Avión, García Márquez
Lectura

5 historias de Gabriel García Márquez para leer en el avión

Cinco textos del escritor colombiano para leer antes, durante y después de un vuelo en avión.

Redacción Centro Gabo

Aunque fue una persona que viajó muchas veces en avión, especialmente en sus años de fama, Gabriel García Márquez siempre sufrió cada vuelo como si fuera el último. Le temía al avión y odiaba los aeropuertos. En Vivir para contarla, relata que su primer viaje en avión fue en enero de 1946 a bordo de un DC-3 de la empresa LANSA que tenía como destino Bogotá. Aquel desplazamiento por el cielo colombiano estuvo marcado para toda la vida por el peligro de las vacas sueltas que merodeaban en la pista del aeropuerto improvisado, las oraciones de los pasajeros que temían una tragedia inminente y las palabras de consolación de las azafatas que decían que no había riesgo de tropezar con las bandadas de gallinazos que se elevaban sobre el río.

Desde entonces, quizás por la sensibilidad de ser un pasajero acobardado, cada vuelo se convirtió en un martirio y una fuente de anécdotas extraordinarias. En el Centro Gabo compartimos contigo cinco historias que el escritor colombiano publicó a lo largo de su vida sobre los viajes en avión y todo lo que ocurre en ellos.   

 

1. El amor en el aire

 

Las virtudes de tener sexo en la altura. García Márquez publicó este artículo en El País de España el 4 de marzo de 1981. En él narró muchos de los hábitos y las formas de hacer el amor durante un vuelo en avión. Se trata de una recopilación minuciosa de diferentes historias de “amores en el aire” que se llevan a cabo en los asientos y en los baños de los aviones y que involucran personalidades como Howard Hughes y Arnold Schwarzenegger.

 

El amor es el remedio más drástico para el miedo al avión. En efecto, los científicos dicen que no hay mejor tranquilizante que el orgasmo. Además, si uno lo piensa bien, nada demuestra que esté prohibido intentarlo en los aviones. Está prohibido fumar durante el decolaje y el aterrizaje, en algunas áreas del avión y, sobre todo, en los servicios sanitarios, y por eso hay un letrero que se enciende y se apaga para recordarlo. Esto permite pensar que si estuviera prohibido hacer el amor habría también un letrero similar. Más aún: en mis miedos indómitos sobre todos los océanos nocturnos he tenido la paciencia de leer muchas veces el texto microscópico del contrato de vuelo impreso en los billetes y no he encontrado cláusula alguna que se oponga a ninguna función natural. De modo que si usted no lo hace debe ser simplemente por un malentendido. ¡Adelante, pues, y feliz viaje!

 

2. El avión de la bella durmiente

 

“El avión de la bella durmiente” fue un cuento que Gabo terminó de escribir hacia 1982 y que fue publicado en el libro de relatos Doce cuentos peregrinos diez años después, el 20 de julio de 1992. Narra la historia de un hombre que, en un vuelo de París a Nueva York, comparte asiento con una mujer misteriosa y extremadamente bella. Sin cruzar palabras, el hombre contempla a la mujer mientras duerme, reflexionando sobre la trama de La casa de las bellas durmientes de Yasunari Kawabata.

 

 El vuelo de Nueva York, previsto para las once de la mañana, salió a las ocho de la noche. Cuando por fin logré embarcar, los pasajeros de la primera clase estaban ya en su sitio, y una azafata me condujo al mío. Me quedé sin aliento. En la poltrona vecina, junto a la ventanilla, la bella estaba tomando posesión de su espacio con el dominio de los viajeros expertos. “Si alguna vez escribiera esto, nadie me lo creería”, pensé. Y apenas si intenté en mi media lengua un saludo indeciso que ella no percibió.

   Se instaló como para vivir muchos años, poniendo cada cosa en su sitio y en su orden, hasta que el lugar quedó tan bien dispuesto como la casa ideal donde todo estaba al alcance de la mano. Mientras lo hacía, el sobrecargo nos llevó la champaña de bienvenida. Cogí una copa para ofrecérsela a ella, pero me arrepentí a tiempo. Pues sólo quiso un vaso de agua, y le pidió al sobrecargo, primero en un francés inaccesible y luego en un inglés apenas más fácil, que no la despertara por ningún motivo durante el vuelo. Su voz grave y tibia arrastraba una tristeza oriental.

   Cuando le llevaron el agua, abrió sobre las rodillas un cofre de tocador con esquinas de cobre, como los baúles de las abuelas, y sacó dos pastillas doradas de un estuche donde llevaba otras de colores diversos. Hacía todo de un modo metódico y parsimonioso, como si no hubiera nada que no estuviera previsto para ella desde su nacimiento. Por último bajó la cortina de la ventana, extendió la poltrona al máximo, se cubrió con la manta hasta la cintura sin quitarse los zapatos, se puso el antifaz de dormir, se acostó de medio lado en la poltrona, de espaldas a mí, y durmió sin una sola pausa, sin un suspiro, sin un cambio mínimo de posición, durante las ocho horas eternas y los doce minutos de sobra que duró el vuelo a Nueva York.

