar por la búsqueda de la paz, la defensa de los derechos humanos y la autonomía política y cultural de América Latina ante Estados Unidos y otras potencias. En Colombia colaboró varias veces en los diálogos de distintos gobiernos con los grupos guerrilleros y apoyó las amnistías y las negociaciones de paz. Mantuvo contra viento y marea su relación con Fidel Castro en Cuba, pero la usó para mediar por la liberación de presos políticos, conseguir permisos de salida de la isla para opositores del régimen y obtener apoyo para el nuevo cine latinoamericano. Bill Clinton de Estados Unidos, Omar Torrijos de Panamá, Felipe González de España y muchos líderes de distinto signo político de Colombia y otros países cultivaron su amistad. Gabo estuvo siempre abierto a dialogar con gente de todas las tendencias políticas, aunque se declaraba de izquierda. Creía que el desarrollo de un país se lograba con una buena educación, que las balas eran innecesarias y el terrorismo injustificable porque ‘como método revolucionario es un disparate’.

 

En cualquier lugar del mundo en el que esté yo estoy escribiendo una novela colombiana.

 

Pese a sus múltiples viajes alrededor del mundo y a los diversos países en los que vivió (especialmente México, donde estableció su domicilio principal), García Márquez regresaba constantemente a los apartamentos y casa que mantenía en Cartagena, Bogotá y Barranquilla. Jamás escribió un libro en el que no estuviera involucrado el contexto cultural colombiano. Las tramas y espacios de sus diez novelas poseen atributos de su país natal. ‘Soy tan refractario que tengo la impresión de que todos los lugares en los que he estado no han logrado cambiarme’, confesó en una entrevista con el periodista barranquillero Ernesto McCausland: ‘Soy tan crudo como cuando estaba en Aracataca’.

 

 

* Este artículo fue escrito por Jaime Abello Banfi y Orlando Oliveros, y se publicó originalmente en la primera edición latinoamericana de The London Magazine (diciembre de 2021/ enero de 2022).

 

Referencias hemerográficas:

  1. ‘María es un texto sagrado…’. José Hernández. El Tiempo, marzo de 1990.
  2. ‘El mundo de Gabo’. Darío Arizmendi. El Mundo, octubre de 1982.
  3. ‘Me gustaría más cantar que escribir’. Christiane Muratelle. Cosas, octubre de 1995.
  4. ‘Entrevista radial a Gabriel García Márquez’. Darío Arizmendi. Caracol Radio, mayo de 1991.
  5. ‘Gabo, el otro’. Gustavo Tatis. El Colombiano, septiembre de 1996.
  6. ‘Entrevista. Gabriel García Márquez’. El Correo de la Unesco, octubre de 1991.
  7. ‘El viaje a la semilla’. Carlos Jiménez, Humberto Molina y Martha Elena Restrepo. El Manifiesto, septiembre y octubre de 1977.
  8.  ‘García Márquez y la música’. Armando López. Opina, 1984.
  9. El olor de la guayaba. Plinio Apuleyo Mendoza. 1982.
  10.  ‘En mis tiempos libres no me queda más remedio que escribir novelas’. Hernando Piñeros. El Espectador, agosto de 1987.
  11. ‘La buena hora de GGM’. Francisco Urondo. Cuadernos hispanoamericanos, abril de 1969.
  12. ‘GGM y Cambio’. Plinio Apuleyo Mendoza. RCN Radio, febrero de 1999.
  13. ‘Gabo habla del Caribe’. Ernesto McCausland. 1994.

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