Lectura

Cien años de soledad como novela bananera

Las notas escritas por Roberto Herrscher de un viaje a Boston para investigar el mundo desaparecido de la United Fruit Company.

Redacción Centro Gabo

 

Por: Roberto Herrscher*

 

Patio central del campus de la Universidad de Harvard, en Cambridge, Massachusetts. Cae plomiza y aguada la tarde del 17 de septiembre de 2009. Mañana a las 9 comienza mi sesión en la Biblioteca Baker, para estudiar las fotos del archivo de la United Fruit Company.

Anoche mi amiga June Erlick, la directora del programa Rockefeller de Estudios Latinoamericanos en Harvard, quien me ha alojado en su casa durante los días de mi investigación, me dio una gran noticia. Sergio Ramírez, el antiguo vicepresidente de la Nicaragua sandinista, el laureado ensayista, narrador, cronista y estudioso de la literatura y la política latinoamericana, está enseñando este semestre en Harvard, y esta tarde tiene una clase sobre la novela realista en el aula 403 del Edificio Boylston.

Boylston es una de las señoriales cajas cuadradas de ladrillo rojo que bordean el patio central, el centro histórico de Harvard. June está matriculada en el curso, y me invita a ir de oyente.

Mientras camino desde la estación del tranvía, bordeando librerías especializadas y cafeterías estudiantiles, pienso en la suerte, la coincidencia de que justo hoy esté aquí este titán de las letras centroamericanas, probablemente el más importante escritor vivo del istmo.

Estas coincidencias, que jalonan mis viajes bananeros, son como migas de pan en la larga senda por la que transito en estos años de búsqueda. Voy por un bosque oscuro, entre viajes, entrevistas, escenas vistas y narradas, lecturas y parvas de libros y artículos y fotocopias descoloridas y páginas web de origen incierto. ¿Dónde voy? ¿Estoy avanzando? Hay claros en el bosque y por ahí avanzo, pero no estoy seguro de que sean trillos abiertos en la maleza que me lleven a mi destino.

Y cada tanto, en una larga charla aparece un destello de luz, amigos como June me dan consejos y cobijo y me cuentan historias, como su entrevista a Monseñor Oscar Romero, mártir de El Salvador, o como su investigación de la muerte de una periodista guatemalteca, en lo más duro de la violencia de los ochenta.

Hoy voy a preguntarle a Sergio Ramírez por la novela bananera. Después de todo, la edición especial que las academias de la lengua de Iberoamérica hicieron de Cien años de soledad se cierra con un texto de Ramírez en el que habla de la United Fruit Company, de Macondo como pueblo bananero. Para Ramírez este es un dato crucial: Macondo es el espejo realista y mágico de Aracataca, el poblado caribeño donde nació Gabriel García Márquez en 1927.

“Atajos de la verdad” se llama el ensayo de Ramírez, que cierra la edición conmemorativa del clásico de García Márquez. La ficción como atajo hacia una verdad más profunda, más real que la realidad. “Atajos de la verdad” comienza definiendo la América hispana como un territorio imaginario, soñado desde el principio de la conquista. “Esa cualidad de poder borrar las fronteras entre ilusión y realidad, tan sustancial a la literatura, fue también de los conquistadores y cronistas de la conquista, y de muchos otros geógrafos y cartógrafos, exploradores y naturalistas que penetraron en el nuevo mundo”.

Venían con su mente enfebrecidas de monstruos, fábulas, sagas: eran producto de las novelas de caballería, aunque no pudieran leer. A medida que avanzaban en busca de ciudades de oro y lagos de la eterna juventud, nombraron las tierras como los sitios míticos de los libros caballerescos: California, Patagonia, Florida, Amazonia, los nombres provenían de las novelas de caballería.

“Así nacía una narración al mismo tiempo que nacía un continente, y desde entonces no ha sido posible separar la mentira de la verdad, que es el punto donde la escritura de invención alcanza su apogeo”.

Pero, advierte Ramírez, los pueblos indígenas tenían “su propia cosmogonía imaginativa, y un rico credo acerca del oficio implacable de los dioses”. Y cuando llegaron los esclavos africanos, “sus historias orales y sus ritos, los fetiches y las hechicerías, su familiaridad con los ancestros muertos, y sobre todo sus dioses tan maleables, capaces de fundirse en los altares con los santos católicos vinieron a formar parte de esa triple amalgama imaginativa, europea, indígena y africana, que pasaría a permear la conducta cotidiana, donde el prodigio se volvió parte de lo real”.

