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La leyenda de un niño llamado Gabriel

La historia familiar del escritor colombiano Gabriel García Márquez y la profecía que auguró el éxito universal de su trayectoria literaria.
Gabriel Torres García

Siempre escuché a mi madre contar la historia de su abuela paterna, a quien cariñosamente llamaban mamá Gime. Fue la madre del Gabriel Eligio García y su nombre de pilas era Argemira García Paternina. Nació en Caimito, Bolívar, hoy departamento de Sucre, en 1885 y murió 1950; era hija de Aminadab García con María de los Ángeles Paternina.

 

Para ese entonces, Caimito era uno de los municipios con mayor comercio en la región, siendo puerto apetecido por todos aquellos comerciantes que remontaban el río San Jorge y el Magdalena. Su principal abastecedor siempre fue el municipio de Magangué  y la prosperidad atrajo a sus orillas desde todas las regiones gente de buena y mala calaña. Poco tiempo después esa misma región próspera y fértil daría origen a una guerra sin cuartel por el poder de la tierra, que alcanzó niveles críticos y obligó a Aminadab a salir de allí para proteger a su familia. Ese escape se convirtió al mismo tiempo en la búsqueda de un mejor vivir, ahora su destino y esperanza estaban encaminados hacia la villa de San Luis de Sincé, la cual se encontraba viviendo el surgimiento de una bonanza agrícola y ganadera. Como toda población del Caribe, la llegada de unos nuevos habitantes se convertía en la novedad del momento y el eco de su presencia se regó por sus calles al ritmo de los vientos de marzo. Fue entonces cuando se supo en Sincé que había llegado con esa familia una joven de catorce años, bonita, esbelta y elegante, que llamo la atención de todos los jóvenes.

 

Los pretendientes no se hicieron esperar. Lo más sorprendente para su familia, pero también lo menos sospechable (por ser un hombre que le doblaba su edad, casado y con hijos), fue que con el pretexto de unas clases a domicilio, Gabriel Martínez Garrido lograra envolver a su hija en las telarañas del amor, en tiempos en que ella pisaba los albores de la adolescencia. Después de un tiempo, el producto de estos encuentros académicos saldría a la luz pública. Argemira García, con sus escasos quince años quedó embarazada, cuando apenas tuvo tiempo de apartar las telarañas del sueño inocente de la niñez.   

 

Varios meses después nació el primero de siete hermanos, hijos todos de Argemira García, con cuatro hombres diferentes y en tiempos distintos, pero siempre encaminada a que el hombre del momento fuera quien se quedara a su lado para toda la vida. Así nacieron luego de Gabriel Eligio: Luis Enrique, hijo de Luis Alfredo Olivero; Benita, Gabriel  Julio y Enna Marquesita de Santos Bejarano; Eliecer Carmelo y Adán Reinaldo de Adán Núñez. Como era propio de la época, los hijos nacidos fuera del matrimonio adoptaban el apellido materno. Fue el caso de Gabriel Martínez Garrido, quien era hijo de Leandro Garrido Piñeres con Sotera Martínez,  historia que a su vez se repitió en su hijo Gabriel Eligio García Martínez, ya que Gabriel Martínez Garrido era casado con Rosa Mesa.  De tal forma que la familia García Márquez, si no tuviéramos en cuenta los prejuicios de la época, serían Garrido Márquez.

 

Gabriel Martínez Garrido, el tuerto. Nació en 1868 y murió 1953. De su unión matrimonial con Rosa Mesa nacieron Leticia, Plinio, Ercilia, Hermógenes y Narcisa Martínez Meza. Fue un hombre predestinado para la pedagogía, todo el tiempo se le notaba la pulcritud del protocolo y siempre se le veía vestido de Liki –Liki. Una de las virtudes que más se le conoció era la memoria perfecta que poseía, decían que podía grabar en una sola lectura todo lo que pasaba por sus ojos y memorizaba una canción casi al tiempo en que la escuchaba. Virtud que a lo mejor le heredaría algunos de sus  tantos nietos. Esa memoria prodigiosa le ayudó para ser un excelente pedagogo. Se desempeñó durante un año  como Registrador del Circuito de Sincé, en la segunda década del siglo XX, pero como no era un hombre para ser sometido a un horario, renunció y se dedicó únicamente a la enseñanza a domicilio.