 

3. Seamos machos: hablemos del miedo al avión

 

Un emblemático texto sobre el pánico a abordar un avión. Apareció en El País de España en su edición del domingo 26 de octubre de 1982 y cuenta los temores de García Márquez cada vez que tiene que volar. Gabo también aprovecha para relatar las experiencias difíciles que en este asunto han tenido otros artistas como el director de cine Ruy Guerra, el pintor Pablo Picasso y los escritores Jorge Amado, Miguel Otero Silva y Carlos Fuentes.

 

Una vez, siendo reportero de un diario de Bogotá, en una época irreal en que todo el mundo tenía veinte años, me mandaron con el fotógrafo Guillermo Sánchez a perseguir una mala noticia en uno de aquellos Catalinas anfibios que habían sobrado de la guerra. Volábamos sobre la plena selva de Urabá sentados en bultos de escobas, porque asientos no había en aquel sepulcro volante, ni una azafata de consolación a quien pedirle el número de su teléfono en el paraíso, y de pronto el avión se metió a tientas por donde no era y se extravió en un aguacero bíblico. No sólo llovía afuera, sino también adentro. Agarrándose a duras penas, el copiloto nos llevó un periódico para que nos tapáramos la cabeza, y vimos, con asombro, que apenas si podía hablar y le temblaban las manos.

   Ese día aprendí algo muy alentador: también los pilotos tienen miedo, sólo que a ellos, como a los toreros, no se les nota tanto en el temblor de las manos como en las supersticiones. Un amigo español -tan temeroso del avión que nunca viajaba sentado- lo descubrió una mala noche de invierno en que lo invitaron a presenciar el decolaje en la cabina de mando. Era en Nueva York, durante una tormenta de nieve, y la tripulación permaneció muy serena en la cabeza de la pista, hasta que le dieron la orden de decolar. Entonces, como si fuera un requisito técnico insalvable, todos se persignaronal unísono. Mi amigo, comprendiendo que en el fondo de su alma también los pilotos tenían miedo, le perdió para siempre el miedo al avión.

 

4. Remedios para volar

 

Publicado en El País de España el martes 24 de febrero de 1981, este artículo explora los diversos recursos que pueden usarse contra la aerofobia y aquellos otros consuelos que poco sirven para combatirla. Es un escrito fascinante para adentrarse en las historias y detalles que ocurren al interior de un vuelo en avión, todo visto, por supuesto, desde los ojos de García Márquez.

 

Una vez más he hecho el disparate que me había propuesto no repetir jamás, que es el de dar el salto del Atlántico de noche y sin escalas. Son doce horas entre paréntesis dentro de las cuales se pierde no sólo la identidad, sino también el destino. Esta vez además fue un vuelo tan perfecto que por un instante tuve la certidumbre de que el avión se había quedado inmóvil en la mitad del océano e iban a tener que llevar otro para transbordarnos. Es decir, siempre me había atormentado el temor de que el avión se cayera, pero esta vez concebí un miedo nuevo. El miedo espantoso de que el avión se quedara en el aire para siempre. En esas condiciones indeseables comprendí por qué la comida que sirven en pleno vuelo es de una naturaleza diferente de la que se come en tierra firme. Es que también el pollo -muerto y asado- va volando con miedo, y las burbujas de la champaña se mueren antes de tiempo, y la ensalada se marchita de una tristeza distinta. Algo semejante ocurre con las películas. He visto algunas que cambian de sentido cuando se vuelven a ver en el aire, porque el alma de los actores se resiste a ser la misma y la vida termina por no creer en su propia lógica. Por eso no hay ninguna posibilidad de que sea buena ninguna película de avión. Más aún: cuando más largas sean y más aburridas, más se agradece que lo sean, porque uno se ve forzado a imaginarse más de lo que ve y aun a inventar mucho más de lo que se alcanza a ver, y todo eso ayuda a sobrellevar el miedo.  

 

5. Otra vez del avión a la mula… ¡Qué dicha!

 

El miércoles 3 de febrero de 1982 el diario El País de España publicaba esta columna donde García Márquez hablaba de las extrañezas que implicaban hacer un vuelo en el Concorde, aquel famoso avión franco-británico que rompía la barrera del sonido y alcanzaba velocidades cercanas a los 2200 kilómetros por hora. En este texto, el escritor colombiano evoca nuevamente su miedo a volar y advierte, con cierto alarmismo, que “una simple fisura invisible bastaría para convertirlos a todos en glorioso polvo de estrellas”, siendo esto “no sólo la forma más moderna de morir, sino tal vez la única garantizada de morir para siempre en cuerpo y alma”.

 

En el Concorde la confusión del tiempo es más amarga, porque uno sale de París a las once de la mañana y llega a Nueva York a las ocho de la mañana del mismo día. Los más avanzados en estos misterios de la ciencia habíamos terminado por aceptar la confusión convencional de que uno saliera de París a las doce del día y llegara a Nueva York a las dos de la tarde, después de haber volado siete horas. Pero desayunar una vez en París y volver a desayunar otra vez en Nueva York el mismo día a la misma hora es una usurpación inadmisible de los misterios reservados a la poesía.  

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