Ese mundo ritual, mágico, donde los portentos se pasean cómodamente por el paisaje tropical es el fermento de Macondo, explica Ramírez. Su punto de fricción es el choque entre este mundo real e imaginario a la vez, por un lado, y por otro el proyecto racional, utópico, europeo, de las élites latinas.

“El ajuste de cuentas pendientes entre el mundo rural, que sobrevive pese a todo, y nuestra idea ilusionada de civilización, entre lo arcaico, conservado como estrato geológico y lo moderno, entrevisto como panacea, es la marca fundamental de nuestra cultura. Eso que se ha dado en llamar ‘realismo mágico’ no es más que el choque de imágenes y concepciones entre el terco universo rural que sobrevive y nuestra idea de modernidad nunca alcanzada del todo”, escribe, como con pena, el novelista.

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No puedo dejar de pensar que hace varias eras geológicas, Sergio Ramírez fue el vicepresidente de un proyecto revolucionario que buscó traer la racionalidad y la cultura y la justicia a su castigada Nicaragua.

En la novela latinoamericana van floreciendo, como en el imaginario rural, el patriarcado como forma política y los caudillos como su máxima expresión. Lazos y venganzas de sangre, represión y explosión sexual, luchas fratricidas entre liberales y conservadores: todo se cuenta en la novela de la primera mitad del siglo XX, y en Cien años de soledad esa historia real e inventada alcanza su apoteosis en la forma en que García Márquez logra plasmar el mundo mítico-real en su genial invento, la aldea caribeña de Macondo.

El lugar es el de su infancia: García Márquez creció en Aracataca, donde muchas de las cosas imposibles de Macondo fueron ciertas. Y el tono de la novela es el de su abuela, la forma en que su abuela y sus mayores contaban las fábulas más extrañas: como si fuera lo más natural del mundo.

“Es decir”, explicó hace años García Márquez en una entrevista, “en un tono impertérrito, con una serenidad a toda prueba que no se alteraba, aunque se le estuviera cargando el mundo encima, y sin poner en duda en ningún momento lo que estaban contando, así fuera lo más frívolo o lo más truculento, como si hubieran sabido aquellos viejos que en literatura no hay nada más convincente que la propia convicción”.

La saga mágica de los Buendía, del pueblo y del país, sumergidos todos en guerras excesivas y en cópulas fabulosas, se acopla con la historia socio-política en la página 256 de esta edición de Cien años de soledad. Para el escritor centroamericano, el libro da un vuelco definitivo con la llegada a Macondo de la compañía bananera, “un impacto suficiente para convertir Macondo en algo desconocido aún para sus propios habitantes”.  

El Ramírez literato, estudioso del realismo mágico se pelea en su página con el político, el soñador de la Nicaragua imposible.

¿Cuál de los dos escribe esto?: “La aparición de la United Fruit Company, diosa poderosa que, al crear enclaves bajo sus propias leyes, con su policía, sus comisariatos, su propia moneda, sus ferrocarriles y sus puertos, trastoca y pervierte el mundo rural”.

A partir de aquí, Ramírez nos cuenta esa historia: “Desde inicios del siglo XX, y durante al menos cincuenta años, la United Fruit pone en jaque la soberanía de Guatemala, Costa Rica, Honduras, Panamá y Colombia. Quita y pone presidentes a través de golpes de Estado y controla a los diputados para que voten las leyes que más les convienen. Para aquellas naciones de economía rural, desperdigadas y pequeñas, el estigma de repúblicas bananeras vino a deshacer sus sueños de modernidad ideal, trocados en una modernidad falsa y vergonzante. Es el punto donde chocan de manera brutal el universo arcaico rural y el universo de la modernidad impuesta, que ahora sí ha tomado sustancia”.

No hay duda sobre lo que a Ramírez le parece esencial de la novela más importante del boom: “La apoteosis de Cien años de soledad empieza con la aparición de la compañía bananera en tierras de Macondo, y alcanza su clímax con la masacre de los trabajadores, asesinados a tiros por el ejército como castigo ejemplar a la huelga, un fenómeno de represión que llega a ser constante en todas las repúblicas bananeras”.