 

Argemira García fue una mujer alegre, dicharachera, que siempre  tenía una frase de agradecimiento para un halago y una respuesta certera para una ofensa. Vivió su vida como mejor le pareció, sin ataduras y sin aceptar las presiones de una sociedad dictatorial machista, en donde la mujer tenía muy pocas opciones; buscó en varias momentos de su vida la oportunidad errada de una felicidad esquiva en medio de amores furtivos, pero aun así con sus intentos fallidos de encontrar un hombre de su talla, nunca permitió que esos azares de la vida le arrebataran sus sueños. Dedicó su tiempo y vigor a la crianza de sus hijos y no se dejó amedrentar por el destino, fue una mujer pujante que se ganó a pulso el reconocimiento y respeto de un  pueblo, en tiempos en que a la mujer no se le perdonaba un tropiezo.

 

Cuenta Mamá Gime que el día en que Gabriel Eligio García  Martínez vino a este mundo, un domingo de adviento primero de diciembre de 1901, en la población de San Luis de Sincé, la mujer que lo recibió, a quien le atribuían dones premonitorios, vaticinó una sentencia que tendría que aguardar ochenta y dos años para que literalmente pudiera cumplirse: “Este niño que acaba de nacer, tendrá un nombre poco común en este pueblo, pero él a su vez tendrá un hijo que hará que este mismo nombre le dé la vuelta al mundo”.

 

Ni en el más alucinante de sus días, Gabriel Eligio García creyó que esa historia que le había contado su madre acerca de su nacimiento y la que luego contaría ella a todos sus nietos, llegaría a ser tan certera como lo fue. Tendrían que pasar muchos años y él habría de recorrer muchos caminos,  para que la historia comenzara a tomar su propio cauce.

 

Siendo telegrafista en la región de Achi, le nació un hijo a quien llamó Abelardo. Un par de años más tarde sería en San Marcos, donde llegó al mundo una niña que llamaría Carmen Rosa. Tiempo después en su vida de judío errante, una recomendación del padre aguado arzobispo de Sucre lo llevó hasta la población de Aracataca, a cumplir sin él saberlo en ese entonces una cita ineluctable que le debía al destino.  Aracataca era un pueblo con almendros polvorientos en la plaza principal, donde decían que en el esplendor de la fiebre del banano bailaban en noches de fandango con fajos de billetes encendidos, donde se escuchaba el trueno que a las tres de la tarde servía como despertador para la siesta y donde la llegada del tren con su sonido desgarrador y su pito de lamento eran todos los días la novedad en el pueblo.

 

Fue en ese mismo tren de lamento en el que un buen día de Dios llegó Gabriel Eligio con el oficio innovador de la telegrafía a la tierra donde se encontraba la mujer que la vida tenía reservada para él y con quien protagonizaría una historia de amor que los llevaría a quererse hasta que la muerte o la memoria se los permitió.

 

No podía ser otra que Luisa Santiaga Márquez Iguarán, la hija del coronel Nicolás Ricardo Márquez, un militar veterano de la Guerra de los Mil Días, y Tranquilina Iguarán Cotes, una mujer guajira experta en asuntos proféticos, con una imaginación desbordada, portando el gen del mamagallismo serio.

 

Luisa Márquez fue criada en medio de las comodidades que le ofrecía ser la hija del Coronel, con una educación privilegiada en el Colegio de la Presentación de la Santísima Virgen en Santa Marta. Se hizo una virtuosa del clavicordio y el piano gracias a las tediosas clases del medio día y acompañó a Gabriel Eligio, quien tocaba el violín, a improvisar los  valses de moda.  Sus virtudes más notorias desde la juventud siempre fueron el sentido del humor y esa salud de hierro que los acechos de la adversidad no lograrían derrotar en su larga vida. Pero la más sorprendente y aún también la menos sospechable, era la manera excepcional con que lograba esconder la tremenda fuerza de su carácter, la misma que le sirvió para definir esta unión cuando enfrentó a sus padres con ese temple que llevaba tatuado a su espíritu y un ímpetu de guerrera implacable, armas que le servirían para enfrentar a la vida y salir triunfante ante la adversidad.  Pasó de ser esa hija sumisa y obediente, a una luchadora ingeniosa y encarnizada por el amor de un forastero romántico y trasnochador que, sin embargo, no se fumó un cigarrillo, ni se tomó un trago de alcohol en sus ochenta y tres  años de vida.