Aquí Ramírez da un salto inesperado, trayendo en su auxilio la novela fundacional: “Igual que en la segunda parte del Quijote, la realidad va apoderándose de la novela y los personajes pasan a tener sustancia tangible. La entrada en escena de la bananera en Cien años de soledad viene a disputarle al mito el territorio. Las demandas que los trabajadores amparan con su huelga se alejan de la imaginación: la insalubridad en las viviendas, el engaño en los servicios médicos y la iniquidad de las condiciones de trabajo”. 

“No hay nada de mito en todo esto”, recuerda Ramírez. La compañía bananera existió. Las condiciones insalubres, las horas durísimas de trabajo existieron. Los huelguistas fueron de carne y hueso, mortales. Ellos y sus esposas y sus hijos, que el 6 de diciembre de 1928 se juntaron en la plaza para escuchar un decreto del jefe civil y militar de la provincia de Magdalena.

El decreto, que existió, declaraba a los huelguistas “cuadrilla de malhechores” y facultaba al ejército para “matarlos a bala”. Las balas, los gritos, los muertos, el silencio impuesto, los cadáveres llevados a tirar al mar en trenes de carga, como banano de deshecho. 

“No hay nada de mito en todo esto”, escribe Sergio Ramírez.

 

No hay mal que dure cien años

 

¿Es Cien años de soledad una novela bananera?

No sólo, obviamente.

Pero sí, también.

Es una novela total, un enorme mural que pinta el continente entero a partir de su ombligo, o su corazón, en el Caribe doloroso y apasionado y profundo. Pero en ese mundo la vida cambia para siempre con la llegada del doble extranjero: el gringo que viene a mandar y el ejército de desarrapados trabajadores inmigrantes, que vienen a ganarse el sustento. En alguna de sus novelas anteriores los había llamado “la hojarasca”. Vienen y se marchan y no dejan huella.

En Macondo no los llama hojarasca, pero tampoco tienen cara, historia ni voz.

Ya lo había apuntado Mario Vargas Llosa en su estudio fundamental donde llama ‘novela total’ a Cien años de soledad. Al comparar la historia de Macondo con la del continente entero, el peruano apunta que “la segunda gran transformación histórica de esta sociedad (…) ocurre cuando es colonizada económicamente por la compañía bananera norteamericana y convertida en país monoproductor de materia prima para una potencia extranjera, en una sociedad dependiente. La fuente de la riqueza y el trabajo en Macondo es ahora el banano”.

Vargas Llosa comprueba que, como en los enclaves bananeros ‘reales’, Macondo se transforma en “un campamento de casa de madera con techos de zinc, y junto al pueblo surge el de los gringos, un pueblo aparte con calles bordeadas de palmeras, casas con ventanas de redes metálicas, mesitas blancas en las terrazas y ventiladores de aspas colgados en el cielorraso y extensos prados azules con pavorreales y codornices”.

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Todo había comenzado cuando Aureliano Segundo Buendía encontró por la calle al visitante norteamericano Mr. Herbert, un personaje esperpéntico “con pantalones de montar y polainas, sombrero de corcho, espejuelos con armaduras de acero, ojos de topacio y pellejo de gallo fino”. Mr. Herbert aceptó la invitación de Aureliano Segundo de comer en la espaciosa casa familiar, y “cuando llevaron a la mesa el atigrado racimo de banano que solían colgar en el comedor durante el almuerzo, arrancó la primera fruta sin mucho entusiasmo”.

Pero en un momento descubrió, “más bien con distracción de sabio que con deleite de buen comedor”, que ese fruto valía oro. Lo examinó, lo midió con instrumentos de precisión, y a la semana desembarcaban en Macondo un ejército de agrimensores, hidrólogos, topógrafos, y sobre todo una ominosa jauría de solemnes abogados vestidos de negro.

“Dotados de recursos que en otras épocas estuvieron reservados a la Divina Providencia, modificaron el régimen de lluvias, apresuraron el ciclo de las cosechas y quitaron el río de donde estuvo siempre y lo pusieron con sus piedras blancas y sus corrientes heladas en el otro extremo de la población, detrás del cementerio”.

Este es un párrafo magistral de Cien años de soledad: en él los gringos de la bananera salen del mundo de la racionalidad y la ciencia y entran de lleno en el realismo mágico.

En la transformación de Macondo en un pueblo bananero no faltó de nada, ni por supuesto el infaltable tren de las putas. “Un miércoles de gloria llevaron un tren cargado de putas inverosímiles, hembras babilónicas adiestradas en recursos inmemoriales, y provistas de toda clase de ungüentos y dispositivos para estimular a los inermes, despabilar a los tímidos, saciar a los voraces, exaltar a los modestos, escarmentar a los múltiples y corregir a los solitarios”.

Bueno, esto sí es producto de la famosa prosa hiperbólica de García Márquez: en mis conversaciones con testigos, usuarios y protagonistas, la realidad del lenocinio en las plantaciones bananeras tenía mucho menos de gloria y más de sudor agrio, tedio, violencia, fastidio, desesperación y vacío. En Costa Rica, varios trabajadores me contaron que al salir de la covacha sucia donde un trabajador tras otro manchaba la sábana descolorida, les esperaba un detalle de la compañía: una cesta con limones cortados por la mitad, para frotarse la zona de contacto, como medida profiláctica.

Lo que no es producto de la hipérbole tropical, el regodeo literario ni la nostalgia es la descripción del cambio de autoridad que se produjo en Macondo con la llegada de la bananera: “Los funcionarios locales fueron sustituidos por forasteros autoritarios, que el señor Brown se llevó a vivir en el gallinero electrificado para que gozaran, según explicó, de la dignidad que correspondía a su investidura, y no padecieron el calor y los mosquitos y las incontables incomodidades y privaciones del pueblo. Los antiguos policías”, concluye García Márquez, “fueron reemplazados por sicarios con machete”. 

Toda la vida del pueblo empezó a girar alrededor de la compañía. Hasta José Arcadio Segundo se conchabó como capataz, para espanto del ‘núcleo duro’ de los Buendía. “-Que no vuelva a pisar este hogar -dijo Fernanda (su cuñada)-, mientras tenga la sarna de los forasteros”.

Pero lo peor llegó para la orgullosa Fernanda cuando su bella hija Meme fue invitada a tocar el clavicordio en el club social exclusivo de los gringos. La invitaron a sus bailes, a jugar al tenis, a bañarse en su piscina. Hasta comenzó a tontear con un gringo de esos… Como la Colombia tropical donde había nacido García Márquez, como Latinoamérica toda, la estirpe del coronel José Aureliano Buendía se dividía y peleaba por su respuesta ante el ataque y la seducción del gringo.

Como la Malinche de Hernán Cortés, Meme, la hija de Fernanda Buendía, confraternizó y aceptó las dádivas del invasor, mientras sus hermanos se preparaban para la guerra.

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La caída final de Macondo comenzó con la degradación paralela de la familia Buendía, peleándose y matándose y haciéndose el amor entre sí en un éxtasis de violencia y frenesí que el académico Víctor García de la Concha llamó “los cerrados laberintos de la sangre”, por un lado, y por el otro por el desmoronamiento social, económico y político de Macondo.

Si bien el pueblo vivió muchos años más, el golpe de gracia se lo dio la huelga bananera, la represión policial y el silencio impuesto como una loza sobre la matanza.

José Arcadio Segundo, el capataz de la compañía, había renunciado a su puesto, se había vuelto sindicalista y estaba incitando a la huelga. Como bien puntualiza Sergio Ramírez desde sus años de revolucionario centroamericano, en un libro con vírgenes voladoras y niños con rabo de cerdo, las peticiones de los huelguistas eran exactas, calcadas a las que los trabajadores de los años treinta y cuarenta presentaban a la United Fruit Company en Honduras, en Costa Rica, en Panamá y en la costa caribeña de Colombia.

Además de las peticiones salariales, de que no se les pague en bonos canjeables en los negocios de la compañía, de que mejore la atención sanitaria y las inhóspitas condiciones de trabajo en las plantaciones, “los obreros aspiraban a que no se les obligara a cortar y embarcar banano los domingos, y la petición pareció tan justa que hasta el padre Antonio Isabel intercedió en favor de ella porque la encontró de acuerdo con la ley de Dios”.

Medio siglo más tarde, caminando en el bananal de Finca 8 en Palmar con el antiguo capataz de la compañía Joselino Rosales, el hombre me sale en medio de la oscuridad con la misma queja, la misma petición. Y en este caso, el trabajador tico se gana a García Márquez en el dramatismo de su historia: cuando llegaban los barcos de la Gran Flota Blanca, no se respetaba ni Semana Santa.