 

Fue enviada a temperar en las frescas tierras de Manaure, un recodo paradisíaco en las estribaciones de la Sierra Nevada, para que se desintoxicara de ese amor pernicioso del que estaba siendo víctima. Pero su ingenio y su tenacidad se impusieron ante las vicisitudes de una madre protectora y contrario a los planes establecidos, mantuvo comunicación con su enamorado todo el tiempo gracias a la magia de las comunicaciones telegráficas. En cada pueblo donde llegaba, su novio el telegrafista lo sabía de antemano, gracias a la complicidad de sus compañeros de oficio, a tal punto que en alguna ocasión solo accedió ir a una fiesta que la habían invitado unas primas cuando supo del consentimiento de su novio. Anécdota que de la vida real fue a parar la ficción y quedo plasmada en uno de los tantos libros escrito por su hijo Gabriel José, El Amor en los tiempos del cólera.

 

Con una carta de Monseñor Pedro Espejo, vicario en esa época de la diócesis de Santa Marta y amigo personal de la familia Márquez Iguarán, en la que les explicaba que las referencias que le habían dado sobre el señor García eran muy buenas y que además les confesaba su certidumbre creciente e irremediable de que no había poder humano capaz de derrotar aquel amor empedernido. Los padres de la novia no tuvieron más remedio que resignarse ante la decisión inquebrantable de su hija. De esa forma y sin mayor impedimento Luisa Márquez se casó con Gabriel Eligio el 11 de junio de 1926 en la catedral de Santa Marta, cuarenta minutos más tarde de lo previsto, porque la novia se había quedado dormida.

 

Ocho meses y  veintitrés días después nació el primero  de once hijos (siete varones y cuatro mujeres), un domingo 6 de marzo de 1927 a las nueve de la mañana, bajo un aguacero inclemente que no pertenecía a esa estación del año, mientras en las nubes del cielo se vislumbraba, después de varias horas de lluvia, las primeras ráfagas de un nuevo sol que llenaba de luz el ámbito en la zona bananera.

 

Por aquellos azares del destino, debió llamarse Olegario. Según el calendario santoral, sería el nombre que le correspondía. Su primer nombre, Gabriel, fue por su padre; el segundo, José, por ser el patrono de Aracataca y el tercero, De la Concordia, fue propuesto debido al aire conciliador que se respiraba entre la familia de Nicolás Márquez y Gabriel García, el telegrafista. Por complicidad de Luisa Márquez con su madre Tranquilina Iguarán, y para terminar de calmar los ánimos entre las dos familias, decidieron dejar al niño al cuidado de los abuelos maternos, quienes le ofrecieron lo maravilloso de dos mundos. El abuelo le hablaría de sus historias y personajes de la guerra, lo trataba y lo dejaba actuar como a un adulto, situación que al niño le sirvió como estimulación temprana para encontrar y explotar muchos de sus dones. Tenía a su disposición una pared en la oficina del abuelo para que pintara todo lo que se le ocurriera. Terminó siendo la manera en que el niño se comunicaba con el resto del mudo, incluso mucho antes que aprendiera a leer y a escribir. El destino le estaba mostrando que su camino en la vida consistía en observar para después contar el cuento.

 

No sé si esto  fue definitivo para su vida de escritor, pero al menos lo estimuló a expresar todo lo que veía o sentía en su entorno. El abuelo sería como su polo a tierra a la realidad, mientras la abuela, con su cultura guajira, le mostraría el mundo mítico de los parientes muertos que seguían conviviendo con ellos de una manera tan natural que dudarlo  sería lo absurdo.

 

Sus abuelos nunca alcanzarían a imaginar –y en vida no llegarían a saber– que esa experiencia en que envolvieron a su nieto le serviría para moldear los cimientos de un universo ilusorio con el que le mostró al mundo cuál era nuestra realidad, revistiéndola de grandeza gracias a la magia embrujadora del Caribe.

 

El 17 de abril de 2014, un jueves santo, lo mismo que Úrsula Iguarán, el personaje de Cien Años de Soledad, Gabriel José falleció. Al Igual que en el año de 1982, cuando se supo la noticia de que la Real Academia de la Lengua Sueca le había otorgado el premio Nobel de Literatura, su nombre se vio repetido en cuestión de minutos, una y otra vez en todos los medios noticiosos del planeta, cumpliéndose así en ambas oportunidades lo que fue vaticinado por aquella partera. Hoy que se nos fue, su recuerdo quedará viviendo una vida sin edad, suspendida en el tiempo. Su imagen permanecerá intacta en sus libros, ajena al paso de los años, mientras afuera en la vida real seguirán envejeciendo los siglos.

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