La policía sacó de sus casas varios connotados sindicalistas, incluyendo a José Arcadio Segundo y a Lorenzo Gavilán, un coronel de la revolución mexicana “que decía haber sido testigo del heroísmo de su compadre Artemio Cruz” (un homenaje literario de Gabo a su amigo Carlos Fuentes, porque Cruz es un personaje de la novela más conocida del mexicano –un centenar de páginas más adelante, otro personaje de Cien años de soledad se topa en París con la buhardilla donde murió el niño Rocamadour, personaje de Rayuela, del amigo y admirado de ambos, el argentino Julio Cortázar).

Así es el entramado extraño, superpuesto y lógico de la novela: con los Buendía se cruzan personajes de otras novelas y también las condiciones prosaicas y firmes de los huelguistas bananeros.

¿Por qué salen José Arcadio, Gavilán y los otros de la prisión? Por una causa que suena a salida de Cebollas y reyes de O. Henry: “porque el gobierno y la compañía bananera no pudieron ponerse de acuerdo sobre quién debía alimentarlos en la cárcel”.

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Pero la realidad supera a veces a la ficción, y García Márquez, que conoce como pocos el mundo bananero, ‘novelizó’ el argumento de los abogados de la compañía para no negociar con los huelguistas con un argumento que ningún novelista, por más imaginativo que fuese, pudo haber pergeñado con la claridad y el cinismo con que lo hicieron los verídicos abogados de la UFCO: “… los ilusionistas del derecho demostraron que las reclamaciones carecían de toda validez, simplemente porque la compañía bananera no tenía, ni había tenido nunca, ni tendría jamás trabajadores.”

¿Cuántos lectores de Cien años de soledad no habrán celebrado la inventiva genial del creador del realismo mágico? Yo mismo, cuando me devoré la novela en mi cuartito de Buenos Aires a los 18 años, en tres días y tres noches de asombro, no imaginaba que al menos la parte bananera de la novela es realismo sucio. Sucio y doloroso. ¿Quién puede competir en inventos crueles con los abogados reales de la UFCO histórica? Los documentos que los historiadores de la compañía como Carlos Hernández y Ronny Viales y Aviva Chomsky y Philippe Bourgois rescataron de archivos polvorientos, dicen esto y más.

No hay inventos. Hay, como dice Sergio Ramírez al final de su ensayo, un “atajo hacia la verdad”.

La huelga grande estalló en Macondo, y el ejército llegó para restablecer el orden. Como orgulloso hombre del Caribe, García Márquez se permite una descripción precisa pero xenófoba de los jóvenes de la sierra que vienen marchando en tres regimientos: “Eran pequeños, macizos, brutos. Sudaban con sudor de caballo, y tenían un olor de carnaza macerada por el sol, y la impavidez taciturna e impenetrable de los hombres del páramo. Aunque tardaron más de una hora en pasar, hubiera podido pensarse que eran unas pocas escuadras girando en redondo, porque todos eran idénticos, hijos de la misma madre, y todos soportaban con igual estolidez el peso de los morrales y las cantimploras, y la vergüenza de los fusiles con las bayonetas caladas y el incordio de la obediencia ciega y el sentido del honor”.

Se acercaba el desastre. El pueblo se juntó en la plaza para escuchar la arenga del teniente coronel. De pronto, García Márquez corta la narración del momento para ir a un futuro remoto, y la memoria de un anciano que en esa escena era un niño. La frase comienza con tres palabras muy importantes para el autor: son las tres famosas palabras con las que comienza todo el andamiaje de Cien años de soledad, esa primera frase que muchos de sus lectores podemos repetir de memoria. Ahora lo que se recuerda “muchos años después” no es un hecho festivo, la tarde en que el padre de Aureliano Buendía lo llevó a conocer el hielo, sino una matanza.

“Muchos años después, ese niño había de seguir contando, sin que nadie se lo creyera, que había visto al teniente leyendo con una bocina de gramófono el decreto número 4 del Jefe Civil y Militar de la provincia. Estaba firmado por el general Carlos Cortés Vargas y por su secretario, el mayor Enrique García Isaza, y en tres artículos de ochenta palabras declaraba a los huelguistas cuadrilla de malhechores y facultaba a ejército a matarlos a bala”.

Inmediatamente, un capitán, con voz cansada, dio cinco minutos a la muchedumbre para retirarse. Pasados cuatro minutos, José Arcadio Segundo, quien nunca antes había levantado la voz, les gritó: “¡Cabrones, les regalamos el minuto que falta!”Los catorce nidos de ametralladoras desataron el pánico. La plaza quedó sembrada de cadáveres.

“Muchos años después”, insiste García Márquez con su comienzo-fetiche, “el niño había de contar todavía, a pesar de que los vecinos seguían creyéndolo un viejo chiflado, que José Arcadio Segundo lo levantó por encima de su cabeza y se dejó arrastrar, casi en el aire, como flotando en el terror de la muchedumbre, hacia una calle adyacente”.

José Arcadio Segundo salvó la vida de milagro. Fue dado por muerto y subido al tren. Se despertó rodeado de cadáveres. “Debían de haber pasado varias horas después de la masacre, porque los cadáveres tenían la misma temperatura del yeso en otoño, y su misma consistencia de espuma petrificada, y quienes los habían puesto en el vagón tuvieron tiempo de arrumarlos en el orden y el sentido en que se transportaban los racimos de banano”.

Saltó del tren en marcha, volvió a Macondo y se encontró con que nadie le creía. La masacre no había sucedido nunca. Entonces comenzó a llover. Los militares anunciaron que cuando escampara firmarían el acuerdo de paz. Y entonces, con la exactitud que lo coronó como maestro del realismo mágico, como si tal cosa, como contaban los abuelos, escribe García Márquez: “Llovió cuatro años, once meses y dos días”.

Esa es la mezcla genial de datos duros, periodísticos, y los vuelos de una imaginación desbordada. Lo excesivo, lo increíble, lo mágico, está contado como si fuera lo más natural del mundo. Y a su lado, las cifras y los nombres y las fechas de los hechos históricos refulgen y pegan mucho más.

Para dos generaciones de latinoamericanos, así fue el expolio y la violencia de la bananera, así fue el drama de un continente sometido por unos soldados sanguinarios a su vez sometidos a una multinacional extranjera, que seducía a las élites con bailes y partidos de tenis y pagaba a generales sin alma para que sofocaran rebeliones a bala.

Muchos años después, 28 páginas antes del final de la novela, cuando los dedos de García Márquez ya volaban sobre la máquina de escribir con total seguridad, sabiendo que lo tenía, que lo había logrado, Aureliano Babilonia se vincula a un grupo de bohemios borrachos de amor por la literatura. Se llaman Álvaro, Germán, Alfonso y Gabriel, “los primeros y últimos amigos que tuvo en la vida”. García Márquez homenajea a sus queridos amigos de juventud, que perseguían el sagrado sueño de las letras mientras caían de risa en bares, en prostíbulos y en los pisos mugrientos de olvidadas revistas literarias.

Aureliano los quería a los cuatro “como si fueran uno solo”, pero “estaba más cerca de Gabriel que de los otros”, porque compartían el pasado de sus abuelos, las historias de Macondo y sobre todo la certeza sobre la matanza los trabajadores, que todos los demás creían una invención. “Cada vez que Aureliano tocaba el punto, no solo la propietaria, sino algunas personas mayores que ella repudiaban la patraña de los trabajadores acorralados en la estación, y del tren de doscientos vagones cargados de muertos, e incluso se obstinaban en lo que después de todo había quedado establecido en expedientes judiciales y en los textos de la escuela primaria: que la compañía bananera no había existido nunca”.

Y aquí comienza una frase que para mí es clave para entender la novela, el arte entero de García Márquez y su visión del mundo y el relato de su vida: “De modo que Aureliano y Gabriel estaban vinculados por una especie de complicidad, fundada en hechos reales en los que nadie creía, y que habían afectado sus vidas hasta el punto de que ambos se encontraban a la deriva en la resaca de un mundo acabado, del cual solo quedaba la nostalgia”.

El último de la estirpe de los Buendía y el autor convertido en personaje tiritan unidos como hojas pegadas y a la deriva, unidos por la certeza de un crimen borrado con violencia de la memoria de su gente. La invención, la literatura, el vuelo imaginativo para mejor recordar un pasado necesario. Las palabras –en un ritmo implacable, hipnótico, irrepetible– como escalera hacia la salvación por el recuerdo.

Eso es para mí Cien años de soledad.